Revista Cultura y Ocio

Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes

Publicado el 06 enero 2012 por Goizeder Lamariano Martín

Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes

Título: Malena es un nombre de tango

Autora: Almudena Grandes

Editorial: Tusquets

Año de publicación: 1994

Páginas: 552

ISBN: 9788472234321

Este es el cuarto libro que leo de Almudena Grandes después de Las edades de LulúInés y la alegría y Castillos de cartón. Y creo que es el más especial de todos, por varios motivos. Primero, porque esta reseña la estoy escribiendo el jueves 22 de diciembre no en el ordenador y en casa, sino en un cuaderno, en el autobús camino del trabajo, porque si no no me da tiempo a escribir la reseña antes de devolver el libro a la biblioteca y marcharme mañana a Pamplona de vacaciones. Y segundo, porque durante casi doscientas páginas el libro no me gustó, me costó muchísimo entrar en la historia, me resultaba demasiado descriptiva, lenta, densa, en definitiva, aburrida. No me llegaba a enganchar ni a atrapar, pero a partir de la página 200 más o menos todo cambió. El libro no solo me ha gustado y me ha atrapado, sino que me ha seducido, poco a poco, página a página, y ha terminado fascinándome e hipnotizándome y al final le he cogido a Malena tanto cariño como a Inés, la protagonista de Inés y la alegría, o a Sira, la protagonista de El tiempo entre costuras. Casi se me olvida, ¡feliz día de Reyes! Me gusta celebrarlo compartiendo con todos vosotros una historia tan especial como esta. Una historia en la que no hay reyes, pero sí Reinas y Magdalenas. Porque esos son los nombres que más se repiten en la familia de Malena. Su abuela, su madre, su hermana melliza y hasta su sobrina se llaman Reina. Porque ellas son las fuertes, las buenas, las correctas, las decentes. Ella, en cambio, se llama Magdalena, como su tía, la hermana melliza de su madre, la que siempre ha sido, es y será para ella como una madre, una monja que nunca ha soportado que le digan lo que tiene que hacer, que nunca ha aguantado que le hagan preguntas, que le exijan respuestas, que le juzguen.

Y Malena es igual que su tía y que su abuelo, los malos de la familia, los indecentes, los que se dejan arrastrar por sus pasiones, por sus instintos, y arrastran a todos con ellos. Por eso es a ella y no a Reina o a cualquiera de sus muchos nietos a quien su abuelo le regala, cuando Malena tenía 12 años, el último tesoro que conserva su familia: una esmeralda que tiene que guardar en secreto si quiere que algún día le salve la vida.

Porque su familia materna, los Fernández de Alcántara, son una familia bien, una familia burguesa que posee en Almansilla la Finca del Indio y en Madrid una mansión en la calle Martínez Campos. Pero Malena no quiere ser como su familia, no se siente parte de ella. Quiere ser niño en vez de niña, no encaja en el colegio de monjas, ni entre sus tíos y sus primos.

No le gusta su extensa familia, todos los secretos que ocultan, las historias que no le cuentan, el pasado del que no le hablan. Quizás por eso, para intentar encontrar su lugar en el mundo, se enamora locamente de Fernando, su primo lejano, su primer y único amor, a pesar de que ella vive en Madrid y él en Hamburgo, ni la distancia ni el paso del tiempo lograrán que le olvide.

Pasan los años y Malena crece y madura. Se hace adulta, pero no cambia, porque ella está marcada por la maldición de su familia, la sangre de Rodrigo, su mala vena, una maldición que también padecen su abuelo y su tía Magdalena, una maldición que proviene de sus antepasados, de una parte de su familia materna que siempre se dejó llevar por sus amores, sus miedos y sus pasiones, hasta el límite, hasta la locura, hasta la muerte.

Para huir de esta maldición Malena busca refugio en su abuela paterna, Soledad. En una entrañable, triste y conmovedora conversación con ella descubrirá la historia de su abuela y de su abuelo Jaime, su historia de amor, sus convicciones republicanas antes, durante y después de una Guerra Civil que les separó. Y comprende que ella está mucho más cerca, más unida a esta parte de su familia que a la otra.

Pero aun así no es suficiente. Porque ella no es Reina, ni Magdalena, ni siquiera Malena. Ella es india, única, diferente, especial, distinta, pero ella, siempre ella. Dispuesta a no cambiar, a no renunciar. Aunque duela, a pesar de la soledad, del sufrimiento, de la rabia, del odio, de la tristeza. Dispuesta a vivir la vida, con su maldición, y ¡qué coño!, con su adicción al sexo, a los hombres, a la noche, al alcohol, a la mala vida.

Porque buena o mala, es la suya, y va a vivirla, pase lo que pase y le pese a quien le pese. Sin lastres, sin ataduras, sin familia, sin secretos, sin complejos, sin pasado, sin miedo, sin nada. Porque, como le enseñó su tía Magdalena, es Malena, un nombre de tango, y eso es lo único que importa.


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