Revista Historia

La revolución bolchevique no fue un golpe de estado

Por Barbazul
La revolución bolchevique no fue un golpe de estado
Carlos Hermida Revillas
RESUMEN
Frente a la tendencia historiográfica que considera la revolución de Octubre como un golpe de estado perpetrado por Lenin, este artículo defiende que la revolución bolchevique fue una auténtica revolución de masas. A la altura de 1917, los bolcheviques tenían la mayoría de delegados en los soviets de Rusia y en las diferentes organizaciones de masas. El apoyo de los obreros y de buena parte de los soldados permitió al partido bolchevique tomar el poder con bastante facilidad. La victoria en la guerra civil, en la que los ejércitos contrarrevolucionarios contaron con el apoyo militar y económico de las principales potencias capitalistas, demostró con claridad que los bolcheviques contaban con el apoyo de las masas populares rusas, y constituye la prueba irrefutable de que la teoría golpista carece de cualquier base objetiva.
Octubre de 1917 cambió el rumbo de la Humanidad. Hasta ese momento, y salvo el corto episodio de la Comuna parisiense, la posibilidad de una alternativa al capitalismo, de edificar un orden socialista que terminara con la explotación y la miseria, no pasaba de ser una teoría, la que habían elaborado Marx y Engels en el siglo XIX. Por ello, la conquista del poder por los obreros rusos, encabezados por el partido bolchevique, fue una gigantesca conmoción para las clases dominantes. Las fábricas nacionalizadas, la expropiación de los terratenientes, el racionamiento con carácter de clase, todo eso era para la burguesía mundial una pesadilla, el mundo al revés. Las verdades supuestamente eternas se habían derrumbado; el empresario no era necesario para el funcionamiento de las fábricas, ni la propiedad privada constituía necesariamente el fundamento de la sociedad. No es de extrañar, por tanto, que esa revolución que despertó el entusiasmo de los trabajadores, concitara también el odio de la burguesía.
Desde 1917, el capitalismo mundial no tuvo otro objetivo que la destrucción del poder soviético. Por cualquier medio, mediante la intervención armada en la guerra civil de 1918-1921, el cerco diplomático y el aislamiento económico, la burguesía mantuvo una lucha implacable contra la Rusia soviética. En esa agresión continua, sistemática, no podía faltar el combate ideológico. Legiones de profesores, ensayistas, historiadores y periodistas han dedicado sus vidas y sus obras a desprestigiar la revolución rusa. Lenin y los bolcheviques han sido objeto de las peores injurias y el orden que implantaron ha recibido frecuentemente el calificativo de dictadura sangrienta.
En el arsenal ideológico de los intelectuales orgánicos de la burguesía hay un argumento recurrente. La revolución de octubre no fue tal, no hubo ningún movimiento revolucionario, sino simplemente un putsch, un golpe de estado. La insistencia en este planteamiento tiene su explicación: si los bolcheviques tomaron el poder mediante una acción golpista, lo que vino después, la construcción del orden soviético, no tendría legitimidad alguna. Los obreros, soldados y campesinos no se habrían rebelado contra el gobierno de Kerenski, sino que todo fue obra de unos aventureros sedientos de sangre y poder, dirigidospor el fanático Lenin. No hubo revolución y las masas no estaban contra el capitalismo.
La dictadura y el terror explicarían los setenta y cuatro años de vida de la Rusia soviética. Con la disolución de la URSS se acabó el mal sueño. Fin de la Historia. El capitalismo es el único sistema posible.
Antes de desmontar esta patraña y demostrar al lector que los hechos de Octubre de 1917 constituyeron una revolución de masas, repasaremos, sin ánimo de exhaustividad, algunos ejemplos recientes de la historiografía occidental. Orlando Figes, en su libro La revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, escribe: «Pocos acontecimientos históricos han sido más profundamente distorsionados por el mito que los que sucedieron el 25 de octubre de 1917... La Gran Revolución Socialista de Octubre, como vino a ser denominada en la mitología soviética, en realidad fue un acontecimiento a pequeña escala, que de hecho no pasó de ser un golpe militar, que resultó inadvertido para la vasta mayoría de los habitantes de Petrogrado».
En La revolución del siglo xx, Capitalismo, Comunismo y Democracia, de Gabriel Tortella, leemos: «A principios de noviembre (octubre para los rusos los bolcheviques, que empezaron a llamarse a sí mismos comunistas, asaltaron por la fuerza el Palacio de Invierno (sede del gobierno) y en un magistral golpe de Estado se hicieron con el poder en Rusia; ya no lo iban a dejar hasta 74 años más tarde».
También se expresa en el mismo sentido Ernst Nolte, quien sostiene que «la Revolución de Octubre de hecho fue ante todo un golpe realizado por un partido socialista contra otras agrupaciones también socialistas, así como contra las intenciones del Congreso Soviético, el cual sin duda hubiera obedecido el principal deseo de las masas y formado un gobierno soviético basado en los partidos socialistas, con exclusión de los burgueses».
En fin, y para no alargar las citas, terminaremos con el historiador estadounidense Gabriel Jackson, quien también se ha unido al coro de los golpistas en su Civilización y barbarie en la Europa del siglo xx, donde afirma que «la Revolución de noviembre fue un exitoso golpe de Estado. Se produjo la ocupación sin resistencia y por sorpresa de los principales edificios públicos, correos, radios, etc; los diputados de la Duma, que querían evitar un baño de sangre y que todavía no tenían una idea clara de las acciones que se podían esperar de los bolcheviques, se rindieron en el palacio de Invierno».
La teoría del golpe de estado se ha convertido en un lugar común tras la desaparición de la URSS. Esto puede parecer extraño a primera vista. Eliminado el enemigo, ya no sería necesario insistir en su perversidad, pero a la burguesía no le basta con la vuelta de Rusia al redil capitalista. La revolución de Octubre sigue alimentando temores, al igual que el «Manifiesto Comunista», escrito en el ya muy lejano 1848. Es necesario borrarla de la memoria histórica de los trabajadores, arrojar fango sobre ella. Las mentiras, las verdades a medias y las calumnias siguen estando, por tanto, a la orden del día en la historiografía denominada académica.
LOS BOLCHEVIQUES ENCABEZARON UNA REVOLUCIÓN DE MASAS
Cuando hablamos de golpe de estado, nos referimos a una acción de fuerza protagonizada por una minoría que toma el poder y se impone a la inmensa mayoría. De acuerdo con esta definición, los bolcheviques serían un grupo de conspiradores minoritarios que lograron derribar a un gobierno, en este caso el de Kerenski, apoyado por la mayoría del pueblo ruso. La primera duda que nos asalta es cómo pudieron lograrlo. ¿De qué medios se valieron los conspiradores bolcheviques para derrocar a un gobierno que en teoría disponía de la policía, el ejército y el conjunto del aparato estatal? ¿Acaso los bolcheviques eran una especie de superhombres dotados de poderes sobrenaturales? No, no lo eran evidentemente. Sencillamente, la realidad histórica es otra.
La intervención de Rusia en la Primera Guerra Mundial fue catastrófica. Además de las enormes pérdidas en vidas humanas, fruto de la incompetencia de los mandos y el pésimo equipamiento de los soldados, la contienda puso al descubierto la debilidad de la economía rusa. Muy pronto la inflación y el desabastecimiento se hicieron sentir en el país. Las derrotas militares, el caos económico y la corrupción aumentaron el descontento de los soldados, los campesinos y los obreros. A comienzos de 1917 la situación era insostenible.
A finales de febrero (según el calendario vigente en Rusia) un movimiento revolucionario obligó a abdicar al zar Nicolás II. Se formó un gobierno provisional, los partidos y sindicatos fueron legalizados y reconocidas las libertades y derechos civiles. Pero el gobierno, representante de los intereses de la burguesía, no era el único poder en Rusia. Inmediatamente los obreros y soldados formaron soviets (consejos). En los regimientos y en las fábricas los soldados y los trabajadores elegían de forma democrática a sus representantes. De esta forma, se configuró en Rusia un doble poder; de un lado, el gobierno burgués y, de otro, un poder obrero encarnado en los soviets.
El período comprendido entre febrero y octubre viene marcado por esa dualidad de poderes. Esta situación sólo podía terminar con el triunfo de una de esas dos clases. O la clase obrera derrocaba a la burguesía o ésta se impondría al proletariado. En los primeros momentos de la revolución, los bolcheviques eran claramente minoritarios en los soviets, dominados por los mencheviques y los socialistas-revolucionarios (conocidos corrientemente como eseritas).
Un buen ejemplo es el soviet de Petrogrado, en el que de 3.000 delegados, solamente había cuarenta bolcheviques. En el I Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado entre el 3 y el 24 de junio, había 822 delegados con derecho a voto, de los que 105 eran bolcheviques, frente a 285 socialistas-revolucionarios y 248 mencheviques. El comite Ejecutivo que eligió el Congreso al finalizar sus sesiones estaba compuesto por 104 mencheviques, 100 socialistas-revolucionarios, 35 bolcheviques y 18 miembros de otras tendencias.
Sin embargo, esta situación de inferioridad respecto a las otras fuerzas socialistas cambió rápidamente. Los soldados querían la paz y los campesinos la tierra, pero el gobierno, dirigido desde julio por Kerenski, mantenía a Rusia en la contienda y se negaba a plantear el tema de la tierra. Por su parte, los mencheviques y los socialistas-revolucionarios con sus vacilaciones y su participación en el gobierno, se desprestigiaban ante las masas. Los bolcheviques, por contra, mantenían una posición clara y coherente: inmediata salida de la guerra y entrega de la tierra a los campesinos.
Su consigna de «paz, pan y tierra» caló profundamente entre los obreros, soldados y la mayor parte del campesinado. El prestigio de los bolcheviques aumentaba mientras menguaba el del gobierno y el de las otras fuerzas políticas. El importante papel que desempeñó el partido bolchevique en la derrota de la intentona golpista del general Kornilov durante el mes de agosto, aumentó su popularidad. Asistimos entonces a una bolchevización de las organizaciones proletarias.
Las cifras no pueden ser más elocuentes. Desde julio, los comités de fábrica de Petrogrado estaban bajo el control bolchevique y en la III Conferencia de Comités de Fábrica de toda Rusia (17-22 de octubre), más de la mitad de los l67 delegados eran bolcheviques, quienes cuentan, además con el apoyo de 24 socialistas-revolucionarios.
Los soviets sufrieron también una radical transformación. El 25 de septiembre Trotski fue elegido presidente del Soviet de Petrogrado, donde los bolcheviques tenían la mayoría en el Comité Ejecutivo. En el soviet de Moscú también se hicieron con la mayoría, logrando 32 puestos en en el Comité Ejecutivo de los consejos obreros, mientra los mencheviques obtenían 16. La influencia de mencheviques y socialistas-revolucionarios seguía siendo importante y la mayor parte del campesinado seguía todavía a los segundos, pero el bolchevismo se convirtió en un partido apoyado por millones de trabajadores, soldados y campesinos. En los soviets de las ciudades industriales y en la mayoría de los regimientos los bolcheviques eran mayoritarios.
La creciente influencia de los bolcheviques se aprecia con claridad en los resultados de las elecciones a las Dumas de los barrios de Moscú, donde alcanzaron el 51% de los votos, cuando en las elecciones de junio habían obtenido un 12%.
ELECCIONES A LAS DUMAS DISTRITALES DE MOSCÚ
La revolución bolchevique no fue un golpe de estadoFUENTE: Grant, Ted: Rusia. De la revolución a la contrarrevolución. Un análisis marxista. Madrid, Fundación Federico Engels, 1997. P. 64. Se han corregido los datos correspondientes los socialistas-revolucionarios en las elecciones de junio, a los que erróneamente se les atribuye más de 900.000 votos.
Las elecciones locales en Petrogrado mostraron la misma tendencia, pasando los bolcheviques de 184.000 votos a 424.000. En cuanto a los militantes bolcheviques, los 40.000 afiliados en el mes de febrero fueron aumentando hasta llegar a la cifra de 240.000 durante del VI Congreso del Partido, celebrado entre el 26 de julio y el 3 de agosto. Siempre se podrá argumentar que la influencia bolchevique no superaba los límites del proletariado, y que éste era minoritario en la sociedad rusa, pero esto tampoco se corresponde con la realidad. Los soldados no eran otra cosa que campesinos en uniforme y su apoyo al bolchevismo equivalía en la práctica a una influencia del partido, aunque no mayoritaria, en las aldeas.
La orientación de las masas hacia los bolcheviques es innegable. Todos los datos corroboran la creciente influencia y popularidad del partido, cuyo predominio es abrumador en Petrogrado, el área industrial de Moscú, los Urales, la flota y los ejércitos del norte. Además, cuenta con el apoyo de los socialistas revolucionarios de izquierda. Es en esta situación y en esta precisa correlación de fuerzas cuando Lenin, en dos cartas que escribe el 12 y 13 de septiembre, pide al Comité Central del partido que prepare la insurrección armada.
La toma del poder es defendida por Lenin SÓLO cuando obtiene el APOYO MAYORITARIO de los trabajadores y soldados. No parece que estos hechos correspondan a la imagen del golpista aventurero y conspirador blanquista que algunos historiadores ofrecen, movidos más por sus prejuicios ideológicos que por los acontecimientos objetivos, del dirigente bolchevique.
LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE
El 25 de octubre los bolcheviques derrocaron el gobierno de Kerenski. A primeras horas de la mañana «las fuerzas bolcheviques se habían apoderado del control de las estaciones ferroviarias, del correo y del telégrafo, del banco estatal, de la central telefónica y de la eléctrica. Los guardias rojos se habían apoderado de las comisarías de policía y habían comenzado a asumir las funciones de la misma policía. Además, los insurgentes contaban con el control de casi toda la ciudad con excepción de la zona central en torno al Palacio de Invierno y a la plaza de San Isaac. Atrincherados en el interior del Palacio de Invierno, los ministros de Kerenski ni siquiera mantenían el control de su propia luz o de sus propios teléfonos».
Esta descripción del historiador Orlando Figes refleja con exactitud la impotencia del gobierno, quien únicamente pudo conseguir para la defensa del Palacio un batallón de 200 mujeres, dos compañías de cosacos y algunos cadetes de academias militares. En la noche del 25 al 26 cayó el Palacio de Invierno. Horas antes, Kerenski ha huido, al parecer «disfrazado de enfermera en una limusina del gobierno a la que los sitiadores habían permitido el paso». Existe una coincidencia general entre los historiadores en el sentido de que los bolcheviques tomaron el poder en la capital con escasísimo derramamiento de sangre. Pero si eran un minoría sin apoyos, ¿cómo pudieron lograrlo? ¿Por qué Kerensky no pudo encontrar tropas leales que defendiesen Petrogrado? ¿Por qué la población no se manifestó contras los bolcheviques?
Sólo hay una contestación para estos interrogantes: el gobierno de Kerenski estaba completamente desacreditado, carecía de cualquier apoyo; es más, se había ganado la hostilidad de la mayoría de la población tras el fracaso de la ofensiva militar de junio. Frente a este gobierno impopular, los bolcheviques contaban con el apoyo de los trabajadores y la guarnición. La insurrección bolchevique triunfa porque tiene el decidido respaldo del proletariado urbano y de los soldados y marineros de Kronstadt. No hay golpe de Estado, sino revolución con protagonismo activo de las masas.
Negar el carácter de revolución a los acontecimientos de Octubre, objetando que el día 25 los tranvías funcionaban con normalidad o que la cifra de los asaltantes del Palacio de Invierno era inferior a la que después presentó la propaganda soviética, resulta verdaderamente patético. Si los transportes pú- blicos funcionaban y los restaurantes estaban abiertos; si no fueron necesarios cientos de miles de hombres armados para derrocar el gobierno, ¿no es esa la mejor prueba del favor popular que tenían los bolcheviques?
EL MITO DE LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
Los datos expuestos hasta el momento serían suficientes para desmentir la tesis golpista, pero debemos detenernos ahora en el hecho que se exhibe para demostrar la naturaleza dictatorial de los bolcheviques: la disolución de la Asamblea Constituyente. La reunión de una Asamblea Constituyente formaba parte de las reivindicaciones democráticas de la revolución de febrero, pero el gobierno provisional no quiso convocarla. Aunque para Lenin nunca fue una consigna prioritaria, las elecciones se celebraron a finales de noviembre — ¡curiosos dictadores golpistas éstos que permiten unas elecciones con pluralidad de partidos!— y los resultados fueron desfavorables para los bolcheviques: 9.884.637 votos (23,9%) y 168 escaños.
DISTRIBUCIÓN DE ESCAÑOS EN LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
Eseritas rusos ................................................................................................................... 299
Eseritas ucranianos ........................................................................................................... 81
Eseritas de izquierda ......................................................................................................... 39
Bolcheviques..................................................................................................................... 168
Mencheviques .................................................................................................................... 18
Otros socialistas................................................................................................................... 4
Cadetes................................................................................................................................ 15
Conservadores...................................................................................................................... 2
Grupos nacionalistas......................................................................................................... 77FUENTE: O. ANWEILER: Los soviets en Rusia, 1905-1921. Bilbao, Zero, 1975. p. 220.
Interpretar estos datos como un voto de castigo contra los bolcheviques o como un rechazo del 25 de Octubre, sería una deducción errónea. El análisis pormenorizado de las cifras revela, en primer lugar, que los bolcheviques obtuvieron la mayoría de los sufragios en las principales ciudades y zonas industriales: más del 45% de los votos en Petrogrado; más del 50% en Moscú; más del 64% en Ivanóvo... Asimismo, en las guarniciones del interior y en los frentes más cercanos a las dos capitales la supremacía bolchevique era clara. La tendencia observada antes de Octubre quedaba plenamente ratificada.
En segundo lugar, no debemos olvidar que las elecciones se celebraron apresuradamente, con listas de candidatos elaboradas antes de Octubre, cuando todavía no se había producido la entrada de los socialistas-revolucionarios de izquierda en el gobierno y, muy importante, sin que hubiese transcurrido todavía el tiempo suficiente para que el campesinado entendiese el significado del poder soviético. El voto mayoritario del campesinado a los eseritas no puede ser entendido si lo aislamos de estas circunstancias. Los campesinos deseaban por encima de todo la tierra y ésta les había sido entregada por el gobierno bolchevique. Lo que reflejaba el voto campesino era el apoyo a la revolución, más que la adhesión a un partido.
El 5 de enero de 1918 la Asamblea Constituyente abrió sus sesiones en Petrogrado, Cuando la Asamblea se negó a ratificar la «Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado», adoptada por el Comité Ejecutivo Central el 3 de enero, los bolcheviques y los socialistas revolucionarios la abandonaron. A las cinco de la mañana del día 6 la Asamblea Constituyente fue disuelta. Presentado como una acto antidemocrático y despótico de los bolcheviques, en realidad nadie defendió la continuidad de la Asamblea.
En un contexto revolucionario, cuando la guerra civil era inminente, con los soviets consolidándose como órganos del poder obrero y campesino, ¿qué papel le hubiese correspondido a una institución de la que formaban parte fuerzas claramente contrarrevolucionarias? Los soviets y la Constituyente no podían existir uno al lado del otro. Los bolcheviques no violentaron la voluntad popular; sencillamente pusieron fin a algo que nació muerto. Boris Sokolov, un socialista-revolucionario de derechas y, por tanto, nada sospechoso de simpatizar con el bolchevismo, reconoció que:
«La Asamblea Constituyente era algo totalmente desconocido y oscuro para la mayoría de los soldados del frente; era, sin duda, una cierta incógnita. Sus simpatías estaban claramente del lado de los soviets. Éstas eran las instituciones que les eran cercanas y queridas, que les recordaban sus propias asambleas de aldea.... En más de una ocasión tuve oportunidad de escuchar a los soldados, a veces incluso a los más inteligentes, presentar sus objeciones contra la Asamblea Constituyente. La mayoría la asociaba con la Duma estatal, una institución que les resultaba remota...»
El historiador británico E. H. Carr, en su monumental obra sobre la revolución bolchevique, confirma lo engañoso de los resultados:
«Los eseritas habían ido a las urnas como un partido único, presentando una lista de candidatos; su manifiesto electoral estaba lleno de elevados principios y miras y, aunque publicado al día siguiente de la Revolución de Octubre, había sido compuesto antes de este acontecimiento y no definía la actitud del partido con respecto a él. Ahora bien, tres días después de la elección, la sección más amplia del partido había formado una coalición con los bolcheviques y se había separado formalmente de la otra sección que mantenía su amarga enemistad contra éstos. La proporción entre la derecha y la izquierda eserita en la Asamblea Constituyente —310 frente a 40— era una cosa fortuita, enteramente diferente de la proporción correspondiente entre los miembros del Congreso de los campesinos, y no representaba necesariamente las opiniones de los electores en un punto vital que no habían tenido ante sus ojos de antemano..... Las elecciones para la Asamblea Constituyente, si bien no registraron la victoria de los bolcheviques señalaron claramente el camino que a ella había de conducir para los ojos de todos los que supieran mirar»
La verdadera correlación fuerzas no la expresaba la Asamblea Constituyente, sino el III Congreso de los Soviets de toda Rusia, que abrió sus sesiones el 10 de enero de 1918. De los 707 delegados llegados a Petrogrado, 441 era bolcheviques y el resto mayoritariamente socialistas-revolucionarios de izquierda.
LA GUERRA CIVIL
Es nuestra intención examinar cualquier posibilidad que pudiese arrojar un resquicio de verosimilitud a la tesis golpista. Imaginemos, pues, que los bolcheviques fueron efectivamente unos golpistas y que, en una asombrosa conjunción de circunstancias —suerte, sorpresa, perfidia, ingenuidad de sus contrincantes, falta de escrúpulos y todo lo que se quiera añadir— lograron conquistar el poder contra la voluntad mayoritaria del pueblo ruso. Ahora bien, ¿cómo es posible que se mantuvieran en el poder y vencieran a sus numerosos enemigos en la guerra civil? Consideramos que esta es la prueba inequívoca que corrobora, unido a todo lo expuesto con anterioridad, el apoyo mayoritario de los trabajadores y campesinos a los bolcheviques.
La burguesía y la nobleza rusas habían perdido el poder, pero contaban todavía con recursos suficientes para intentar recuperarlo. Tenían, además, la ayuda de las potencias imperialistas, que no estaban dispuestas a permitir el triunfo de una revolución que amenazaba el capitalismo a escala internacional. La contrarrevolución interior y exterior desencadenaron la guerra civil en 1918. Las insurrecciones armadas de los generales del antiguo ejército zarista fueron acompañadas de la intervención de las potencias de la Entente para derrocar el gobierno bolchevique; un gobierno que había firmado la paz con Alemania y se negaba a reconocer las deudas contraídas por el régimen zarista.
En marzo de 1918 desembarcaron en Murmansk tropas anglo-francesas, ocupando Arkangel en el mes de agosto. A principios de abril los japoneses desembarcaron en Vladivostok y a finales de junio lo hicieron los estadounidenses. En el verano de 1918 los bolcheviques sólo controlaban las provincias centrales del país, con una población de 60 millones de personas. El resto de Rusia estaba en manos de los ejércitos blancos (denominación con la que se conocía a los contrarrevolucionarios) y de los destacamentos militares extranjeros. Cercados por varios frentes, con la inmensa mayoría de los recursos alimenticios e industriales en manos enemigas, los bolcheviques se impusieron después de tres años de durísima lucha.
¿Habría podido obtener la victoria en esas circunstancias un gobierno sin el respaldo popular? No olvidemos que Rusia era en 1917 un país de 150 millones de habitantes, de los que más de 100 millones eran campesinos, con predominio del campesinado pobre y medio. Si en el campo se hubiese producido un levantamiento antibolchevique generalizado, el poder soviético habría sucumbido. No pretendemos ofrecer una visión idílica de la revolución. El campesino se oponía a las requisas de grano efectuadas por los bolcheviques, pero sabía que éstos le habían entregado la tierra y que la victoria de los blancos supondría la vuelta de los terratenientes. Su cultura política era escasa, pero conocía perfectamente la diferencia entre la revolución soviética y la contrarrevolución blanca.
Algunos historiadores que han hecho de la mentira su profesión, intentan explicar la victoria bolchevique por el empleo masivo del terror contra la población. Es lamentable que profesionales del estudio de la Historia pretendidamente serios recurran a estos extremos ridículos. Si la guerra la hubiese decidido el terror, entonces no hay duda de los blancos habrían ganado. El terror rojo fue una respuesta a las atrocidades sin límite cometidas por los blancos. El resultado de la guerra civil en Rusia vino determinado por la cuestión de la tierra. No fue el terror, sino el decreto de 26 de octubre de 1917, que expropiaba a los terratenientes y entregaba la tierra a los campesinos, el que permitió a los bolcheviques mantenerse en el poder y derrotar a sus enemigos.
Ninguna revolución ha triunfado contando con el entusiasmo del 99% de la población. Lo importante para las fuerzas revolucionarias es contar con el sostén de aquellos sectores capaces de transformar la realidad. En Francia, en 1793, los jacobinos salvaron la revolución porque fueron capaces de canalizar el impulso de los sans-culottes y en Rusia, en l917, los bolcheviques conquistaron el poder porque tenían de su parte a lo más vivo y dinámico de la sociedad rusa. La revolución de Octubre señaló el inicio de un largo camino aún no recorrido. A todos los que consideran que la desaparición de la URSS marca el final del comunismo, a todos los que han decretado la definitiva muerte de Marx, sirvan de recordatorio las palabras de Lenin:
«Hemos empezado nosotros. No importa dónde, cuando ni qué trabajadores o en qué país sean los que finalicen este proceso; lo verdaderamente importante es que se ha roto el hielo, se ha trazado la senda, el camino está libre»
Tomado de Revista de Historia y Comunicación Social de la Universidad Complutense de Madrid

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