Revista Cultura y Ocio

La opinión contraria – @Sor_furcia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Veo mi reflejo en el cristal. Estoy desnuda, despeinada, llevo el rímel corrido, las manos atadas, y me siento preciosa. Y sonrío. Cuando oigo sus pasos acercarse cierro los ojos. Me ha ordenado que los mantuviera cerrados pero no he podido evitar desobedecerle. Noto como se acerca, entra a la bañera y cierra la mampara. No sé qué está tramando, pero miles de ideas se agolpan en mi cabeza y todas ellas me excitan. De repente me agarra el pelo, muy fuerte, y yo suelto un grito que él calla con un beso. “Abre la boca” me susurra. Y lo hago con la esperanza de que su miembro erecto entre hasta mi garganta. Permanezco ahí, quieta, nerviosa, mojada, cuando de repente noto un líquido caliente y amargo que resbala por mi barbilla. Inconscientemente cierro la boca y en ese preciso momento él me abofetea la cara con fuerza. “He dicho que abras la boca”. Respiro durante unos segundos y obedezco. Vuelvo a sentir su orina salpicando mi lengua, bajando por mi esófago…

Si me llegan a decir hace un tiempo que me iba a ver en esa situación me hubiera reído a carcajadas y lo hubiera negado con una expresión de asco en la cara, pero aquí estoy, y he de reconocer que me gusta. Nos pasamos la vida intentando superarnos, en los estudios, en el trabajo y, de la misma manera, también en el sexo. Nos gusta que nos consideren buenos amantes, y trabajamos duro para satisfacer a nuestras parejas. Mi vida sexual no siempre fue así, pero un día haces una cosa, pruebas otra, te hablan de algo, o lo descubres tú misma… Y, como me dijo una amiga una vez, “cuando abres una puerta, ya no se vuelve a cerrar”. Empiezas con un azote, con un leve tirón de pelo, unos escupitajos, compras algún juguete, algún disfraz… y acabas atada en una ducha mientras te mean en la boca. No se te ha ido de las manos, no, si hubieras querido parar lo hubieras hecho, pero es verdad que cuando subes un escalón, ya sólo quieres subir más.

Me ha sacado de la ducha de los pelos y me ha arrastrado por el suelo hasta la cama, y aquí estoy, con su pie pisando mi cara mientras me folla a cuatro patas. Sigo con los ojos cerrados y sólo hablo cuando él me pregunta “¿Qué eres?” y yo respondo como puedo, entre embestidas, “Tu puta, soy tu puta”.

Puta es una palabra que debe ser usada con cautela. Dependiendo del contexto y de los labios que la pronuncien, puede producir en mí efectos totalmente contrarios, como es lógico y como supongo que les pasará a muchas. Como mujer he tenido que oír tantas veces esa palabra utilizada de forma despectiva hacia mi persona, y he discutido tantas veces con quienes me la han atribuido, que incluso me asombro a mí misma cuando alguien (alguien en concreto) me la susurra al oído y mojo braga. Pero es así, no puedo luchar contra mi naturaleza.

En un movimiento rápido me ha girado y ahora estoy bocarriba, con la cabeza entre mis rodillas, y a la cuerda que ataba mis manos ahora se le ha unido otra que sujeta mis tobillos al cabecero de la cama. Estoy completamente indefensa y a su merced, pero sé que no tengo nada de qué preocuparme porque confío en él. Siento como sale de la habitación y al instante vuelve y me coloca un antifaz en los ojos. Me imagino cómo es la escena y me pongo enfermizamente cachonda. Él también, lo sé porque en ese instante noto su polla dura que me penetra bruscamente, una vez, otra, y otra, seguidas pero con una pausa entre ellas, y entonces me la vuelve a sacar con la misma brusquedad y sus dedos palpan mi sexo, se ríe y me dice “¿Te gusta, eh?”. Deduzco que estoy empapada hasta los muslos. Sí, me gusta, me gusta que me utilice a su antojo.

Me considero una mujer feminista, mucho, y me gusta dejar que en el sexo me dominen, que me peguen, que me sometan, que me humillen… pero sólo mientras me follan; sólo si quien lo hace me ha demostrado que fuera de la cama me respeta como una igual; sólo si, como yo, esto para él no es más que un juego, una representación teatral en la que ambos adoptamos unos papeles de manera circunstancial. Porque algo así no se lo puedes entregar a cualquiera. Así que, aunque a priori parezca que esta actitud es contraria a mis ideas, a la hora de follar procuro dejarlas, junto con las bragas, fuera de la cama. Si parto de la base de que me gusta follar con hombres que físicamente sean más fuertes que yo, y por tanto ya comienzo en una clara desventaja, y de que en el momento que su sexo penetra mi cuerpo, ya estoy permitiendo que un hombre invada mi espacio… si no me despojara de mis ideales, tendría un grave problema con respecto a mis preferencias sexuales.

Yazco exhausta sobre la cama. Me ha desatado las cuerdas, pero aún llevo puesto el antifaz. Oigo ruidos e intento adivinar de dónde provienen, de qué se trata, pero estoy nerviosa y no consigo acertarlo. Hasta que un traqueteo me deja claro que mi siguiente tortura viene en forma de vibrador. He perdido ya la cuenta de los orgasmos que he tenido, pero me temo que se avecina uno nuevo, y no tardando.

El sexo es un juego y, como tal, tiene unas normas. No estás obligada a hacer nada que no quieras. Muchas veces me encuentro con hombres que intentan imponer sus deseos, que intentan convencerte de manera errónea (siendo demasiado insistentes, infravalorándote porque no quieres probar lo que ellos te proponen, criticándote por no ser suficientemente “lo que sea”…), y así no se consigue nada, o sí, se consigue todo lo contrario. Se consiguen mujeres frustradas, mujeres que rehúsan a probar cosas, pero no por las cosas, si no por la persona; mujeres que dejan de follar con sus parejas porque se sienten utilizadas, pero no porque ellas se dejen utilizar, sino porque las usan como un mero objeto para el disfrute de un falo.

“Vamos a ver si sabes contar”, me dice. “Voy a jugar contigo y con mi amiguito y necesito que me vayas diciendo cuál es tu grado de excitación, donde 1 es poco cachonda y 5 es al borde del orgasmo”. Asiento con la cabeza y en ese instante noto como presiona el vibrador a su máxima potencia contra mi sexo. Empiezo a contar directamente desde el 3 y, en menos de 10 segundos, me sorprendo a mí misma gritando ¡¡5!!, y él aparta el juguete de mí y se ríe a carcajadas. “Buena chica, vamos a bajar al 1 de nuevo”. Así me tiene un buen rato, sufriendo, alcanzando el 4, bajando al 2, subiendo al 5, parando hasta volver al 1… hasta que no puedo más y le suplico que me deje correrme. “No, princesa, todavía no”.

No suelo contarle mis inquietudes a casi nadie, no me gusta tener que aguantar miradas inquisidoras, ni quiero que me juzguen o me critiquen. La gente tiene la mente muy cerrada para las cosas que van más allá de sus propios gustos, y no se dan cuenta de que, mientras todas las partes implicadas en una relación sexual estén de acuerdo, todo vale. Tampoco les culpo, yo soy la primera a la que la coprofilia, por ejemplo, le da cierto, digamos, respeto. O cualquier práctica en la que se vea involucrada sangre… No puedo con ella. Pero son mis límites, y de la misma manera que yo los pongo, otros los sobrepasan y disfrutan de ello, y yo no soy nadie para juzgarles.

Desprovista ya del antifaz estoy frente al espejo de mi habitación, donde puedo ver, con todo lujo de detalles, a mi partenaire follándome como sabe que me gusta, en volandas contra la pared. Por fin he conseguido mi orgasmo y creo que se han enterado todos los vecinos por lo mucho que lo he disfrutado. En ese momento le pido que pare, me suelta y ahora, de repente, soy yo la que ordena “dame tu culo”. Y es entonces cuando él, con sonrisa juguetona, se coloca a cuatro patas en la cama mientras yo abro un cajón de la mesilla y saco mi arnés.

Me gustan los cambios de roles, innovar, improvisar, en definitiva, desinhibirme y pasármelo bien. Para eso es el sexo ¿no? Para sentirte libre. Y al igual que me divierto dejando que un hombre me someta, también me encanta hacerlo a mí, y cuanto más grandes y fuertes sean, más lo disfruto.

Me lo coloco y unto la lustrosa polla de goma con vaselina, mientras él observa la escena con ojos de deseo. Doy dos pasos hacia él y le engancho del pelo hasta hacerle arquear la espalda. Con la vaselina que me queda en los dedos le masajeo el ano e introduzco mi instrumento dentro de él mientras sus jadeos me marcan el ritmo. Estoy un rato cabalgándole, azotándole, agarrándole del cuello, diciéndole al oído “Así es como te gusta, eh? perro” mientras noto como él acaricia enérgicamente su verga. Y entonces me pide por favor que me detenga y me pregunta “¿Dónde quieres que me corra?”. Instintivamente, salgo de dentro de él y me pongo de rodillas con las dos manos juntas como el feligrés que espera que el cura le de la ostia durante la misa. Recibo toda su corrida en mis palmas y la miro mordiéndome el labio. Cuando termina, empiezo a relamerla mientras él se arrodilla junto a mí y su lengua juguetea con la mía hasta que no queda ni una gota. Nos besamos, exhaustos, y sonreímos mientras él me dice que me quiere y se levanta para irse a la ducha.

Puede que después, como tantas noches, nos vayamos a cenar y a disfrutar de nuestra compañía. Y él no me abrirá la puerta del coche, ni la del restaurante. Y la cuenta la pagaremos a medias, o quizá sea yo la que le invite esta vez. Y hablaremos de política, de libros, de música, de cine, y mis opiniones valdrán tanto como las suyas, aunque sean contrarias. Y volveremos a casa y quizá me dé un masaje en los pies mientras vemos la tele, o quizá volvamos a follar pero esta vez sin tanto artificio… Porque sí, hace unas horas igual yo estaba a horcajadas esperando que me azotara, o era él el que me provocaba para que le humillase, pero eso era tan solo nuestra fantasía, y aquí y ahora, en la vida real, ambos somos iguales.

Y en mi día a día yo seguiré peleando por mis derechos, me quejaré, me revolveré, lucharé, celebraré logros, asumiré derrotas, me cagaré en las normas, romperé convencionalismos, leeré, me equivocaré, aprenderé… y jamás (¡JAMÁS!) dejaré que nadie me diga que por el uso que le dé a mi coño, en total y absoluta libertad, soy más o menos feminista.

¿Piensas que este tipo de sexo está reñido con un pensamiento feminista? ¿Crees que esto es erotizar las conductas patriarcales? ¿Eres de los que afirma que todas las feministas son lesbianas? O peor aún ¿que no follan? Bien, pues yo soy de la opinión contraria.

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