Revista Cultura y Ocio

La emoción llega al Congreso

Publicado el 03 marzo 2016 por Benjamín Recacha García @brecacha

“Permítanme que comience mi intervención recordando y reconociendo a quienes lucharon por la libertad y por la justicia social. A los millones de españoles que se enfrentaron a la dictadura, muchos de ellos pagándolo con la vida o con la cárcel. Muchísimas gracias. Gracias por ser un ejemplo para nosotros y para las generaciones futuras. Y en el día de hoy me van a permitir que homenajee la memoria de Salvador Puig Antich, asesinado por la dictadura hace 42 años. Me van a permitir también que homenajee la memoria de los trabajadores de Vitoria, asesinados hace cuarenta años por defender los derechos sociales de todos”.

Era la primera vez que Pablo Iglesias intervenía en el Congreso de los Diputados, en la mañana del miércoles, con motivo del debate de (no)investidura de Pedro Sánchez, y tengo que confesar que ese comienzo, en el que también tuvo un recuerdo para los abogados asesinados en la matanza de Atocha, me emocionó.

Que en su primera intervención como diputado el líder de la tercera fuerza política, con más de cinco millones de votos, empezara con esos referentes, es toda una declaración de intenciones. Un cambio brutal respecto al parlamentarismo al que estábamos acostumbrados.

Es cierto que ni mucho menos es la primera vez que un diputado reivindica a las víctimas del franquismo y los luchadores por la democracia, pero hasta ahora se les había ninguneado, porque se trataba de representantes de fuerzas políticas minoritarias e irrelevantes en la lógica bipartidista. No disponían de los altavoces mediáticos y del seguimiento tan alto que la actual crisis política ha provocado entre la ciudadanía. Hoy, más que nunca en las últimas décadas, la gente se interesa por la política y, por tanto, por el debate parlamentario. Y Pablo Iglesias, con su discurso valiente, agresivo, cargado de emotividad y de ideología, ha dinamitado la lógica parlamentaria.

Porque durante veinticinco minutos hilvanó una verdad tras otra, de ésas que van directas al estómago y a la conciencia (de quien la tenga), que dejaron noqueados a quienes se empeñan en convertir el Congreso en un escenario teatral, donde cada uno representa el papel que le han encomendado.

Sí, vale, diréis que Iglesias también representa el suyo. Es posible. Sin duda uno de los fuertes de Podemos es el dominio de la escena, la capacidad que sus dirigentes tienen para marcar los tiempos y la agenda. Sin embargo, creo que Iglesias es sincero. Demasiado, probablemente, de acuerdo a la lógica tacticista y de apariencias del bipartidismo.

Pero es que los diputados de Podemos y sus confluencias llegaron en enero al Parlamento sin caretas. Si son los portadores de la voz de la calle, de la gente común que había dimitido del parlamentarismo, no pueden hacer otra cosa que ser honestos, sinceros, y cantar las verdades que sean necesarias.

Pablo Iglesias reivindicaba desde el atril “la política como el arte de cambiar las cosas y no como el arte de pactar para que todo siga igual”, en referencia a ese acuerdo “mestizo” que el partido antiguamente socialista y obrero nos quiere hacer tragar con Ciudadanos, la cara amable de la derecha ultracapitalista y reaccionaria.

El líder de Podemos tenía recados para todos. Para el PP, al que no dudó en denominar “partido corrupto”, no como Sánchez, que ya se había cuidado de acotar el “problema” a unos cuantos dirigentes (sorprende la poca sangre que el candidato hizo de una lacra que devora las estructuras de todo el sistema). “Algunos de ustedes son hijos políticos del totalitarismo en este país”, espetó a la famiglia popular, para, acto seguido, recordar que la organización fue fundada por siete ministros de la dictadura.

Sin pelos en la lengua.

A Albert Rivera le recordó que su única ideología es la del poder que perpetúe el sistema. Aquello de “si no le gustan mis principios, tengo otros”. Y es que huele mucho que mientras Sánchez reclama el apoyo de la izquierda para echar a Rajoy, el líder de Ciudadanos también quiere que Rajoy se vaya, pero para hacer posible el acuerdo con el PP. ¿A qué juegan?

La táctica del partido antiguamente socialista y obrero es muy patética. Sus dirigentes no han entendido nada. Pretender equiparar a Podemos con el PP por el hecho de que ambos voten en contra de la investidura de Sánchez es de primero de “cutrepropagandismo político”. Ese discurso lamentable se lo compran los incondicionales, los que son del PE como el que es del Madrid o del Barça, “para toda la vida”, pero los cinco millones de votantes de Podemos están en una lógica muy diferente.

A Iglesias le puede el autoconvencimiento. Ayer le salió la vena más reivindicativa, más izquierdista, con referencias hirientes al Pablo Iglesias fundador del PSOE, esa vena que tanto eché de menos en muchos momentos previos a la campaña electoral. Curiosamente, en estas últimas semanas parece haber abandonado la tibieza que tanto nos había descolocado (y decepcionado) a muchos, y si el martes celebraba la liberación de Arnaldo Otegi, preso político digan lo que digan (no os alteréis, repudio a ETA y a cualquier otra forma de terrorismo, también el de Estado), ayer, en sede parlamentaria, aconsejaba a Sánchez alejarse de Felipe González y su pasado “manchado de cal viva”. Poco tardó el candidato en acusarlo de defender a un etarra. Vieja política. Ante la falta de argumentos, el recurso manido. ETA, Venezuela, Irán, romper España. Más de lo mismo.

¿Se pasó de frenada Iglesias? Para quienes viven en las formas y apariencias de siempre, sin duda. Pero no dijo ninguna mentira, y, en cualquier caso, el expresidente ha sido uno de los elementos destacados entre quienes han intentado desde el primer momento evitar el acuerdo con Podemos. González no ha dejado de sacar a pasear su lengua viperina para hipnotizar a aquellos que, en su partido, pudieran tener la tentación de promover un pacto de izquierdas.

De ahí los mantras “la izquierda no suma”, “la pinza PP-Podemos” y “el pacto progresista y reformista”, reconvertido en “mestizaje político”.

Por la tarde, Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida – Unidad Popular, le daba a Sánchez una clase acelerada de aritmética. 161 suma más que 130, así que elegir a Ciudadanos responde a una lógica ideológica. “Lo que no puede hacer es concedernos a nosotros [las fuerzas de izquierda] agenda social, y darle la economía al señor Rivera, porque entonces nos está engañando”, criticaba, para concluir su intervención con una afirmación en la que espero se mantengan firmes: “Mientras siga con un acuerdo económico de derechas no tendrá el voto de la izquierda”.

Dejando de lado la absurdidad de que IU no se sumara a las confluencias con Podemos (más de seis millones de votos), su principal activo actual, de unos y otros, es la coherencia y la solidez en sus argumentos.

Me explico.

Yo no engaño a nadie. Tengo alma libertaria, aunque mi parte pragmática me conduce al socialismo. No creo posible la utopía anarquista en una sociedad tan materialista, tan dirigida al consumismo y a la adoración del dinero. Pero sí creo que el cambio es necesario, imprescindible, y debe pasar por un socialismo moderno, alejado de búnkeres ideológicos, pero que nada tiene que ver con eso que sea en lo que se ha convertido el PE (sin S ni O).

Podemos es el instrumento más válido para ese cambio. Mientras no se demuestre lo contrario, la lógica de sus votantes responde a motivaciones muy diferentes a la de los votantes/militantes de los partidos tradicionales. Yo no voté a Podemos (En Comú Podem) porque sea de Podemos. Lo único que me une a la formación morada es el considerarla una herramienta necesaria, y lo seguirá siendo mientras sus dirigentes tengan muy presente que el mandato que han recibido es propiciar el cambio. Llevar a las instituciones la voz de quienes han sido sistemáticamente ignorados y hacer todo lo posible por dinamitar un sistema que ha demostrado sobradamente a qué intereses responde. En resumen: hacer limpieza y democratizar la sociedad, devolviendo el significado pleno a un concepto, el de democracia, al que el bipartidismo ha vaciado casi por completo de sentido.

Yo no puedo hablar por los otros cinco millones de votantes, pero creo no equivocarme si afirmo que añadirse al pacto entre el partido antiguamente socialista y obrero y Ciudadanos no respondería en absoluto a esos anhelos de cambio.

Sinceramente, sustituir a Rajoy por Sánchez me entusiasma entre poco y nada, sobre todo si apoyarlo se limita a un acto de fe. El PE no puede pretender gobernar en minoría. Lo mínimo aceptable sería un gobierno en coalición, en el que Podemos, las confluencias, Compromís y UP compartieran responsabilidades. No me fío de este partido que se dice socialista, y ya no me fío de Pedro Sánchez. Echar a Rajoy, sí. No a Rajoy, sino al PP, que debería estar ilegalizado y sus dirigentes sentados en un banquillo. Pero no a cualquier precio.

Dice Sánchez que la peor de las medidas pactadas con Ciudadanos es infinitamente mejor que dos meses más del actual gobierno. Pues no. Las leyes regresivas y represivas las puede derogar ya el Parlamento y, en cualquier caso, quienes estamos hartos de PP y del paniaguado PsoE, no queremos cambios estéticos que nada cambian, sino un gobierno valiente que esté dispuesto a afrontar reformas verdaderamente progresistas, que esté dispuesto a partirse la cara con quien haga falta en Europa, y que piense, de una puñetera vez, de verdad en las personas.

Sánchez, ahora ya está claro, no es el líder capacitado para ello, ni por condiciones ni por convicción. Su partido es una pata fundamental del actual sistema, y quienes lo dirigen jamás van a permitir un gobierno de cambio real.

Ni en el PE ni los analistas y tertulianos políticos han entendido aún que Podemos no funciona con la lógica de los demás partidos. Es evidente que en toda negociación cada parte debe ceder en algo, pero Podemos no se mueve por el mensaje del miedo, y el listón de sus mínimos aceptables está situado muy alto.

No puede ser de otra manera, porque si Iglesias y compañía bajan el listón empezarán a perder la confianza de sus votantes. Harán que nos preguntemos para qué ha servido confiar en ellos si al final acaban haciendo lo mismo que los demás.

Lo escribí el día después de las elecciones. La situación es urgente, pero no hay prisa:

“Lo de este 20 de diciembre ha sido un golpe definitivo a las caducas estructuras del Estado. Sólo un error garrafal de estrategia de Podemos podría evitarlo. La prisa por conseguir el poder, por ejemplo. La tentación de hacer presidente a Pedro Sánchez puede ser grande, simplemente para echar a Rajoy, pero, en mi opinión, sería una grave equivocación.

Susana Díaz y compañía jamás aceptarán las condiciones mínimas de Podemos para un acuerdo, y Podemos sólo puede ser firme en ese aspecto. La oposición durante una legislatura convulsa y quizás muy breve no es un mal lugar para quienes llegan con el objetivo de ponerlo todo patas arriba”.

Los cambios profundos no se hacen de un día para otro, y si no es posible un pacto de tú a tú, realmente progresista, pues volvamos a votar. O que acuerden esa gran coalición por la que la oligarquía económica bebe los vientos. No pasa nada por liderar la oposición durante un tiempo. Ya llegará la ocasión de asaltar los cielos.


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