Revista Filosofía

Las actitudes filosóficas ante las crisis sociales

Por Hetairo
Las actitudes filosóficas ante las crisis sociales
César Ricardo Luque Santana
Leyendo el libro de Las crisis humanas del filósofo español José Ferrater Mora (JFM) y ante la época de crisis a escala planetaria que nos ha tocado vivir, me permito retomar algunas ideas vertidas por él en esa obra donde nos ilustra cómo se han enfrentado las crisis desde la filosofía. En este caso, comenzaré por aludir a las escuelas filosóficas de los cínicos, los epicúreos, los escépticos, los estoicos y los neoplatónicos en el mundo antiguo del período helenístico, el cual se sitúa en el fin de la conquista de Alejandro Magno a raíz de su muerte y concretamente después de la muerte de Aristóteles de Estagira a finales del siglo IV.
Las crisis sociales nos dice JFM, son crisis reales que se dan en todos los niveles de la totalidad social: económico, político, social y cultural. En este sentido, podemos entender por crisis social las situaciones de inestabilidad e incertidumbre en lo económico, de deterioro severo del tejido social (altos índices de delincuencia), de antidemocracia o carencia de libertades civiles, de corrupción y relajamiento de los valores, y de formas de pensamiento monolíticas. Es decir, las crisis sociales representan un deterioro a las condiciones de vida material y espiritual de la sociedad.
En estas condiciones, la gente percibe una falta de asideros o referentes en los cuales depositar su confianza o sus esperanzas de mejoramiento individual y colectivo, percibiendo asimismo una realidad que los avasalla y ante la cual muchos sucumben de distintas maneras. En general, hay tres formas de actuar ante las crisis sociales: una, tratando de adaptarse oportunistamente a ella, esto es, de situarse entre los ganadores a cualquier precio; dos, evadiéndose mediante prácticas enajenadas asumiendo pasivamente las desgracias que se padecen dejándose llevar como corchos en el río; y tres, resistiéndose intelectual y espiritualmente procurando preservar la dignidad humana. En la primera postura están los individuos pragmáticos y los partidarios del éxito personal a toda costa, en el segundo los que Ortega y Gasset llamaba “hombre masa” y en tercer sitio los que si bien reconocen su impotencia para cambiar las cosas, procuran conservar la lucidez mediante una forma de vida especial. Esta es la actitud que nos interesa examinar ejemplificando cómo desde la filosofía se ha intentado resistir en las etapas de decadencia y por qué razón se adopta esta actitud.
La filosofía lo que hace es problematizar la relación del hombre con el mundo, es decir, tratar de encontrar sentido a la vida humana en medio de la desgracia, de la irracionalidad, de la maldad o de la injusticia. En otras palabras, se resiste a admitir que la felicidad no es posible, o bien, a que predomine la inmoralidad de los poderosos. En la antigüedad grecorromana del período helenístico que podemos ubicar de finales del siglo IV a. C. hasta el IV d. C., las corrientes filosóficas más sobresalientes fueron los cínicos, los epicúreos, los estoicos, los escépticos y los neoplatónicos. En esta ocasión comentaremos brevemente a los dos primeros y en la siguiente entrega a los tres restantes.
La problematización filosófica de las crisis sociales se hace mediante preguntas esenciales como indagar si es posible empatar el progreso material al progreso moral, es decir, si es posible aspirar a vivir con justicia y felicidad. Lo común por consiguiente de todas las posturas que vamos a examinar –independientemente de sus diferencias- es su propósito de preservar lo mejor del ser humano, lo que lo hace ser hombre.
Empezando por los cínicos, podemos decir que como corriente filosófica empezó desde los tiempos de Platón con Antístenes y Diógenes de Sinope (ambos de los siglos V y IV a. C.), siendo este último sin duda su representante más conocido, aunque se prolongó hasta la época romana, tanto de la república como del imperio. Los cínicos pertenecen a lo que en la historia de la filosofía se conocen como los socráticos menores, para distinguirlos de los socráticos de la Academia de Platón. Los primeros, imitaban a Sócrates en cuanto que limitaban su actividad filosófica en refutar las teorías existentes, es decir, asumían una actitud reactiva, de confrontación con el establismenth. Sin embargo, no tenían propiamente una doctrina sino que lo suyo era esencialmente un modo de vida rebelde, aunque individualista.
Los filósofos cínicos centraban su postura en el desprecio a los convencionalismos sociales. Tenían una actitud antiintelectual y abogaban por un “retorno” a la naturaleza. Ferrater Mora distingue oportunamente el cinismo de estos filósofos con el cinismo de los políticos, pues mientras los primeros rechazaban toda forma de hipocresía, los segundos se basan en ella. El término cínico que nos llega resignificado en la actualidad, proviene según parece de una analogía de la actitud de estos filósofos con los perros en cuanto a que éstos actúan en forma desinhibida.
Los epicúreos, que al igual que los escépticos son ignorados en el referido estudio de Ferrater Mora, surgen como una comunidad en torno a la figura de Epicuro (siglos IV y III a. C.), filósofo materialista continuador del atomismo de Demócrito (siglos V y IV a. C.) En la época romana destaca la figura de Tito Lucrecio Caro (hacia el siglo I a. C.) como un brillante y original continuador de la filosofía de Epicuro.
Los epicúreos constituían una comunidad en las afueras de Atenas conocida como la Escuela del Jardín donde los lazos de amistad entre hombres y mujeres eran el vínculo principal entre ellos, así como la veneración del liderazgo de Epicuro, a diferencia de otras escuelas filosóficas donde los discípulos tenían una relación más crítica con su maestro. Los epicúreos vivían aislados de la sociedad y de la política constituyendo su propio mundo, su microsociedad, buscando la felicidad en torno a un concepto llamado ataraxia, que significa imperturbabilidad del alma.
Los epicúreos son conocidos por su hedonismo, es decir, por su búsqueda del placer, pues la felicidad se concebía en torno al placer (hedoné), el cual fue malinterpretado sobretodo por los cristianos medievales dándole un significado hacia el placer corporal y en sí a la concupiscencia (desear deliberadamente el mal o el pecado), sin embargo, de lo que trataba el placer epicúreo era de evitar el sufrimiento. Epicuro distinguía tres placeres que eran: uno, los naturales y necesarios, como alimentarse, abrigarse, y el sentido de seguridad, que son fáciles de satisfacer; los naturales pero no necesarios, como la conversación amena, la gratificación sexual; y tres, los no naturales ni necesarios, la búsqueda del poder, la fama, el prestigio. Sólo el primero cultivaban los epicúreos.
Así entonces, mientras los filósofos cínicos eran unos individualistas y confrontaban abiertamente los convencionalismos de su sociedad como una forma de repudio; los epicúreos generaban su propio espacio de convivencia para realizar su ideal de felicidad y trataban de pasar desapercibidos.

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