Revista Religión

LA PACIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA. Segunda carta pastoral del Siervo de Dios Monseñor Alfonso María Sardinas, obispo de Huánuco, 1895

Por Joseantoniobenito

LA PACIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA. Segunda carta pastoral del Siervo de Dios Monseñor Alfonso María Sardinas, obispo de Huánuco, 1895

Agradezco a la Hna. Irma Edquén, vicepostuladora de la Causa de Monseñor Alfonso María Sardinas el envío de la interesante pastoral que les comparto y que fue publicada por la Hna. Bertha Flores Palomino( Hna. Hortensia de Jesús) Vida y Obra de Monseñor Alfonso María de la Cruz Sardinas Zavala, Educador y Mensajero de Paz, (Lima, 2014) pp. 233-245.

Su original se ha tomado de  la Biblioteca Nacional, Lima, Perú.C252.6   S2

Todo un ejemplo de cómo los pastores peruanos como quien fue segundo obispo de Huánuco se han identificado con la problemática de la realidad y la han iluminado desde la palabra revelada en la Biblia, el magisterio de la Iglesia y su propio celo pastoral.

SEGUNDA CARTA PASTORAL 1895 (Diócesis de Huánuco) con motivo de la PACIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA

"Nos Fr. Alfonso María Sardinas por la gracia de Dios y de la Santa Sede, Obispo de Huánuco, al Venerable Clero y fieles de nues­tra Diócesis, paz y gracia en Nuestro Señor Jesucristo:

Es notorio que sucesos ajenos de mi voluntad, mis muy amados hijos, me obligaron a separarme de vosotros, a pesar mío, prolongándose mi ausencia al extremo de hacérseme ya pesada, por el deseo que siempre he tenido de regresar­ a vuestro seno. Puedo aseguraros, sin embargo, que aun cuando he estado ausente con el cuerpo, me he hallado continuamente presen­te con el espíritu, atendiendo en lo que me ha sido posible a vuestras necesidades espirituales, cumplien­do de este modo el deber impuesto por Nuestro Señor Jesucristo, de vigilar por la grey que el Espí­ritu Santo ha confiado a mi cuida­do, lamentando empero que mis esfuerzos no siempre han sido se­cundados.

LA PAZ COMO LA DA JESÚS

Hallándome ya en medio de vos­otros, no puedo dirigiros palabra mejor que la salida de los labios de Jesús rodeado de sus caros apóstoles y discípulos, algunos días des­pués de su gloriosa resurrección y poco antes de subir al cielo: Os dejo la paz, os doy mi paz, pero no como la da el mundo. Esta paz es la que ha bajado del cielo y la que los ángeles anunciaron a los hom­bres de buena voluntad, cuando nació el Redentor del mundo. Esta paz es la que se comunica por ministerio de la Iglesia a todos aquellos que quieren recibirla, y ella es, la única verdadera, fuera de la cual es imposible hallar felicidad.

Después de las perturbaciones po­líticas que todos hemos lamentado, y tranquilizado felizmente el país según las aspiraciones de todos, conviene, queridos hijos míos, que la paz celestial mencionada se arraigue entre todos nosotros, de suerte que los individuos, lo mismo que cada familia, así como también cada pueblo goce de este bien inestimable de la paz a fin de que ella sea el principio de una nueva era y mediante su eficacia el País se vaya regenerando.

Los obstáculos que se oponen al establecimiento y consolidación de esta paz son bien conocidos, después que el Espíritu Santo se ha dignado consignarlos en las Sagradas Letras: placeres sensuales, co­dicia de bienes terrenos y soberbia del corazón, he aquí los tres obstá­culos de la expresada paz; ellos son tres elementos mortíferos que aca­ban con la vida moral y bienestar de los individuos y de los pueblos, y aún a veces con la misma vida física, como sucede en las guerras, las cuales no tienen otro origen, a lo menos en uno de los combatien­tes. Así nos lo avisa el mismo Dios; en la Sagrada Escritura: ¿De dón­de nacen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales hacen la gue­rra en vuestros miembros, sirvién­dose de ellos como de armas contra el espíritu? (1 Santiago 4), si la justicia pre­sidiese los consejos de los hombres, las guerras serían imposibles.

COMBATIR LA SENSUALIDAD, LA CODICIA Y LA SOBERBIA

Combatir estos tres elementos deletéreos, es el deber de todo hombre que quiere vivir, no sólo cris­tiana sino también racionalmente. A medida que estas tres malas pasiones sean refrenadas y sujetas al imperio de la ley de Dios, la paz celestial, la justicia y el bienestar, tanto privados como públicos, serán mayores, y el Perú se irá regenerando.

Verdad es que, dado el estado de decaimiento en que se encuentra el hombre es cosa ardua y en cierto modo heroico refrenar sus malas pasiones; pero la Santa Iglesia tiene medios suaves que facilitan poderosamente lo que a la naturaleza mal inclinada repugna, y esos medios se encuentran a disposición de todos. Estos son los santos Sacramentos, en los cuales hay una virtud divina dirigida a amorti­guar los concupiscencias y a vigo­rizar el espíritu; ellos extinguen el letargo espiritual en que yacen por desgracia, de ordinario, los cristia­nos, a causa de lo cual no se preo­cupan sino de lo temporal y terre­no, que debe desaparecer con la muerte, y no se cuidan de la vida futura y eterna de la cual nadie puede sustraerse: ella debe ser feliz o desgraciada, sin que sea dado a hombre alguno poder eludirlo que, Dios tiene irrevocablemente establecido.

No se condena el cuidado prudente y razonable, acerca de los bienes de este mundo y de la feli­cidad temporal, antes bien es un deber que no puede descuidar el que ha de atender a otro. Lo que se condena es la solicitud excesiva y el buscar exclusivamente lo temporal, con detrimento de lo eterno; así como el preocuparse úni­camente de la presente vida, sin pensar en el cumplimiento de los deberes que tenemos, para con Dios.

Por tanto, queridos hijos míos, esforzaos en vivir según el santo temor de Dios, valiéndonos de los medios indicados de los Santos Sa­cramentos, a los cuales debéis añadir la oración cotidiana al Padre de las misericordias, a fin de que haga descender sobre el Perú ben­diciones celestiales que lo levan­ten de su postración, y así entre en las vías del progreso.

LA REGENERACIÓN DE LOS HOMBRES Y LAS NACIONES

Debemos todos estar persuadi­dos, queridos hijos míos, que la re­generación de los individuos lo mismo que de las naciones, no es obra únicamente de los hombres, por grandes que sean sus esfuer­zos, pues todo esto no es suficien­te, si el auxilio divino no viene a nuestro socorro. Si el Señor no edificase la casa, trabajan en vano los que la levantan. Si el Señor no guardare la ciudad es inútil la vigilancia de los que la custodian (Sal. 126) Palabras son estas de eterna verdad que se han cumplido y seguirán cumpliéndose, hasta el fin de los siglos, por esto debemos emplear la oración salida de un corazón puro si queremos ver al Perú regenerado.

Laudables son las reformas en la legislación y en los diversos ramos de administración pública que las necesitan; pero si los hombres no son justos ni se rigen por los dic­támenes de la conciencia; si viven hechos el juguete de sus concupis­cencias o a merced de sus malas pasiones, el País no quedará reformado, aun cuando las Cámaras Legislativas hayan hecho grandes esfuerzos para mejorar su suerte. Nada vale tener buenos Códigos, si no son observados y los hombres son malos.

Conviene por tanto, queridos hi­jos míos, que cada cual ponga su contingente en la labor común de la regeneración del País, procuran­do consolidar la paz en vuestro propio corazón, en el seno de vues­tra respectiva familia y, en las relaciones de verdadera fraternidad que debe existir entre los pueblos.

Es de necesidad imperiosa que ca­da cual, sea individuo o pueblo, ol­vide injurias recibidas y perdone ofensas inferidas, no recordando sino que todos somos peruanos, lla­mados a vivir como hermanos y dejando lo pasado sepultado en el olvido, para estrecharnos mutuamente con el lazo de una fraterni­dad castiza. El recuerdo de los ma­les pasados no haría más que amargar inútilmente vuestra existencia, y el pensar en venganzas por los males sufridos empeoraría atrozmente vuestra situación, porque pondría a los que sepultáis enemi­gos en la necesidad de armar su brazo para defenderse en caso ne­cesario. Se comprende que tal situación sería del todo angustiosa y nada a propósito para conseguir la felicidad y la regeneración del país.

PERDÓN, CARIDAD Y TRABAJO

Si el que ha recibido agravios no se resuelve a perdonarnos, ¿Cómo podrá esperar que Dios le perdone sus faltas cometidas? Perdonad y seréis perdonados, ha dicho el Salvador del mundo en su Santo Evangelio, y por esto no puede esperar perdón ni salvación aquel que conserva odio contra su prójimo.

La venganza es no solamente pasión vil y detestable sino que también es con frecuencia causa de la ruina del vengativo: Este no se justifica invocando la razón que cree esta de su parte, ni con la justicia por mucho que esté en su favor, porque la razón y la justicia no autorizan a los particu­lares para que se tomen satisfac­ción por sí mismos, ni que inflijan las penas merecidas a los culpables, por cuanto esto es atribución del Poder público, la cual no pueden arrogarse los particulares, sin ha­cerse reos de grave crimen e intro­ducir la anarquía en la sociedad.

Por mucha que sea la razón y la justicia, queridos hijos míos, hay algo que, en los momentos actua­les, es mucho más recomendable, en todo lo que no repugna a la im­punidad, esto es, la caridad cris­tiana, la cual debe extender su do­minio sobre todo el Perú y brillar como el Sol de mediodía, ahuyentando así los nubarrones de las malas pasiones y de los resentimientos mutuos, a fin de que la paz se consolide y sea duradera.

Lo que interesa, por tanto, a todos y también a la Nación, es que sobre la base de la paz pública y privada nos consagremos a nues­tras respectivas labores; y que aquellos individuos que se encuentran dotados de aptitudes presenten con buena voluntad su concurso a la reconstitución del País, dejando a un lado intereses de partido y otras miras mezquinas, y teniendo sólo presente, que son peruanos y que la Patria reclama sus servicios.

AYUDAR A LA IGLESIA EN SUS NECESIDADES

No, concluiré, queridos hijos míos, sin exhortaros a que permanezcáis fieles a las enseñanzas del mismo Dios que se ha dignado a darnos por medio de su Santa Iglesia y que a Nos incumbe el deber de conservar intactas, para lo cual debéis todos cuidar de no dejaros fascinar por las malas doctrinas, que por desgracia hoy tanto circulan, si la verdad es la vida de la inteli­gencia; el error es su muerte; y es­ta muerte es eterna, cuando el error admitido es contrario a una verdad revelada. La Iglesia encargada de la enseñanza de esta ver­dad, es una madre tierna siempre solícita de que el engaño, sea cual fuere la forma en que se presente, no invada jamás la inteligencia de sus hijos aunque no verse sobre el dogma, sino sólo sea disciplinar.

Como Padre y Pastor de vuestras almas, debo en la situación presen­te hacer oír mi voz, para precave­ros de un error que he sabido ha circulado entre vosotros, el cual consiste en asegurar que en lo sucesivo no tendréis que pagar pri­micias. Si este error puede halagar a los menos instruidos o poco te­merosos de Dios, no puede excusar de un grave reato de conciencia ni de la responsabilidad ante Dios y su Iglesia. El pago de las primicias fue establecido por el mismo Dios en la antigua ley de Moisés, y la Iglesia al promulgarse el Evangelio ha conservado esta ley como obligatoria a los cristianos. Mien­tras la Iglesia no derogue esta ley, ningún poder humano podrá válidamente destruirla; pero si preva­liéndose de la fuerza se puede lle­gar a impedir el cumplimiento de la ley, no se logrará por esto des­truir esta ley ni extinguir la obli­gación del pago mencionado, y en este caso permanecerá siempre el pecado y la responsabilidad, tanto del que debe cumplirla, cuanto del que se prevale de la fuerza.

Cuando los altos Poderes del Es­tado o sea el soberano Congreso se ocupó en otro tiempo de los diez­mos, preparó oportunamente la respectiva indemnización, obligándose a satisfacer lo que se juzgó equi­valente a los diezmos, porque así lo exigía la justicia. Esto no obstante, la Iglesia no ha sancionado hasta ahora la ley sobre supresión de diezmos, y sólo la ha tolerado, razón de circunstancias. Tratándose ahora de la supresión de primicias, es evidente que se perpetraría una violación flagrante, de la justicia y un ataque a la ley de la Iglesia si cualquiera particular, o aunque fuese una autoridad subalterna, se arrogase la facultad de suprimirlas.

Se ha observado por muchas per­sonas sensatas y en diferentes lu­gares de la República, que desde que se ha negado a la Iglesia el pa­go de las primicias, la tierra es menos productiva de lo que lo era antes; observación que se ha efectuado también en otras naciones.

Parece que Dios ha querido manifestar, de un modo patente, que no impunemente se le niega parte de lo que Él generosamente concede a los hombres.

Es justo y conforme al derecho natural, que los Ministros de la Religión por lo mismo que están dedicados al servicio de Dios e im­posibilitados de atender a los negocios temporales, sean sustentados, por los fieles, remunerándoles los servicios religiosos y espirituales que de ellos reciben, y así está es­tablecido por el Evangelio, pues quien sirve al altar, es justo viva del altar. Si los empleados del Estado viven de las contribuciones del pueblo al cual sirven, del mis­mo modo el Clero debe ser sustentado por los fieles, porque éstos no pueden vivir sin Religión, la cual es administrada por el Clero. Esta es una verdad de sentido común, y su desconocimiento pronto haría sentir sus fatales consecuencias.

Si en todo tiempo esta verdad debe ser respetada, lo ha de ser más aho­ra en que se trata de regenerar el País, debiendo los pueblos comprender que es preciso comenzar por respetar los derechos de la Iglesia y no por la violación de los mismos o creíais por esto, queridos hijos míos, que lo temporal que podéis erogar sea lo que más nos preocupe, pues vuestras almas o tienen un valor incomparablemente más precioso que todo eso, por cuya ranzón os hemos hablado antes de lo que afecte vuestros intereses espirituales.

Reducidos a una vida parca y contentándonos con lo absolu­tamente necesario, empleamos to­do lo demás en beneficios de esta amada Diócesis construyendo el Seminario y otros edificios para la formación del Clero y la instruc­ción de la juventud; sustentando con nuestros ahorros un buen número de estudiantes, como a todos os consta. Al recomendaros, pues el puntual pago de las primicias es con el objeto de que no gravéis vuestras conciencias, engañados con falsas doctrinas, las cuales conducen a la postre al aumento de pobreza, como insinué antes, porque Dios, se encarga de castigar, por sí mismo a los hombres que le defraudan lo que le está consagrado. Manteneos pues, queridos hijos míos, en la práctica de la justicia, procurad la paz por los medios an­tes indicados, formad todos una familia, sin distinción de partidos ni diversidad de pueblos, reine la caridad cristiana en vuestros corazones, trabajad todos por la santi­ficación de vuestra alma, para que de este modo el Padre de las mise­ricordias nos colme ahora de ben­diciones celestiales y después nos conceda el goce de su felicidad eterna. A este fin y para que el Señor se digne iluminar a la actual Excma. Junta de Gobierno, orde­namos a todos los Venerables Sa­cerdotes de esta nuestra Diócesis, recen en todas las misas la colecta et famulos, etc. siempre que el rito lo permita, reiterando lo antes dispuesto; y además exhortamos a todos los fieles hagan las oraciones que su devoción les inspire.

Dado en nuestra accidental resi­dencia de Tarma, a 17 de Abril de 1895.

FR. ALFONSO MARÍA

Obispo de Huánuco

Por mandato de S. S. l.

JUAN H. GARAY,

Secretario


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