Revista Cultura y Ocio

La biblioteca de los muertos

Publicado el 06 febrero 2011 por Rubencastillo
La biblioteca de los muertos
Imagínese por un momento la siguiente escena: usted se levanta, se asea, desayuna, acude con normalidad a su trabajo y, acabada la jornada laboral, vuelve a casa. En ese instante, como otro capítulo de su rutina diaria, abre el buzón y extrae la correspondencia. Hasta ahí no hay nada anómalo, nada que deba llamarle la atención o preocuparle. Pero supongamos ahora que entre los habituales folletos comerciales y las cartas frías de su banco o caja de ahorros hay una postal. No lleva remitente y su mensaje es tan enigmático como conciso: el dibujo de un ataúd y una fecha que está a punto de llegar. ¿Se trata de una broma de mal gusto? ¿De un vaticinio macabro? ¿De una campaña publicitaria de lo más agresiva? Usted no lo sabe, como tampoco lo saben los primeros protagonistas de esta novela de Glenn Cooper, que ha traducido Sergio Lledó y puesto en circulación la editorial Grijalbo. Pero el caso es que, uno a uno, todos van muriendo de forma implacable: en un asalto a su hogar, en un robo callejero... o simplemente porque sí, sin que ninguna causa aparente provoque su fallecimiento.
La prensa (estamos en Nueva York, en 2009) bautiza el caso como Juicio Final y el FBI encomienda su resolución a dos agentes absolutamente opuestos: de un lado, el veteranísimo Will Piper, un experto en asesinos en serie que, desde hace unos años, vive inmerso en una grave crisis personal (problemas con su ex-mujer, relación no demasiado fluida con su hija, abuso del alcohol); del otro, la joven Nancy Lipinski, una novata que admira la trayectoria de Piper pero que es partidaria de unos métodos de trabajo menos abruptos. La única pista de la que disponen es tan clara como desconcertante: nada vincula unos crímenes con otros. Ni el lugar, ni el arma utilizada, ni el procedimiento. Y aunque llegan a proteger personalmente a uno de los amenazados, éste muere sin aparentes signos externos de violencia.
Retrocedamos ahora seis décadas. El presidente de Estados Unidos (Harry Truman) y el primer ministro británico (Winston Churchill) mantienen una reunión secreta en 1947, después de la cual se aísla un territorio al sur de Nevada, que pasa a ser conocido como Área 51. ¿Qué se oculta tan celosamente en aquella base militar? ¿Cuál es el importante secreto que el gobierno norteamericano quiere preservar allí? Según una conocida leyenda urbana, en uno de sus hangares se guardan los restos de un supuesto ovni localizado en Roswell...
Retrocedamos ahora siete siglos. Estamos en la abadía de Vectis, en Bretaña, donde han acogido a un chico taciturno cuyo nombre es Octavus y que tiene un origen inquietante: es el séptimo hijo de un séptimo hijo. Además, sin que nadie parezca haberle enseñado, el muchacho domina el arte de la escritura. Y lo que anota en los pliegos provoca escalofríos en los monjes que lo protegen, quienes comienzan a tener claro que deben custodiar su asombroso secreto.
Con esta novela de Glenn Cooper volvemos a encontrarnos con el viejo interrogante que se plantean periódicamente ciertos críticos: ¿puede ser buena una obra que vende más de un millón de ejemplares en todo el mundo? Y mi respuesta es y siempre será la misma: depende. Veinte poemas de amor y una canción desesperada supera ese número de ventas y es maravillosa. El quinto evangelio, de Philipp Vandenberg, es una majadería, aunque también se vendiera de forma más bien estrepitosa. La biblioteca de los muertos, salvo un par de secuencias tediosas, que se desarrollan en un casino, es un libro ágil, dinámico e interesante, que se puede leer con agrado y que incluso nos puede conducir a meditaciones más o menos profundas sobre la muerte o sobre el destino de los seres humanos. ¿Que don Pedro Calderón de la Barca y otros muchos escritores metidos a teólogos ya han abordado esos mismos temas? Vale, pues léase entonces sus obras. Es libre de hacerlo. Lo que no es razonable es apedrear al escritor norteamericano por haber escrito una novela imaginativa, destinada tan sólo a la distracción de sus lectores. Miguel de Unamuno, nada sospechoso de analfabetismo, abominaba de Calderón llamándolo «gongorino insufrible». Con Glenn Cooper les aseguro que no bostezarán.

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