Revista Cultura y Ocio

La lista de rodolfo cortés i

Por Orlando Tunnermann
LA LISTA DE RODOLFO CORTÉS ILA LISTA DE RODOLFO CORTÉS I
La taberna “Mogadiscio” era un local de mala muerte donde las mortecinas luces rojas de unos candiles maltrechos derramaban fulgores lóbregos sobre un puñado de mujeres de compañía de catadura vulgar.
En el aire se respiraba un aroma denso de sudor, humo de tabaco barato y fragancias extremadamente empalagosas.
La taberna tenía catadura delicuescente, ambiente taciturno y nostálgico. La tristeza y la degradación se habían confabulado con la oscuridad para arrellanarse en las esquinas.
Rodolfo Cortés contempló con flagrante vituperación en su letal mirada gris las chabacanas ideas ornamentales de aquel antro de vulgaridad, con refulgentes tonalidades rojas, naranjas, azules y amarillas alumbrando rótulos de neón: “NIGHT-SHOW”, “ROXANA HART EN VIVO”.
La chica que buscaba desde hacía más de un mes se llamaba Amanda. Tenía los ojos negros, la expresión virginal de María Magdalena y el cabello oscuro, ensortijado y largo. Era una mujer de poca estatura, sensual y atractiva, de rasgos andaluces que hallaban su prosapia en Carmona.
Consultó su lista “obituaria”. Aparecían tres nombres tachados en su libreta de cuero marrón: Belinda Verdaguer, María Guillén y Belén Mercedes Acuña.
El siguiente, todavía inmaculado, rezaba: Amanda Sayago.
El Sr.Beltrán había sido diáfano en sus deseos: “No las quiero vivas. El ave que abandona el nido no regresa jamás”.
Como buen esbirro, Rodolfo Cortés acataba las órdenes de su mentor con ojos que no veían, corazón que no sentía, oídos que no escuchaban ni una boca elocuente que emitiera veredictos u opiniones.
Había dejado estacionado su viejo Cadillac frente a la calle Platería. Parecía un lugar como otro cualquiera para despedirse de Murcia, tan pronto como liquidara a la meretriz fugada.
Durante unos días se refugiaría en la casa de su buen amigo Camarillo. No le parecía una gran idea. La plaza del Beato Ibemón era una zona concurrida y apestada de juerguistas, noctámbulos borrachos y turistas. Órdenes del jefe. Rodolfo no cuestionaba, sólo obedecía.
Una mano delicada se le posó en el hombro derecho. El sanguinario sicario paraguayo la contempló desdeñoso. Le recompensó descubrir en el semblante de la meretriz respeto y temor. Todo el mundo se arredraba cuando posaba sus ojos por primera vez en la horrenda cicatriz que le surcaba la mejilla derecha. Era como una ancha autopista a modo de zanja con baches sobre una dermis afeada por el acné.
El flequillo de su cabello negro, largo y de textura similar a la mies reseca, le cayó sobre la frente atezada. Los apartó con sus dedos largos y ágiles, prematuramente arrugados, y contempló a la obesa “matrona” que cubría su figura carnosa con un chal negro “aderezado” con flores ornamentales tejidas con basto hilo encarnado.
Si hubo miedo alguna vez en su mirada, éste se había difuminado ya por completo.
-Un hombre tan joven no debería estar nunca solo.
La sonrisa de la anfitriona era resultona. Alguna vez fue una beldad, hubo encandilado a los hombres con aquellos ojos melíferos. Ahora, se mofaba en silencio el villano Cortés, se había transformado en una masa de carne cimbreante y mollar, más próxima a la menopausia que al andén de la juventud.
Tenía el cabello rojizo, corto y ondulado como una escarola.
-No busco compañía, mujer –Sonaba despectivo en su voz desabrida- ¿Conoces a esta ramera? –Espetó sin la menor consideración-.
Le tendió una pequeña fotografía en blanco y negro. La mujer la miró sin el menor interés y se la devolvió enseguida.
-Pues no, no me suena nada. ¿Eres detective? ¿Por qué la buscas? No parece mala chica.
-Si no la conoces, no me sirves para nada, y si no me sirves para nada, poco te importa quién es, si es buena chica o el mismísimo diablo.
-No hace falta que seas tan grosero con Macarena. Macarena puede quitarte de un plumazo esos malos humos.
Se contoneó. Hablaba de sí misma como si hablara de otra persona.-Macarena… ¡apártate de mi vista, Macarena! –La apartó de un manotazo. Acababa de aparecer en el escenario, realizando contorsiones y ataviada con mínimos ropajes egipcios, una mujer fascinante-. ¿Quién es esa chica?
-¡Ah! Es roxana. A todos los hombres les vuelve locos esa mosquita muerta
En su tono de voz se apreciaba la envidia.
-No, no. Me refiero a su nombre real. ¿De dónde proviene, cuánto tiempo hace que trabaja aquí?
-No damos esa información a los clientes –Amenazó Macarena-
-Puedo sacarte la información. Tengo mis métodos. Sé amable y dime lo que quiero saber.
-Ya te he dicho que no. Puedo hacer que te echen del local a patadas. No me das ningún miedo.
Macarena estaba acostumbrada a tratar con calaña como Rodolfo y no se amilanaba fácilmente. Hizo una seña con la mano derecha. Al instante se personaron al encuentro dos fornidos hombres negros, elegantemente trajeados, colosales como orangutanes.
-¿Hay algún problema? –Inquirió uno de ellos. Su afeitado era impecable. Cubría sus ojos con unas gafas de cristales tintados. El traje y la corbata, de color plateado, eran de diseño italiano y corte a medida.
-¿Lo hay? –Cacareó Macarena, crecida ante la presencia de Aaron y Max-.
-En absoluto –Repuso a regañadientes Rodolfo Cortés, blandiendo una sonrisa afable y expresión inocente-. Macarena me informaba de las atracciones de este local. Ya veo que son muchas y portentosas –Exclamó sin retirar la mirada del escenario donde se retorcía Roxana Hart-. Creo que me quedaré por aquí todavía un buen rato.
Cuando la tríada se desvaneció, Rodolfo observó sin pestañear el sicalíptico numerito en el escenario. La mujer contorsionista se parecía un poco a su Amanda, salvo en algunos detalles que resultaban diametralmente antagonistas.
Roxana Hart tenía el cabello dorado y corto, no azabache como Amanda. Los ojos de la bailarina eran verdes. Tampoco su altura coincidía. Esta meretriz debía tener una estatura superior a un metro ochenta... casi diez más que su Amanda.
Rodolfo Cortés no pudo deshacerse de la pertinaz sensación de que Amanda y Roxana se parecían mucho, aunque muchos de sus rasgos fueran diametralmente opuestos.

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