Revista Opinión

Manías que debemos combatir

Publicado el 09 junio 2017 por Carlosgu82

Contra cuántas malas manías tenemos que luchar cada día!

El mal educado que no da los buenos días; el déspota que creyéndose mejor nos mira desde arriba; el jefe que utilizando el poder “impone” su criterio, aunque sea peor…

Pero no escribiré sobre estas.

Quería comentarles sobre una de las que nos acompañan desde el nacimiento; como, por ejemplo: chuparnos el dedo, dormir con peluches u mascotas y otras más: morderse y comerse las uñas, conocida como: Onicofagia.

Hábito que generalmente nace en la infancia, al retirarse el chupete a los niños; pero muchos lo extienden hasta la adultez.

Cálculos sobre el tema muestran la posibilidad de que un 25 % de los universitarios y un 10 % de las personas mayores de 35 años mantienen este mal hábito.

Sus causas son muy disímiles y puede ser en cualquier lugar:

  • En el desespero de una cola.
  • En la guagua (autobús) hacia el trabajo.
  • Frente a la computadora, enfrentando contra un difícil programa informático.
  • En el suspenso de una película o novela.
  • Por pura inercia maníaca.

Para muchos es un «escape» a la ansiedad o el nerviosismo (el estrés), la impaciencia, el temor. Es mal hábito, para nada inofensivo y sus efectos negativos van más allá de la estética.

Los daños más habituales se concentran en las propias uñas, que se hacen prácticamente invisibles y en el achatamiento de los dedos, también en las piezas dentales (supriores e inferiores, que tienden a recortarse); pero es mucho más peligrosa la posibilidad de infecciones en los dedos y la boca.

Morderse las uñas es como recoger una moneda del suelo, recortar una bolsa de plástico o separar una cinta adhesiva.

Todo esto, volviendo a dejar a un lado la estética, puede provocar una infección en las encías y en la propia piel bajo las uñas con unas consecuencias nada deseables. Que puede expandirse sin remedio.

Casi todo el mundo lo ha hecho alguna vez, pero cuando ya es una mala manía, hay que acudir al médico, al psicólogo en primer lugar.

Claro, primero hay que reconocerlo.


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