Revista Filosofía

Las penas son de nosotras, la pastita es ajena

Por Andi

LAS PENAS SON DE NOSOTRAS, LA PASTITA ES AJENA

Del Libro  "NO SERE FELIZ, PERO TENGO MARIDO"

Un hombre de éxito es aquel que gana más dinero del que su mujer puede gastar. Una mujer de éxito es aquella que puede encontrar un hombre así.

Lana Turner

Ayer a la noche, mi cónyuge llegó a casa con gesto de lobo y se me abalanzó encima al grito de «¡Te la voy a romper! ¡Te la voy a romper!» No sé por qué supuse que se trataba de una invitación a la lujuria. Ingenuidad residual, que le dicen. Se refería a la tarjeta de crédito. Esa mañana le había llegado el resumen a la oficina. Yo no niego que gastemos mucho, pero ¡somos dos personas! Y dos animales (mis hijos, que comen como bestias). Lo que acontece es que el jefe de este hogar es un tipo muy especial con el dinero. A él le gusta gastar, pero cuando llega el momento de pagar siente el mandato atávico de montar un escándalo. Se ve que es algo que le viene de la cuna. Es como un rito que él practica. Como si rezara una letanía... Para describirlo sin exagerar, se pasa dos horas caminando en círculos y levantando y bajando la cabeza, que se agarra con las manos mientras profiere el siguiente mantra: «Vos me vas a arruinar, vos me vas a arruinar.» y algunas otras cosas que no sería atinado reproducir. Entonces, ¿yo qué hago en ese momento? Me quedo dura como una esfinge, con los ojos fijos en un punto y pienso —como los chicos cuando los castigan—: «Ya va a pasar, ya va a pasar. Aguantá un poquito más, Vivi, y ya pasa.»

Bueno, si anula la extensión de su tarjeta, ya no le queda más nada por quitarme. Sólo me restará seguir dedicándome a la literatura fantasma. Me refiero a que todos los días leo un libro con las páginas en blanco: mi libreta de cheques. Llego a hacer un gasto sin consultarlo y esa noche no podemos dormir en la misma habitación sin abrir las ventanas para dejar salir la hostilidad.

Ahora, yo me pregunto, ¿un hombre no es cómplice en los gastos, cuando todos los días dice: «Hagamos un asado para diez, hagamos una cena para quince. Invitemos a fulano a comer a tal lugar. Para las vacaciones invité a mis padres, mis sobrinos y el barman del club con su señora a pasar unos días.»? ¿Todo eso de dónde cree que sale? Entonces viene con la liquidación de la tarjeta de crédito y te la interpreta con aires de inspector impositivo: «¿Qué es Blanco no sé cuánto?», pongamos. «Unas sábanas que compré para los cuartos de los chicos.» «¡Pero no ves que no tenés control! ¡Sos un mono con una navaja! Si no hay sábanas que duerman sobre toallas, gracias que tienen cama.» «Bueno, vos sabías cuando te casaste conmigo que soy una mujer bien cara», ironizo. ¡Sí, carísima! Me compré como cuatro lápices de labios (en cinco años) pero baratos, para que él pudiera seguir haciendo festines y comilonas y continuar engrosando su colección de cortaplumas y cuchillos importados (que para eso sí hay dinero). Lo que ocurre es que él es un convencido de que «el dinero no hace la felicidad». Por eso no quiere que gaste, porque quiere verme feliz.

Es todo una cuestión de educación. Venimos de familias muy diferentes. Los de él tienen los bolsillos cosidos. Mi suegro —para que lo sepan— entierra el dinero. Como no puede llevárselo con él al otro mundo, lo manda antes. Además, hay personas que son tacañas únicamente para los demás. Ellos, por ejemplo. Creen fervientemente que «la caridad bien entendida empieza por casa». Y terminan cenando en el Park Hyatt (siempre y cuando paguemos nosotros). En cambio yo tengo padres muy dispendiosos. Uno de los lemas de mi madre es: «Hija mía, ahorra un poco cada mes y a fin de año te sorprenderás de cuán poco tienes.» Asegura que el dinero hay que hacerlo correr, para que vuelva. Y le da resultado. Yo, en cambio, nunca tuve suerte con la pasta. La única vez fue anteayer,que encontré una moneda rara. Claro, era rara porque, como yo jamás en mi vida encontré nada, exclamé: «¡Uy, qué raro, encontré una moneda!» Yo trato de que a mi marido se le pegue ese estilo manirroto de los míos, pero no hay caso. Salimos del cine y se acerca ese señor que aparca los coches y que él odia porque odia tener que darle propina, y yo, usando una de las frases de mi mamá, predico: «Da, hasta que te duela.» «Está bien, tome diez centavos.» Obviamente no tiene mucha tolerancia al dolor. En fin, esta historia del dinero en la pareja es insoluble, porque a ellos no les importa el dinero que gastan, les revienta el que gasta una, así sea en papel higiénico. No hace mucho, al ver la cuenta de la verdulería me dijo: —La verdad que tendrías que ser ministra de economía. —¿Por qué mi amor? ¿Te parece que este mes gastamos menos? (Me puse toda contenta, creyendo que le había ablandado el corazón.) —No, porque con vos sola, bastaría para acabar con la recesión. En ese instante volví a rememorar otra de las frases célebres de mi madre: «Hijita, ¿sabés cuál es la mejor manera de llegar al corazón de un hombre? Con un cuchillo y por la espalda.» ¡Y él tiene muchos!

Viviana Gomez Thorpe


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