Revista Cultura y Ocio

‘Keynes vs. Hayek’

Publicado el 05 marzo 2013 por Joaquín Armada @Hipoenlacuerda

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Por 25.000 euros, ¿cuál de estos economistas ganó el Premio Nobel?” El concursante gasta su último comodín: “50 por 15”. “50 por 15, 750”, responde rápidamente el veterano presentador con una amplía sonrisa. El nervioso concursante corrige su error: “Quería decir 50%”. Dos de las cuatro opciones desaparecen. En la pantalla sólo quedan dos nombres: “John Maynard Keynes y Friedrich Hayek”, dice en voz alta el presentador. “Keynes”, responde el concursante. El presentador levanta su ceja, se queda en silencio durante dos segundos que parecen diez y repite: “Keynes. ¿Estás seguro?” “”, responde el concursante… “Claro”, dice el presentador, “porque este Hayek a mí no me suena de nada…

Dejemos que el concursante sufra hasta el final de esta entrada. Al fin y al cabo es sólo un personaje ficticio. Pero si hubiera sido real su mal rato sería una pantomima comparado con el día a día de millones de europeos encarcelados en la prisión sin barrotes del paro. Es esa cárcel que cada día tiene más presos la que hace que la Gran Recesión se parezca cada vez más a la Gran Depresión de los años treinta. Fue en aquella década cuando tuvo lugar el primer asalto del combate entre Keynes y Hayek. Con su Teoría general del empleo, el interés y el dinero’ (1936) el inglés tumbó en lona al austríaco, que tardaría años en levantarse de la lona.

Keynes no era guapo y no se consideraba atractivo – escribe Nicholas Wapshott en ‘Keynes vs Hayek’  -, pero su presencia física imponía. Medía un metro noventa y ocho y siempre iba ligeramente encorvado, costumbre que había adquirido de pequeño. En cuando salió de Eton, se dejó bigote. Lo que más llamaba la atención en él eran sus hundidos, cálidos y atractivos ojos color avellana que resultaban realmente sugerentes. Tanto los hombres como las mujeres caían rendidos a sus encantos. Su dulce voz era capaz de seducir a los más reacios…”. Sobre todo si afirmaba, y demostraba, que los gobiernos podían, y debían, intervenir en la economía para reducir el paro. Era lo que millones de personas necesitaban escuchar y creer.

En la otra esquina del ring estaba Friedrich Hayek, huérfano de un imperio, víctima de la hiperinflación que destruyó la clase media alemana y austríaca en los años veinte, defensor a ultranza de la jibarización del Estado, aunque nunca trabajó en la empresa privada, liberal, que no conservador, dubitativo, demasiado serio y formal, pesimista sin frenos que creía que ningún estado del bienestar sería posible sin convertirse en un Camino de servidumbre’. Su discurso, más complicado y farragoso que el de Keynes, era el de la impotencia. Hayek creía imposible medir los efectos de las decisiones que tomaba cada individuo, así que la única salida a una crisis era “dejar que el tiempo efectúe una cura permanente para que los precios reordenasen la economía.  No era lo que la gente necesitaba escuchar y deseaba creer.

Nicholas Wapshott relata el duelo entre Keynes y Hayek en un libro de prosa ágil, escrito para los que no somos economistas. A los profanos nos descubre que el concepto de multiplicador fiscal, clave en la teoría de Keynes – cada libra/euro/dólar público inyectado en la economía genera dinero en la economía real y viceversa: cada recorte de dinero público también multiplica sus daños -, lo desarrolló Richard Kahn, uno de sus pupilos y que la victoria de Keynes – elegido hombre del año por ‘Time’ en 1965, 19 años después de su muerte – duró lo que duró la felicidad de la economía: las tres décadas de prosperidad estadounidense (y mundial) sin precedentes. En 1980, declararse keynesiano era un acto de valentía y  Hayek podía decir que el keynesianismo había sido pura “charlatanería”, mientras una victoriosa Margaret Thatcher le recibía en Downing Street.

No estoy seguro de si el propio Keynes sería hoy keynesiano; yo sí lo soy”, declaró Oli Rehn en la City de Londres el pasado jueves, casi treinta años después de la victoria de Hayek. Es la frase de un impostor descarado. Porque el comisario de Economía es el defensor oficial de una política de recorte del gasto público que ha provocado que la Eurozona supere la cifra récord de 26 millones de parados. Rehn es el último de una larga lista de políticos con careta. Como narra Wapshott, Reagan se declaró seguidor de Hayek mientras disparaba el déficit inyectando miles de millones en la industria militar, y Clinton, a quien por ser demócrata se le podía presuponer keynesiano, fue el artífice de una desregularización que permitió la gestación de la crisis financiera. Vamos que si Rehn es keynesiano, Obama, que practica una política económica opuesta, no puede serlo y viceversa.

Volvemos al escenario televisivo. La ceja del presentador sigue suspendida, mientras el pie derecho del nervioso concursante golpea repetidamente el suelo y escucha el ultimátum del presentador. “Repito. Por 25.000 euros, ¿ganó Keynes el Premio Nobel… o fue Hayek?” La respuesta es más complicada de lo que parece. Y tiene trampa, claro, como ocurre siempre que hablamos de dinero. Si todavía tienes dudas, pincha aquí.

Keynes vs Hayek’. Nicholas Wapshott. Editorial Deusto. Barcelona, 2013. 400 páginas, 19,95 euros

Pd.: EconStories ha contado el duelo entre Keynes y Hayek en dos vídeos magníficos, inimitables ejercicios de divulgación económica. Uno de ellos ya os lo dejé en la reseña de ‘La gran búsqueda’. Os dejo el otro.


‘Keynes vs. Hayek’

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