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La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur

Publicado el 08 octubre 2011 por 39escalones

La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur

Henry King es uno de los directores clásicos de la edad dorada de Hollywood. Con una carrera que transita entre el periodo mudo de los años veinte y los primeros años sesenta, su filmografía destaca por resultar tan heterogénea como mediocre. En ella abundan los títulos de aventuras (El cisne negro, El capitán de Castilla, El capitán King), las intrigas ligeras (María Galante), los melodramas (La colina del adiós, Esta tierra es mía), los bélicos poco memorables (Un americano en la RAF, Aguas profundas, Almas en la hoguera), alguna que otra adaptación de Hemingway (Las nieves del Kilimanjaro, ¡Fiesta!), relatos bíblico-religiosos (La canción de Bernadette, David y Betsabé) y otro puñado de películas de corte histórico, westerns y casi cualquier otro género. Una de las películas por las que convendría echarle de comer aparte es Untamed, titulada -absurdamente, una vez más- en España, Caravana hacia el sur.

La cosa no hay por dónde cogerla por el empeño de King y su equipo de media docena de guionistas (el más destacado, Talbot Jennings, y digo yo: ¿pa’ qué tantos? ¿Pa’ esto?) en convertir la historia en un híbrido entre el cuento de hadas y amores imposibles en un marco aristocrático de su comienzo y el western más típico en su desarrollo y conclusión, consistiendo el único sello distintivo en trasladar la acción a Irlanda y Sudáfrica, en lugar de ceñirse al clásico Oeste de toda la vida, sin que el cambio geográfico consiga impregnar el metraje de ninguna novedad o matiz propio ni tampoco sirva para dotar a la historia de temas, visiones o profundidad ligada a su novedosa localización. Parte de la responsabilidad del tibio -tirando a gélido, a pesar de los calores africanos- resultado final es la atribución del protagonismo, cosa del viejo sistema de estudios, a Tyrone Power, al que King utilizó como protagonista de sus historias de romance y/o aventuras nada menos que una decena larga de veces. El caso es que se todo se desvirtúa por la manía de King en presentar los temas y situaciones de manera edulcorada.

Para empezar, el segmento inicial, casi a modo de prólogo, que transcurre en Irlanda a mediados del siglo XIX, justo cuando algunas familias de bien de la isla (por supuesto, ligadas a los ocupantes ingleses) vienen a menos por culpa de la crisis y las hambrunas derivadas de la plaga de las patatas. La película empieza con la clásica escena de caza propia de los entornos anglosajones aristocráticos (ellas montando de lado, a lo amazona, con vestido largo; ellos con casaca roja, botas y gorrito ridículo), el mismo donde se desarrolla el inicial desencuentro y posterior romance de Paul Van Riebeck (Tyrone Power), un rico, cómo no, comerciante bóer de origen holandés, y Katie (Susan Hayward), no menos rica (inglesa, por tanto) dama de alta sociedad irlandesa. La marcha de él a su país viene sucedida por el matrimonio de ella -por despecho o por comodidad, viendo el devenir del personaje en el filme casi hay que pensar en lo segundo, casquivana que es la tía…-, con Shawn, un irlandés de origen británico de su mismo estatus y alcurnia. King omite cualquier referencia, siquiera tangencial, a la cuestión de la ocupación británica de Irlanda o a las hambrunas y las políticas de los ocupantes para exterminar a la población autóctona aprovechando la carestía. El único efecto de la crisis es que la familia de Katie viene a menos, sus mansiones son vendidas, sus campos son abandonados, y ha de buscar una salida, como millones de irlandeses mucho menos afortunados (de los que la película no dice ni mú), en la emigración. ¿Y dónde va? Pues claro: a Sudáfrica, tierra de oportunidades.

Y eso no es por otra cosa que porque la joven Katie ansía el momento de encontrarse con Paul; vamos, que tiene marido pero como si no, a pesar de dar a luz un hijo suyo (o eso parece al principio…). El caso es que la historia en Sudáfrica continúa en clave de western. Como tierra de oportunidades que se precie, la inmigración es enorme, y los conflictos abundan. Por eso muchos recién llegados buscan tierras más allá de los dominios británicos al sur del continente, y se internan hacia el NORTE (¿por qué demonios se titula Caravana hacia el sur si en cuanto aparece algo parecido a una caravana con sus carros, sus caballos, sus guías, etecé, es porque van hacia el NORTE? ¿Es que el que ponía los títulos en España tenía el mapamundi boca abajo?) protegidos por los grupos de jinetes de Van Riebeck, que desde que volvió a Sudáfrica, además de un potentado, se ha convertido en el caudillo político de la defensa de un Estado sudafricano propio y en protector de la raza pura y blanca de la amenaza de los zulúes.

La película vuelve a pasar de puntillas -bueno, de hecho, ni pasa-) por la cuestión de la colonización de Sudáfrica, por el antagonismo entre los colonos de origen holandés y alemán (los bóers) y sus dominadores británicos, que desembocará décadas más tarde en continuos conflictos violentos y guerras abiertas más que sangrientas y duras para la Union Jack, y, ni que decir tiene, por la realidad de los habitantes originarios del territorio, los zulúes, que únicamente son la amenaza que se cierne sobre los blanquitos apacibles e inocentes. Por supuesto, ninguna insinuación en torno al apartheid que vivía el país en el momento del rodaje; por devaluar a los zulúes, hasta al numeroso grupo de guerreros que ataca a los colonos un zulú asimilado a la convivencia sumisa con los blancos pretende distinguirlos de su pueblo y les coloca la etiqueta de “renegados” (nada que ver ni con la realidad histórica ni con el mínimo de vergüenza que debería tener un guionista).

La población negra no pasa de ser, cuando aparece, una mera nota folclórica de lo que le importa a King: la situación de triángulo amoroso en clave de western que se da, una vez liquidado el marido de Katie a las primeras de cambio, por el cual el personaje guarda luto exactamente tres minutos) entre la susodicha individua, que nos ha salido más amante de la juerga de lo que parecía, tan modosita en Irlanda ella, Kurt, un tiarrón que guía la caravana, y Paul, que es la vedette de la sabana sudafricana. Katie, a su conveniencia, pretenciosamente retratada por King como una heroína romántica pero que, sumando méritos a lo largo del metraje, queda como una pelandusca de cuidado, picotea tanto en Paul como en Kurt, hasta que la tensión entre ambos llega a ser tan tirante que el enfrentamiento violento -cutre, pero cutre de verdad- entre los grupos armados que dirigen ambos y entre ellos mismos termina recordando a los peores westerns de serie B, pistolitas de juguete y sombreritos incluidos.

Así que bien puede decirse que la película es superficial, que no se deja impregnar por las atmósferas que recrea sino que las usa como mero escenario para situar melodramas baratos, elude cualquier cuestión espinosa, carece de compromiso, elimina de su metraje a irlandeses y zulúes, reduciéndolos a parte del paisaje, convierte a su protagonista, supuestamente positiva, en una guarra de aúpa, a su protagonista, supuestamente honorable, en un jeta de categoría, y al pringado de turno, el amigo Kurt (impagable la escena en la que le cae un árbol encima…), en villano siendo que es él quien recibe todos los palos. Lo mejor, una joven Rita Moreno, puertorriqueña convertida aquí en mestiza africana, y unos entornos naturales que merecían que una película les hiciera mejor justicia.

Un engendro que muestra a las claras el agotamiento creativo, económico y artístico al que estaba ya llegando el sistema de estudios en 1955, y que vista hoy resulta abominable porque en todos y cada uno de sus minutos, entre la historia que merece ser contada y la gilipuertez melodramática de todo a cien, opta por ésta última sin concesiones. Mal, King, muy mal.

Acusados: todos
Atenuantes: no se conocen
Agravantes: el insultante desdén del guión respecto a la realidad irlandesa y de sus habitantes, así como el desprecio y ninguneo del pueblo zulú
Sentencia: culpables
Condena: aunque Tyrone Power bastante tuvo con los discos de su hija, se propone elegir entre makumba o muerte (otra vez, porque todos la han palmado ya); en caso de elegir muerte, se les someterá a makumba hasta que mueran…


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