Revista Comunicación

La Muñeca

Publicado el 15 agosto 2019 por Jose_luis_torres

La Muñeca

El día amaneció amenazante, tonos grises pintaban un cielo plagado de nubes dispuestas a descargar en cualquier momento miles de lágrimas sobre aquella sucia ciudad.
Aquel día salí de mi casa dispuesto a afrontar un día más otra rutinaria jornada laboral. Las gentes que moraban aquella gran urbe hacia horas que habían comenzado a poblar sus calles imbuidos en sus rutinas diarias, presos de una monotonía qué día tras día les atrapaba irremediablemente.
Salí del portal abducido por mis propios pensamientos ajeno a todo lo que me rodeaba y caminé automáticamente hacia la parada de metro de “Ángel Guimerá”. La acera reflejaba el tono gris del cielo y flashes de luz procedentes de las farolas que adornaban aquel pavimento, me observaban mientras caminaba esbozando sus últimos alientos antes de que la luz del día los apagara en una nueva e incipiente alborada.
Me quedaban alrededor de quince metros para empezar a bajar aquellas escaleras que conducían a las entrañas de aquella vieja ciudad cuando de repente vi a una niña de unos cinco o seis años sentada en un banco. Su mirada desprendía una tristeza latente y se hallaba observándome en la distancia.
Su rostro parecía estar enmascarando un halo de melancolía que irremediablemente brotaba por sus afligidos ojos. Su pelo de color pelirrojo jugaba con el viento dejando al descubierto un bello rostro pintado por decenas de pequeñas pecas haciendo que aquella criatura no pasara desapercibida para nadie por su gran hermosura.
A unos dos metros del banco, un vendedor ambulante ofrecía con gracia su mercancía cantando con notas desafinadas a todo aquel que pasaba por delante de ellos.
Me dirigí hacia ella atraído por la curiosidad.
—hola, ¿Cómo te llamas? —le pregunté yo una vez hube llegado a su lado.
—Me llamo Gabriela —respondió con tono serio sin apartar su mirada de la mía.
— ¿Y que haces aquí sola?, ¿donde están tus padres?
— Mi madre ha ido a comprarme una muñeca a esa tienda —respondió ella sin dejar de apartar su mirada de mí y señalando una tienda de juguetes que se hallaba al otro lado de la acera.
Conforme señalaba la dirección de la tienda con su dedo, pude observar en su muñeca derecha como colgaba una pequeña cadena que tenía una especie de círculo metálico, como una moneda plana bañada en plata, con su rostro grabado en ella.
— ¿Y que muñeca es esa? —pregunté yo.
— Es la que está en el escaparate.
— ¿Y entonces porque estás tan triste?.
— Porque no me he portado bien, he llorado sin parar hasta que he conseguido que me la compraran, mi madre no quería y yo la he obligado haciéndole sentir mal y ahora está enfadada conmigo —dijo ella con lágrimas en los ojos.
— Vale, te diré lo que haremos, vas a darme la mano y vamos a ir a buscar a tu madre a la tienda.
— ¡No puedo moverme de aquí! —grito ella con evidente enojo.
— ¿Por qué no puedes moverte de aquí? —le pregunté yo asombrado.
Ella me miró muy seria durante unos segundos y a continuación ignorándome aparto su mirada de la mía y se puso a acariciar unas margaritas que habían plantadas en un pequeño jardin al lado del banco y que se hallaban marchitas y secas con todos sus pétalos caídos hacia abajo, signo evidente de que estaban muertas.

Yo miré hacia la tienda al otro lado de la acera y vi aquella muñeca presidiendo el escaparate. Decidí ir hacia aquel establecimiento y entrar a buscar a su madre.
Cruce imprudentemente la calle evitando el semáforo que se hallaba unos metros más hacia mí derecha y esquivé como pude el denso tráfico que concurría la misma que como balas, pasaban inexorablemente dejando un rastro de humo y ruido.
Cuando llegue a la puerta de aquella tienda, eché un último vistazo al escaparate donde aquella muñeca parecía también estar observándome con la misma tristeza con la que me había estado observado Gabriela.
Entré tras atravesar una puerta de cristal la cual anunció mi llegada con un estruendoso pitido de bienvenida y me dirigí a continuación al mostrador que se hallaba al final de la misma. Cuando llegue una señora de mediana edad me recibió con una sonrisa tatuada en su rostro.
—¿En qué puedo ayudarle?.
—Estoy buscando a la madre de una niña que me he encontrado sola ahí afuera y que ha entrado aquí para comprarle una muñeca.
—Aquí no ha entrado nadie —respondió ella—. De echo es usted el primer cliente que entra esta mañana en la tienda.
—No es posible, la niña me ha dicho que su madre estaba aquí —dije yo extrañado ante aquella inesperada respuesta.
—Pues le aseguro que usted es la primera persona que ha entrado aquí hoy — volvió a insistir ella sin borrar aquella sonrisa de su boca.
Confundido me di media vuelta y cuando estaba a punto de salir de la tienda volví a fijarme en la muñeca.
Sin saber porque deshice mis pasos dirigiéndome nuevamente hacia él mostrador.
—Quiero comprar aquella muñeca del escaparate —anuncié efusivamente.
—Por supuesto señor, ¿quiere que se la envuelva para regalo? —pregunto ella con una dulzura innata
—No gracias, me la llevaré tal cual.
Salí de la tienda muñeca en mano y arriesgando nuevamente mi vida cruce al otro lado de la acera donde seguía Gabriela sentada en aquel banco.
—Me has mentido, tu madre no está en aquella tienda de juguetes —le reproché yo enojado.
—Yo nunca dije que estuviera en la tienda —espetó ella con firmeza.
—¡Cómo que no! —le respondí contrariado.
Y de repente se fijó en la muñeca que yo llevaba en mis manos. Una enorme sonrisa brotó de sus labios y su rostro se iluminó de alegría.
—¡Has comprado mi muñeca! —aplaudió ella.
—Si, y es para ti aunque no te la merezcas — dije yo sin poder evitar una sonrisa al ver la ilusión reflejada en los ojos de aquella niña.
—¡Gracias! —respondió ella abrazándola y pincelando su cara de una luminosa felicidad.
—Y ahora voy a llamar a la policía para que vengan a buscarte y te lleven junto a tus padres —espeté yo intentando poner cordura a aquella situación.
Gabriela pareció no oírme abstraída por la ilusión del momento.
Me dirigí de nuevo a la tienda para volver a comprobar que su madre no hubiese entrado en ella antes de llamar a las autoridades.
La dueña de la tienda levantó la cabeza del mostrador inducida por aquel molesto pitido de la puerta y comenzó a seguirme con la mirada.
—¿puedo ayudarle en algo más?.
—sigo buscando a la madre de la niña de la que le he hablado antes, ¿no ha vuelto a entrar nadie más detrás de mí?
—No, no ha entrado nadie después de que usted se marchara —aseguró ella.
—En ese caso no me queda más remedio que llamar a la policía, ¿como es posible que dejen sola a una niña tan pequeña en la calle?
—Hay padres que son unos irresponsables —aseveró la mujer borrando por primera vez la sonrisa de su cara.
—Todo esto es muy extraño, ¡Creo que Gabriela me ha tomado el pelo! —susurré yo en voz baja.
Aquella mujer pareció haberme escuchado.
—perdone, ¿ha dicho Gabriela? —preguntó sorprendida.
—si, ¿Por qué lo pregunta? — respondí yo intrigado.
—No es nada, solo que hace unos días hubo un accidente enfrente de mi tienda. Un coche atropello a una madre y su hija. No quisieron ir hasta el semáforo que hay unos metros más allá y cruzaron justo delante de aquí, un coche que venía acelerado no pudo frenar a tiempo y se las llevó por delante, fue una tragedia. Eran vecinas de el patio de aquí al lado.
La niña se llamaba Gabriela, era preciosa con aquel pelo pelirrojo tan bonito, en el barrio las queríamos mucho, por eso me sorprendió la casualidad, no hay muchas niñas que se llamen Gabriela por aquí y al pronunciar usted ese nombre me sobrevino con tristeza su recuerdo.

—¡Perdone, ha dicho pelirroja!
—Si eso he dicho, ¿la conocía usted acaso?.
—¡La niña que está ahí fuera también es pelirroja! —exclamé yo sin entender que estaba pasando.
—Si se trata de una broma le aseguro que no tiene ninguna gracia —recriminó ella dibujando un semblante muy serio en su rostro.
—venga conmigo a verla.
Los dos salimos raudos de la tienda y cuando dirigimos nuestras miradas hacia aquel banco se hallaba vacío.
—No le da vergüenza bromear con la muerte de una pobre niña —bramó aquella mujer presa de la ira.
—Le aseguro que estaba sentada allí, seguramente habrá llegado su madre y se la habrá llevado.
—¡No quiero que me vuelva usted a molestar más!, ¿entendido? —me espetó con tristeza.
Y a continuación se volvió a meter en su tienda en un estado de evidente indignación.
Yo seguidamente me dirigí corriendo hacia aquel banco y me quedé frente a el pensativo intentando entender todo lo que allí estaba sucediendo.
De repente el canto del vendedor ambulante que aún seguía allí me hizo despertar de mí burbuja.
¡Seguro que él había visto donde había ido Gabriela!.
Corrí hacia él y le pregunté
—Perdone, ¿ha visto usted dónde ha ido la niña que estaba sentada hace un momento en ese banco?.
Él me miró con extrañeza.
—Ese banco lleva vacío desde que yo he llegado aquí a primera hora de la mañana.
—¡No diga tonterías!, usted me ha visto hablar con ella antes —exclamé yo indignado.
—Mire, lo que yo he visto antes ha sido ha usted hablándole a solas a un banco. Váyase ahora mismo de aquí o llamaré a la policía.
—¿Se está usted burlando de mí?, ¡pero si me vio regalarle una muñeca hace apenas unos minutos!.
—Lo único que he visto es como usted dejaba esa muñeca en el banco, que por cierto he girado la vista un segundo y había desaparecido, algún espabilado se la habrá llevado, ¡no te puedes fiar de nadie!.
—¡No puede ser oiga!, ¿me está tomando el pelo? —le pregunté entrecortadamente fruto de los nervios.
—Yo no le estoy tomando el pelo, ¡está usted loco!, váyase de aquí o le aseguro que llamo a la policía —replicó violentamente poniéndose cada vez más agresivo y evidenciando su enorme enfado.
Confundido me dirigí nuevamente al banco y me senté en él intentando convencerme a mi mismo de que todo aquello debía de ser una broma o que todavía me hallaba durmiendo y no tardaría mucho en despertarme de aquella pesadilla.
Entonces me percaté…las margaritas muertas que se hallaban plantadas allí habían resucitado.. ¿Cómo era posible aquello?, si yo las había visto totalmente secas y marchitas, con muchos de sus pétalos muertos caídos en el suelo… y ahora resplandecían mostrando toda su hermosura e invitándote a mirarlas hipnotizado, dibujando un cuadro de infinita belleza.
Hechizado, fui a tocar todas aquellas flores cuando vi que algo relucía bajo ellas, ¡era la pulsera de Gabriela con su cara!, la cogí temblando. En ese mismo instante, una ráfaga de aire cruzó por delante de mí anunciando que la lluvia ya había llegado, entonces observé desconcertado como aquel viento había movido la tierra que rodeaban a aquellas margaritas.
Mis ojos se abrieron como platos. Justo en el mismo sitio donde acababa de coger la pulsera, aquel aire había dejado escrito sobre la tierra la palabra “GRACIAS”.
Una náusea comenzó a recorrer mi cuerpo y creí por un momento que me iba a desvanecer en el suelo.
La lluvia hizo su aparición y miles de pequeños cristales se rompieron contra el suelo. Poco a poco fui siendo testigo de cómo esa lluvia, mojaba aquella tierra e iba difuminando aquella palabra de agradecimiento que Gabriela había escrito en el viento y este la había plasmado en aquel pequeño jardín, y fue entonces cuando tuve la seguridad de que al fin, ella había regresado junto a su madre con su muñeca en sus brazos.
Recuerdo que me quedé sentado en aquel banco durante horas. Recuerdo a la gente corriendo delante de mí huyendo de la incipiente lluvia que inundaba aquella ciudad mientras yo permanecía sentado allí observando una y otra vez aquella pulsera.
Han pasado diez años desde aquel día. Jamás le he contado a nadie lo que ocurrió allí, porque siendo franco… ¿quien iba a creerme?, tan solo conseguiría que me tomaran por un chiflado. Aún así ha habido muchas veces a lo largo de estos diez años que yo mismo he dudado de mi propia cordura.
Desde entonces, una vez al año coincidiendo con el aniversario de aquel día, voy al cementerio municipal de esta ciudad donde fueron enterradas Gabriela y su madre y dejo una margarita junto a su tumba.
Aún hoy en día sigo soñando muchas noches con aquella criatura y en mis sueños la veo feliz, jugando con su muñeca, riendo y saltando y habiendo borrado para siempre aquella mirada tan triste con la que aquel día me atrajo a su lado.
A lo largo de todos estos años he comprendido que ella jamás se hubiera ido en paz de este mundo si alguien como yo no le hubiera comprado aquella muñeca que tanto anhelaba y por la que perdió su vida en aquel fatídico accidente sin haber logrado poseerla.

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