Revista Cultura y Ocio

La solitaria pasión de Judith Hearne: los crucifijos y el alcohol

Publicado el 24 agosto 2017 por Sofiatura
Siempre he pensado que la literatura irlandesa tiene una voz propia independiente y potente. ¿Por qué? Porque se nota en sus autores un inconfundible tono de orgullo nacional que expresa con franqueza y realismo las bellezas y los horrores de este particular país. Así, La solitaria pasión de Judith Hearne me sorprendió por esa sencillez abrumadora de Brian Moore al presentar la esencia de su tierra a través de una mujer irlandesa por la que es inevitable sentir una profunda compasión. 
A grandes rasgos, esta novela nos habla, cómo no, de soledad. Más concretamente, de la soledad de Judith, quien responde a ese prototipo de solterona infeliz irrevocablemente condenada a la decepción, en una época en la que el fervor religioso sirve como vía de escape indispensable para aquellos que se encuentran desorientados en los insoldables caminos del Señor. No obstante, no será la figura del Sagrado Corazón la que calme su desesperación, sino el alcohol, el cual llevará a esta pobre mujer a plantearse si realmente hay alguien ahí arriba que pueda escucharla.
La solitaria pasión de Judith Hearne: los crucifijos y el alcohol
A Judith no la quieren, ni como amante, ni como amiga. Vive de las apariencias, de su miedo al qué dirán y de sus sueños románticos. Cada hombre que conoce despierta en ella una ilusión que se desmigaja con cada golpe de realidad. No tiene dinero, no es feliz, no está satisfecha con su existencia mediocre. Por todo ello, Judith recurre a la botella, encontrando en ella una especie de amiga. No fiel, ni buena consejera, pero al menos calmante. Y sobre todo, oyente.
Ella se engaña, hace que no lo sabe, pero poco a poco el lector y una parte de sí misma se van dando cuenta de que Judith le reza a Jesús tanto como al licor. (Bukowski estaría orgulloso de ella).
La solitaria pasión de Judith Earne me gustó, por lo dura, por lo realista, por lo sencilla, por lo certera. Hay en ella un realismo inevitable, una honestidad de la que es imposible escapar. Aunque, he de confesar, también su lectura me dejó algo descolocada, después de todo. Me hizo preguntarme por aquellos que se aferran a una creencia como un clavo ardiente, por necesidad. Casi, pero solo casi, pude entenderlos, al menos en parte.
Sin embargo, al final y a pesar de las súbitas dudas, creo que mi escepticismo pudo más, más que la fe ciega de la protagonista. Y es que después de verla rezar para emborracharse y de emborracharse para rezar, me reafirmé en mi idea de lo peligroso del fervor por la religión... y por el alcohol.

Publicado el 24/8/2017



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