Revista Cultura y Ocio

La falacia de la objetividad

Publicado el 07 junio 2016 por María Bertoni
El documental de Gabriela Jaime se estrenó el jueves pasado en el Gaumont.

El documental de Gabriela Jaime se estrenó el jueves pasado en el Gaumont.

La construcción del enemigo desembarcó el jueves pasado en el cine Gaumont, poco antes del Día del Periodista que en Argentina se conmemora hoy, y poco después del anuncio de las condenas judiciales en el marco de la causa por el Plan Cóndor. La elección de la fecha de estreno porteño no es un dato menor: el documental de Gabriela Jaime analiza la complicidad de las corporaciones mediáticas de nuestro Cono Sur con las dictaduras que se extendieron en Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia entre las décadas del ’70 y ’80. Como la mayoría de los repasos históricos, éste también invita a reflexionar sobre nuestro presente.

La realizadora se concentra en la cobertura que -sobre todo- la editorial Atlántida desplegó en 1977 alrededor del caso Alejandrina. Luego de que sus padres militantes murieran en Montevideo a manos de un grupo de tarea de la ESMA, esta argentinita de tres años quedó por unos días bajo custodia estatal y durante ese tiempo se convirtió (la convirtieron) en personaje de una atípica campaña contra la subversión.

Jaime convocó a la ahora adulta -y militante de izquierda- Alejandra Barry Mata, a un tío paterno, a dos colegas, amigas y compañeras de sindicato de mamá Susana, al periodista Diego Genoud, a la investigadora Cora Gamarnik para desmontar la operación de prensa que consistió en presentar a la nena como víctima de sus padres y no del Estado que primero la dejó huérfana y luego la usó con fines de propaganda.

Un interesante material de archivo contextualiza el testimonio de los entrevistados. Además de recortes de la época y de declaraciones posteriores del director de Atlántida, Constancio Vigil, y del ex secretario de redacción de la revista Gente, Alfredo Serra, cabe destacar dos perlitas: la filmación de los discursos que Jorge Rafael Videla en 1976 y Roberto Viola en 1981 pronunciaron el Día del Periodista de esos oscuros años.

En la sala de prensa de la Casa Rosada, y acompañado por el secretario de Información Pública y Capitán de Navío Carlos Carpintero, el primer Presidente de facto instó a los cronistas allí presentes “a que continúen desempeñando su función en la forma en la que lo han hecho hasta este momento, como siempre lo decimos, con objetividad”. El mandatario golpista también les ofreció “toda la colaboración para que la tarea de ustedes, tarea trascendente por cierto, se vea facilitada en el desempeño de la misma dentro de esta casa”.

Por su parte, Viola se refirió a “la clase de periodistas que necesita la Nación”. Treinta y cinco años después, el 7 de junio sigue siendo una buena ocasión para analizar y eventualmente profundizar aquel lugar común.

A partir de las intervenciones de Genoud, Jaime subraya la distinción entre quienes ocupan los altos cargos de las empresas periodísticas y los integrantes rasos de las redacciones. Resulta estimulante la invitación a reflexionar sobre la libertad de conciencia política y profesional que el trabajador de prensa puede, debería y/o a veces se niega a ejercer frente a la posición editorial del medio donde se desempeña.


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