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Labordeta y erich fromm

Publicado el 11 octubre 2010 por ArÍstides

LABORDETA Y ERICH FROMM
LOS PEORES ENEMIGOS SON LOS QUE SIEMPRE DAN LA RAZÓN. Tácito

Uno recuerda aquellas noches sintonizando el transistor y la quietud de la noche tratando de escuchar Radio Francia Internacional en su emisión en castellano. También tengo presente Radio Pirinaica. Esta emisora emitía desde el país vecino y sus ondas llegaban con ruidos e interferencias provocadas por la Guardia Civil. En aquellos noticieros, realizados con más pasión que medios, muchos nos enterábamos de lo que sucedía en este solar. Y así, entre correrías delante de los “grises” y manifestaciones, se intercalaba El Canto a la libertad de un joven cantautor llamado Labordeta.

Con su canción soñábamos con que habría un día en que la libertad corriera por nuestras calles y que era misión de todos empujar los tiempos para que pudiera ser. Poco después y tratando de comprenderla, leí a Erich Fromm y su libro el Miedo a la liberdad. Ahí entendí que lo que tanto anhelaba el cantautor, en realidad ya estaba presente en nosotros y que eran nuestros temores quienes nos impedían ser libres. Entendí que ser consecuente con las ideas y sobre todo dar testimonio con los actos podía ser el mayor exponente de libertad.

Las personas seguiremos persiguiendo la libertad e incluso achacaremos a terceros su cercenación, pero la libertad, además, exige saber dar razón de los actos. Y uno se pregunta si hay libertad en una democracia que mediante normas, leyes y consignas perpetúa el pensamiento único de unos elegidos que se comportan como déspotas cuando ostentan el poder. Donde son los mismos elegidos quienes se hacen guardianes de un sistema, que llamarán el menos malo, en el que la participación ciudadana se limita a cumplir con su cita con las urnas. Entre tanto, el individuo cederá sus derechos a los antojos de unos pocos y depositará su vida en un universo de mitos y creencias sobre lo que es correcto. Mientras el poeta cantaba a la libertad en las trincheras de la transición, hoy el filósofo se pregunta qué libertad es esa en la que el individuo cede sus derechos a una banca que gestionará los rendimientos de su trabajo y a unos políticos que dirán salvaguardar sus intereses personales.

Quienes se arrojen la representación la llamarán popular, gobernarán no según los intereses del individuo y su programa electoral. Lo harán en función de los intereses de la organización que representan y venderán sus promesas en función de los cambalaches particulares. Rara vez darán cuentas de su trabajo y evitarán colocar al individuo en el centro del sistema. Y llegado aquí uno se pregunta qué tipo de dictadura nos envuelve, en la que ni el cantor la censura y en la que el filósofo es complaciente.


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