Revista Cine

La decepción fantasma

Publicado el 28 abril 2016 por Moinelo @moinelo
La decepción fantasma
El final de la trilogía original y sus ositos de peluche ewoks del «capítulo 6», fueron el comienzo de lo que descubrimos después con La Amenaza Fantasma (1999): el desembarco de un ejercito de droides cuya estupidez tan solo era superada por un Jar-Jar Binks más tonto que todos ellos juntos. Tan tonto que acabó de senador en una República Galáctica que por tal error, se hacía merecedora de su fatal destino. Los tan esperados capítulos I, II y III que iban a dar respuesta a todos los misterios que habíamos alimentado desde nuestra niñez y a descubrir ese universo previo a la película original, lo que desvelaron realmente fueron los continuos conflictos internos de un George Lucas que acabó por desproveer de coherencia a la historia original, convirtió los símbolos en su contrapartida literal y aniquiló su potencialidad para analizar la mitología humana.

La Fuerza

La discusión sobre si Star Wars es ciencia-ficción o fantasía es un clásico de las reuniones de aficionados a la cultura popular. Como ya se ha comentado en otra ocasion, Star Wars trata sobre la gente, sobre el bien y el mal y sobre las mismas leyendas que en las obras de fantasía. Pero lo hace en un entorno definido por la ciencia-ficción, como son naves espaciales, robots con inteligencia artificial, hologramas, armas de energía, etc. Es decir, tanto si buscamos ciencia-ficción como fantasía, vamos a encontrar ambas. Un fenómeno similar al género de los superhéroes, pero en este caso tratándose de space opera.

Los midiclorianos

Una de las sorpresas de las precuelas escritas, dirigidas y producidas por George Lucas, fue la de pretender dar una explicación racional a la fuerza más poderosa de la galaxia, decantándose de esta manera por dar una visión más cercana a la ciencia-ficción, dejando el misticismo o magia que rodeaba a la Fuerza a un lado. La intención era buena, pero mal ejecutada en la práctica por dos motivos principales: por un lado los Jedi no necesitan de ninguna explicación racional. Son una institución milenaria cuyo conocimiento y dominio de la Fuerza no se ha logrado siguiendo criterios racionales, sino cultivándose en una disciplina más bien espiritual al estilo de las artes marciales orientales. Dichas artes permiten a sus practicantes realizar verdaderas proezas sin que hayan necesitado explicarlas de forma racional, lo importante es que les funciona. Pero sobre todo, el mayor problema de esta solución argumental es que de esta manera se desproveía de todo el fascinante halo mítico construido en la película original alrededor de la Fuerza.

El Deus Ex Machina institucionalizado

Paradójicamente, al mismo tiempo que se intentaba aportar un criterio racional para explicar una concesión a la realidad con la Fuerza, se usaba a esta como justificación de cualesquiera proezas que fueran necesarias para salir de todo tipo de atolladeros, convirtiendo a este concepto en el simple y archiutilizado comodín «mágico» de las obras de fantasía, echando a perder su verdadero potencial. Considerada como una religión en una galaxia en la que la ciencia y la tecnología no tienen apenas límites en sus proezas, originalmente la Fuerza podía representar a todo aquello que todavía queda por comprender. La parte de nuestra realidad a la que el desarrollo tecnológico no ha alcanzado, y que parece escurrirse una y otra vez. El estrecho margen para aquello que a pesar de no ser mensurable, no le impide influir en el entorno.
¿Es posible llegar a un conocimiento absoluto mediante la ciencia? ¿Existe el conocimiento en ámbitos fuera de lo estrictamente científico? ¿Todo lo demás son habladurías y supersticiones inútiles? Este es un asunto sensible que despierta grandes controversias. La ciencia-ficción suele brindar una buena oportunidad para tratar este tipo de temas que de otra manera resultan complicados, aburridos o rodeados de polémica. Star Wars podría haber sido un lugar para poder manejar esta cuestión, pero como todos sabemos, nada de esto ha ocurrido
Creía que los Jedi sabíais distinguir entre conocimiento y sabiduría
Dexter, el cocinero

El tostonazo

Alguien podrá argumentar que esta no es más que una obra de entretenimiento y que estas cuestiones son excesivamente profundas para ser tratadas en una space opera. Sin embargo, este argumento parece más una excusa para evitar dificultades ya que hay otras franquicias de space opera similares en las que se intenta acometer este reto, como Star Trek Galáctica. Precisamente, este es otro de los grandes debates en el mundo del entretenimiento: ¿deben tener las obras de este género alguna función didáctica o por el contrario, han de convertirse en eficaces herramientas para sacar el máximo dinero de los bolsillos de los espectadores? ¿es necesario abrumar tanto con publicidad o es que hay temor de que la gente encuentre por si misma otras formas de entretenerse? La respuesta forma parte de otro debate más amplio sobre la forma de trabajar del mercado en general, pero por el momento podemos asumir que lo meritorio es dotar a la obra de algún valor añadido cultural, sin que por ello merme en la rentabilidad económica. La cuestión es que George Lucas se ahorró todas estas cuestiones culturales de gran potencial como elementos narrativos. Podría parecer que el director de origen californiano deseaba hacer un producto intrascendente y plano para hacerlo más digestible, pero no parece que fuera este su objetivo ya que una vez más contradiciéndose a sí mismo, nos metió en su lugar entre pecho y espalda un tostonazo inaguantable sobre política galáctica.

Vader: de villano a psicópata

Darth Vader probablemente sea uno de los villanos más famosos, no solo de la ciencia-ficción, sino en general de la cultura popular de nuestros días. Salvando las distancias, tan sólo el mismísimo Cthulhu de Lovecraft puede superarle como representante del Mal. La diferencia es que Vader es un humano caído en desgracia, un personaje que en el fondo nos gustaba. Aunque parece tomar decisiones inflexibles y extremas sin que su voz pierda firmeza y decisión, no está loco. Tiene una gran inteligencia emocional, es un gran estratega y sabe reconocer en los demás sus aptitudes. No los menosprecia alegre e irresponsablemente. Alguien cuya mirada permanece oculta tras una oscura y terrible máscara a la que está atada de por vida, deshumanizando todo su ser. Genera una profunda impresión, compuesta al mismo tiempo de temor, pena y admiración. Miedo por lo que representa, tristeza por el infierno en el que vive y que le hace ser como es, y admiración por su gran poder y capacidad. Una combinación de circunstancias únicas y misteriosas que nos encogían el corazón, de alguien que tal vez en la soledad de su conciencia no sea más que un desgraciado atormentado, pero con una determinación que le obliga a mostrarse opaco e inflexible ante los demás. De alguien imponente rodeado de unas trágicas y misteriosas circunstancias, a un niñato protestón abofeteable. La figura del padre que Luke no tuvo, modelo a seguir en cuanto a sus capacidades pero también como objeto de odio por ser la causa de su orfandad, se convierte en un asesino barriobajero y despreciable, tan patético que mata a inocentes niños.
Tal vez este personaje sea el mas perjudicado por la nueva visión de George Lucas en las precuelas. Se estrenaron con una gran expectación pero pocos esperaban que se iban a convertir en una de las mayores decepciones de la cultura popular de nuestros días. Una decepción comenzada años antes sin que nadie lo advirtiese. Una decepción fantasma de la que tardamos en ser conscientes, y que estaba a punto de despertar.

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