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La paciencia, el propósito y los deseos ante el advenimiento de la incertidumbre.

Por Artepoesia
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Griselda fue un personaje de uno de los cuentos que el genial escritor Giovanni Boccaccio (1313-1375) incorporara dentro de su extraordinaria gran obra el Decamerón. Narra la historia del marqués de Gualtieri, heredero indolente, desconfiado y sesudo que, obligado por su linaje, debe elegir esposa ya, a pesar de las pocas ganas que esto le provocara. Así que, en su afán por no dejarse dirigir, ni  por razones sociales ni familiares, decide primero que la elegida sea Griselda, la joven, hermosa, dulce y bella hija de un pastor. Ella, asombrada antes y pronto enamorada después, acepta ahora entusiasmada la oferta matrimonial del marqués. Pero, motivado por sus antiguos temores y desconfianzas, Gualtieri desea poner en verdad, crudamente incluso, a prueba la paciencia de la confiada Griselda. De este modo, cuando tuvo ya a su primera hija la dejó entender claramente que sus cortesanos, amigos y parientes no acabarían por aceptar tal descendencia. Debía deshacerse de ella. Para esto le envió un sirviente al que debería entregar a la recién nacida. Ella, sin embargo, terminó comprendiendo todo lo que él le dijo, entendió así sus deseos y, serenamente, aceptó sus designios. Luego, incluso, acabó Gualtieri por pedirle hasta la dispensa matrimonial argumentando que ella no podría continuar unido a él, ya que, con su alto renombre y solar, sería una barbaridad compartir su noble vida con una simple y vulgar campesina. Todo ello lo aceptó, pacientemente, Griselda. Al final, le dijo: Señor, yo siempre he sabido de mi baja condición, y que ésta, de ningún modo, era apropiada a vuestra nobleza. Lo que he tenido con vos, de Dios y de vos sabía que era, y nunca mío lo hice y tuve, sino que siempre lo tuve por prestado, si os place que os lo devuelva, a mí debe placerme devolvéroslo. Gualtieri, comprendiendo ahora ya que la paciente virtud de esta mujer le había convencido totalmente, no pudo mantener más la maquinal estrategia. Entonces, decidido, le anuncia: Griselda, tiempo es ya de que recojas el fruto de tu paciencia. Porque no quise errar en mis temores, a prueba te puse, pero, ahora ya, recibe a tus hijos y a mi vida
Cuando el semanario norteamericano The Saturday evening Post decidió publicar una primera página aquel fin de año de 1932, pensó que sería muy apropiada la que el ilustrador, artista y pintor Joseph Christian Leyendecker (1874-1951) había compuesto para ello. Ese año, 1932, había sido terrorífico ya para la dura quiebra económica que el país estaba padeciendo incluso desde hacía tres años antes. El nuevo año 1933 se presentaba ahora cargado de esperanzas, y los deseos de todos se aunaban además en un firme propósito, propósito de que todo acabaría ya, y que el nuevo año vendría cargado también de promesas, de bendiciones y de cambios. Sin embargo, sólo fue el comienzo del deseo ya que la profunda crisis económica de los años treinta no terminaría, en el mejor de los casos, ni siquiera en los siguientes tres años después de aquel 1933. Todo había empezado mucho antes, mucho antes que el famoso crac de 1929, antes incluso que los despilfarradores y alegres años de la década de los veinte. Todo empezó en los confiados, solemnes, atildados pero frágiles y, sobre todo, abrumadoramente acechantes años del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Aquellos años incrementaron peligrosamente la autoconfianza, el orgullo, la fuerza, el oprobio, la temeridad y la osadía. Este mismo artista, Leyendecker, ilustró también aquellos sagrados años, aquellos engañosos, falsos, atribularios y descarnados años. La Guerra sólo lo metabolizó. Generaría además el horror que, únicamente, unos locos años veinte sosegarían, anestesiados, antes de que todo, por fin, traumáticamente cambiara. 
Es la incertidumbre, esta emoción que subyace debajo de toda realidad, esa emoción que, a veces, parece algo que luego no es. Pero lo parece. Pero, no es. El gran creador holandés Rembrandt pintó en 1655 una obra extraordinaria, como todas las suyas, a la que no terminó por titularla claramente. Los historiadores acabaron nominándola como Hombre con armadura. ¿Quién fué? ¿Qué personaje quiso retratar el genial artista barroco? Nadie lo sabe realmente. Parece Alejandro Magno, pero sólo lo parece. Puede representar también el retratado a cualquiera de los dioses griegos más guerreros, pero ¿cuál? Un pendiente se observa en la única oreja que presenta su rostro, un rostro por otra parte que no lleva de por sí a caracterizar sólo la figura fuerte, decidida, adusta y fiera de un guerrero, sino que vislumbra, además, la serena y pensativa mirada de un hombre que duda, que reflexiona sereno antes de tomar su última y difícil andadura.
El pintor francés Émile Friant (1863-1932) murió justo antes de que aquél duro año de entreguerras empezara a balbucear. Había sido educado en el estilo naturalista propio de su época, en donde los lienzos que crea llevan así a satisfacer a una clientela autocomplaciente y burguesa. Sus obras realistas retratan  la vida y las costumbres correctas de esa generación que llevaría también al abismo de aquella Primera Guerra. Pero, en el finisecular 1899, el autor naturalista francés decide pintar ahora una obra diferente, enigmática. Viaje al infinito consigue aturdir al espectador, más todavía en aquellos años, ante la simple pero compleja imagen que presenta. Un hombre solo se eleva en un globo, tecnología además que ya es superada por completo en aquellos tiempos. No es sin embargo este artefacto lo importante, el pintor lo recorta incluso en el lienzo. Ante un cielo esplendoroso, maravilloso, idílico, luminoso y prometedor, se contrasta empero una tierra oscura, nebulosa, rocosa y llena de figuras simbólicas, de súcubos, que representan lo abismal, lo terrenal, lo destructor, lo fatalmente seductor. ¿Sería todo ello un presagio, un desesperado y maravilloso presagio, por entonces, de lo que habría que hacer, elevarse, antes de lo que apenas quince años después acabaría ya sucediendo?  
(Ilustración de la portada del Saturday Evening Post del 31 de diciembre de 1932, pintada por el artista norteamericano Joseph Christian Leyendecker; Lienzo Griselda, 1910, del pintor norteamericano Maxfield Parrish, 1870-1966; Ilustración de los años de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, en donde se observan, lustrosos y confiados, tanto a oficiales como a una enfermera sobre la borda de un crucero naval, del artista Leyendecker; Óleo del pintor holandés Rembrandt, Caballero con armadura, 1655, Museo de Glasgow, Inglaterra; Cuadro Viaje al infinito, 1899, del pintor francés Émile Friant.)

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