Revista Historia

La misteriosa soledad de la ballena de 52 hercios

Por Ireneu @ireneuc

En el mundo actual, en que parece que todo el mundo se haya vuelto loco de un tiempo a esta parte, los que aún mantenemos alguna neurona en funcionamiento, no pocas veces tenemos la impresión de estar en medio del desierto más absoluto. El ver las cosas de un cierto modo mientras que los demás piensan y actúan exactamente de la forma contraria hace que la sensación de aislamiento, por no decir de bicho raro, se incremente a cada día que pasa. Más allá de esta sensación de estar más solo que la una, la naturaleza nos da ejemplos de lo que es estar solo de la forma más literal posible, ya sea en el caso de animales ( ver Celia, el bucardo que volvió de la extinción) como en el de plantas ( ver La prodigiosa vuelta de la extinción del café marrón), aunque existe un caso de soledad extrema que lleva a los científicos auténticamente de cráneo: la ballena de los 52 hercios.

Si preguntásemos por cual es la parte más silenciosa del planeta, la mayoría de la gente no dudaría en señalar que el fondo de los mares sería una de esas zonas... si bien estaría incurriendo en un grave error. Error que vendría provocado por nuestra incapacidad de oír bajo el agua al estar diseñados a oír el sonido en el aire, y que esconde que, justamente por el hecho de que el agua es mucho mejor transmisor del sonido que el aire, los fondos marinos sean más parecidos a una juerga flamenca que a un monasterio cisterciense. Y es que, además de los ruidos ensordecedores de los motores de los barcos que navegan por el mar y de las actividades humanas que se producen en él (plataformas petrolíferas, por ejemplo), hay una gran cantidad de animales marinos que utilizan el sonido como forma de comunicarse dentro del agua, entre ellos, las ballenas.

A raíz de la Segunda Guerra Mundial, los científicos se dieron cuenta que, además de los ruidos de los submarinos enemigos, había una infinidad de sonidos de alta frecuencia que se transmitían por el océano. Este campo, que resultaba absolutamente desconocido para los investigadores, despertó la curiosidad de la comunidad científica, descubriendo que los cetáceos en general y las ballenas en particular, emitían una serie de sonidos en muy baja frecuencia que les permitía mantenerse en contacto entre ellas aún a distancias muy largas. Las investigaciones llevaron al punto de ser capaces de distinguir la especie de ballena simplemente estudiando el tipo particular de " canto" de cada una de ellas. Sin embargo, en 1989, la US Navy detectó el sonido de algo que parecía una ballena pero que emitía en una frecuencia totalmente extraña.

Efectivamente, en plena Guerra Fría, los hidrófonos de la Armada Estadounidense ubicados en el Estrecho de Puget (Washington) tenían la función de controlar la posible llegada de submarinos soviéticos a aguas yanquis, pero aquel sonido no parecía tener nada que ver con los rusos y sí con un canto de ballena. El único inconveniente era que los rorcuales y las ballenas azules "emiten" entre 10 y 39 hercios y este lo hacía, nada más y nada menos que a 52 hz, una frecuencia que no tenía nada que ver con ninguna otra especie de ballena conocida.

El sonido, que se mantuvo como secreto militar atribuyéndose al rumor de un submarino soviético, fue captado repetidamente en 1990 y 1991, y no fue hasta el 1992 cuando la desclasificación de parte de los archivos de los hidrófonos permitió a los científicos de la Institución Oceanográfica de Woods Hole descubrir el hallazgo. El ruido seguía puntualmente el ritmo anual de llegada de las ballenas a aquella parte del mundo pero... ¿qué ballena podría emitir a semejante frecuencia? Nadie lo sabía y, de hecho, a día de hoy, aún nadie lo sabe.

Las investigaciones, que han permitido detectar el sonido año tras año en diversas zonas del Pacífico Noreste (hemos de contar que las ballenas pueden superar los 80 años de edad), han llevado a pensar que seguramente se trate de una ballena azul. No obstante, el perfil del sonido no corresponde a ninguna especie conocida, por lo que se supone que ha de ser, o bien un ejemplar con alguna malformación, o bien una especie híbrida. Sea uno o sea otro, lo que se tiene claro es que se trata de un único ejemplar, el cual debido a su extremada alta frecuencia, no podría comunicarse con el resto de sus congéneres, convirtiéndolo en poco menos que un fantasma. Un fantasma en vida, aislado, que vagando por la inmensidad del océano emitiría su canto sin que ningún congénere fuera capaz de oírlo. Solo.

Casi 30 años después de su descubrimiento, la ballena de 52 hercios continua siendo un absoluto misterio. Un misterio que despierta todo tipo de conjeturas entre los científicos pero muy pocas conclusiones fehacientes. Un misterio de un ser único que navega en la más completa soledad en medio del inabarcable mar, reflejo de la soledad y la fragilidad de todo un planeta que, como un ser único, vivo, navega desamparado en la inmensidad del oscuro océano que es el Universo.


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