Revista Cultura y Ocio

Lavar, marcar y enterrar, de Juanma Pina‏

Por Almaconarte
Lavar, marcar y enterrar, de Juanma Pina‏
SINOPSIS En un local del barrio madrileño de Malasaña, cuatro personajes se ven forzados a compartir ochenta metros cuadrados durante una noche de armas sin seguro y peligrosos recuerdos. Lucas y Roberto, dos frustrados aspirantes a policía nacional, conviven durante horas con Gabriela y Fernando, ella la orgullosa dueña de la peluquería Cortacabeza y él su mejor pero más neurótico empleado. ¿Por qué los fantasmas no tienen pelos en la lengua cuando cuentan sus miserias? ¿Por qué intentamos alisar nuestro futuro cortando solo las puntas? ¿Consiguen horquillas, bigudís y rulos rizar un argumento?¿Se puede uno salvar de la verdad por los pelos? ¿Es necesario que el pelo esté húmedo para cortar por lo sano con el pasado?

Y yo con estos pelos...

Si recupero de mi mente el término peluquería es casi irremediable pensar en las decenas de historias que escucharán día tras día los trabajadores de las mismas pero jamás he llegado a imaginar la historia detrás del establecimiento y, por supuesto, del equipo que lo compone. Supongo que algo parecido cruzó el pensamiento de Juanma Pina el día que decidió escribir una historia ambientada en un lugar tan absolutamente teatral. Si añadimos el nombre de dicho espacio -Cortacabeza- y lo sumamos a un hecho inicial - secuestro-, esta comedia negra no puede resultar más tentadora para el espectador.
Una de las cosas que me han enamorado del montaje es que destila pasión y cuidado a partes iguales: el texto tiene fragmentos brillantemente poéticos a los que acompaña la acción en todo momento haciendo de la palabra un hecho mimado y cuidado en su fondo y en su forma. Quiero pensar que la culpa de esto es que la dramaturgia y dirección corresponden a la misma persona.

...preparados para rizar el rizo.

Desconozco la forma de trabajar de Juanma Pina, pero diría que los actores tuvieron cierta libertad de creación de personaje que los hace atractivos visualmente, de rápido enganche hacia el público y con cierta profundidad de esa que a veces duele y rompe (el trabajo de creación desde el cuerpo de Mario Alberto Díez, desde la exquisita contención en la emoción de Carmen Navarro o la acción en voz bien construida de Juan Caballero y Rebeca Plaza). Muy a favor de este montaje está el lugar: como espacio escénico está magníficamente estrujado hasta componer el uso de todas sus posibilidades y como pequeña sala permite una cercanía con el público que jamás podrá darse en una mayor (las rupturas de la cuarta pared son impecables).
Me ha impactado de manera muy positiva la forma en que los flashbacks se integran en la obra, lo que denota un trabajazo de iluminación, escenografía y dirección loable.
Por mi parte ya estoy planeando acudir a disfrutar de su secuela cuanto antes (y, si es posible, releerla... cof, cof... ¿Para cuando en Ediciones Antígona?).
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¿La habéis visto? ¿Y su secuela? 

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