Revista Cine

La vida sublime (I). Una película hablada

Publicado el 08 febrero 2011 por Ventura

Tengo que reconocer que el cine no acaba de convencerme. Reconozco que algo debe tener cuando cuenta con tantos partidarios, no solo entre el gran público, sino también entre los intelectuales

Vicente Escudero

No puedo repetir un solo instante de mi vida, pero uno cualquiera de esos instantes puede repetirlo el cine indefinidamente ante mí

André Bazin

Las artes del tiempo deben dar cabida a lo inesperado

Georges Didi-Huberman

Adalia es una pequeña localidad situada en la provincia de Valladolid. A unos cuantos kilómetros, pero ubicada dentro de los límites territoriales de la provincia de Palencia, se encuentra la de Villamediana. Pese a la estimable distancia geográfica que las separa, ambas, al igual que todas aquellas poblaciones de la comarca agrícola conocida como Tierra de Campos, se acercan gracias a un paisaje homogéneo que las engloba dentro de una imagen en común, casi abstracta, de una tierra que fue conocida como “El granero de España”; de un desierto yesifero y arcilloso en invierno, y de un mar de espigas de cereal mecidas (en ocasiones) por el viento en verano. Una estampa bella e impersonal, como la que abre La vida sublime (2011). Una imagen que cifra sobre un tapete vegetal en pleno esplendor una escena jamás rodada de El Sur (1983) de Víctor Erice y la sublimación de un horizonte evocado por el testamento recogido por el segundo apellido de su director. Villamediana. Ese que se erige por encima del primero apocopándolo como V. para revelar la pulsión telúrica que empuja su cine.  Hablamos de una imagen capaz de integrar las historias de las dos comunidades españolas de mayor extensión geográfica. Como aquella del mar mediterráneo a la que recurren esos cineastas que nos gustan tanto para acercar en el tiempo y en el espacio culturas tan diferentes como la griega y la egipcia.

Castilla y Andalucía, tierras de quejiós y desgarros, de cantaores y bailaores de soledades, aunque los focos suelan detenerse solamente en aquellos que exhiben su adjetivo flamenco, olvidando a nombres como el de Vicente Escudero. Bailaor vallisoletano al que está dedicada una película que originariamente pretendía radiografiar a esa figura torera que se puede intuir en Fuego en Castilla (José Val del Omar, 1958-1960) y ver con toda la integridad de su ocaso en Con el viento solano (Mario Camus, 1966). “¡Baile de hierro!” se puede leer en la última frase de Mi baile (1974). (Un libro que sin duda ha inspirado a nuestro mejor bailaor; Israel Galván). Un baile “capaz de quebrar el mundo” que nos deberá para siempre Villamediana. Permaneciendo como posibilidad latente dentro su filmografía y sobre esa tierra que posee siempre la misma luz y las mismas luces porque mira invariablemente “con su profundidad de campo castellana”. A diferencia de ese sur misterioso y su capacidad para fascinar por igual a dos generaciones tan diferentes como a la de Víctor J. Vázquez (actor protagonista y primo del director) y a la de su abuelo “el Cuco”.

Ese sur indefinido más allá de una mera coordenada geográfica es el que también ha hechizado y ensimismado a diferentes generaciones de cinéfilos gracias a la leyenda de una película inacabada por el capricho de un productor. Inacabada, que no escindida ni dividida en dos partes, porque como cuenta el propio Erice, su película estaba concebida  para haberse finalizado sin ninguna cesura. Una cuestión que se revela esencial para entender el concepto del sur como una potencia inagotable de lugares y sueños evocados. Estrella, la niña protagonista del segundo trabajo de Erice, debería haberse encontrando allí con su hermano (secreto) y haberle entregado el péndulo de su padre ya fallecido. Para posteriormente haber sido correspondida con un libro (Las islas del sur) que evocaría otro sur más lejano, literario, inasible. Como un polo magnético con infinito poder de atracción sobre el que se subvierte la lógica imperante del mercado de las imágenes,  mostrando la poca importancia del fin para otorgársela a todo aquello que se va realizando en la tentativa de alcanzarlo.

La vida sublime (I). Una película hablada

Colocado en el curso del tiempo y sufriendo la máxima Kiarostámica de que “la ficción siempre es un poco menos que vida”,  Víctor choca en su trayecto hacia la memoria de su abuelo tanto con las imágenes sublimadas de la historia que desea conocer como con la ficciones que acosan la vida. Porque es en él, precisamente, donde se puede moldear la historia de un mito que se desploma en contacto con la realidad y que vuelve a recomponerse. No puede encontrar un rival para su pelea, ni comer noventa boquerones, ni mucho menos torear una vaquilla, pese a haber trabajado el gesto durante la ficción de El Brau Blau (2008). Como un autentico Quijote, solo puede recoger su armadura después de caer en una batalla consigo mismo. Y todo ello a través de esa palabra que cobra forma a la sombra de los mejores trabajos de Oliveira. Una palabra que deja de ser muda para traer sobre una historia familiar todos los recovecos de una nación y de un imaginario fílmico.

Pero una historia que por ser familiar no deja de ser sospechosa. Esa fecha en la que se data el viaje (1939) “oficial” del abuelo a Cádiz para sacar las oposiciones para policía nos hace pensar en una tierra en la que esperaba encontrar el anonimato tras el que esconder su filiación anarquista. O en una tierra en la que quizás buscaba tomar un barco hacia un exilio permanente en Nueva York. O en una tierra a la que quizás nunca acudió, porqué estuvo escondido ocho meses en un monte cercano a su hogar hasta que vio apaciguada la situación post-guerra civil. O en una escapada para salvaguardar su integridad física después de haber dejado embarazada a su novia sin haber pasado antes por un altar. Todas ellas posibilidades de constituir un sur sobre el propio movimiento. Como el que pretende realizar algún día el que firma este texto hacia esa localidad (o sus imágenes) que denota su apellido Adalia.

Ricardo Adalia Martín.



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