Revista Religión

Manuel azaña (1880-1940) al final…volvió al catolicismo

Por Joseantoniobenito

MANUEL AZAÑA (1880-1940) AL FINAL…VOLVIÓ AL CATOLICISMO

MANUEL  AZAÑA (1880-1940) AL FINAL…VOLVIÓ AL CATOLICISMO

 (Texto del P. Ángel Peña en su libro Ateos famosos I, San Millán, 2020)

 Foto con el abad de Montserrat

Quien pronunció la triste y célebre frase "España ha dejado de ser católica" desde la presidencia de la Segunda República tan antilcerical, al fin de su vida dejó de ser ateo y volvió a la fe de su infancia. Nos lo cuenta el P. Ángel Peña

Fue un escritor y político español. En su libro El jardín de los frailes presenta la religión como una cárcel de la que quiere salir para ser libre. Abandonó la religión sin llenar el vacío existencial que le dejó. Una de sus frases más celebres fue: Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano. Otra fue: España ha dejado de ser católica.

Forma parte del Comité revolucionario que contribuyó a la instauración de la II República española el 14 de abril de 1931. En las elecciones a las Cortes Constituyentes en junio de 1931 fue confirmado como jefe del Ejecutivo. En mayo de 1936 fue elegido como Presidente de la República. Dimitió en febrero de 1939 ante el avance de las tropas nacionales y se exilió en Francia, estando ya gravemente enfermo del corazón. Murió el 3 de noviembre de 1940 en Montaubán (Francia).

En los últimos meses de enfermedad dejó su ateísmo y aceptó la fe católica. Su esposa Dolores Rivas Cherif, siempre fue católica practicante y él respetó su fe. Ella escribió una carta a su hermano Cipriano de Rivas en la que le dice: Supo nuestro enfermo la llegada a Montaubán del nuevo obispo por el gran aparato de campanas en la catedral que teníamos enfrente. Comentó conmigo lo bonita que sería la ceremonia en la catedral y dijo: "Lástima no poder verlo", recordaba con ese motivo las fiestas de la iglesia de El Escorial. Días después recordó al obispo y en otro momento volvió a decir de qué buena gana lo vería. Insistió varias veces en este deseo al que yo me resistía... Su afán por ver al obispo llegó a ser tan grande que, estando Saravia con nosotros, se dolió con él de que yo no le escuchara...

A veces, mirando a la puerta de la catedral desde la ventana, repetía con su insistencia de enfermo en el deseo de conocer al obispo… Un día acompañada de la monja sor Ignace, hermana de la Caridad, fuimos a ver al obispo, quien recibiéndome en el acto, trató de calmarme y consolarme... Al día siguiente, fue a visitarle el obispo, que, viendo que el enfermo se cansaba, nos dejó enseguida. Volvió otro día acompañado de un cura español refugiado en Francia, a quien yo no conocía, pero no accedí a que el cura viera al enfermo y sí acepté al obispo… Otro día, viendo que el enfermo estaba más grave, vino el obispo con la monja. El obispo lo visitó varias veces y estuvo con el enfermo cuando falleció, aunque yo no estaba [1].

El obispo, Monseñor Théas, escribió en el boletín oficial del obispado que a Manuel Azaña Díaz le había administrado el sacramento de la penitencia (confesión) y la unción de los enfermos [2].

El obispo Théas escribió en 1940, al día siguiente de la muerte de Azaña, sobre lo sucedido. También escribió sobre este hecho en otro documento de 1952 y en otro de 1958 [3]. En el documento de 1940 afirma que el expresidente le dijo: Vuelva a visitarme todos los días. Y todos los días por la tarde iba a conversar un rato con él. Hablábamos de Revolución, de los asesinatos, de los incendios de las iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas y detener el movimiento que se había desencadenado (documento de 1958).

Un día, deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le  presenté el crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en el Cristo crucificado. Seguidamente lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: "Jesús, piedad, misericordia" (documento de 1958). En el documento de 1940 escribe el obispo: El presidente manifestó sentimientos cristianos. Por sí mismo y repetidas veces besó con fervor el crucifijo que se le presentaba, pronunciando palabras como estas: "Dios mío, piedad, misericordia" (1940).

Continúa el obispo: Este hombre tenía fe. Su primera educación cristiana no había sido inútil. Después de errores, olvidos y persecuciones, la fe de su infancia y de su juventud informaba de nuevo la conducta de los últimos días de su vida (1958).

A la pregunta: ¿Desea usted el perdón de sus pecados? Respondió: Sí (1940). Recibió con plena lucidez el sacramento de la penitencia, que yo mismo le administré (1952). En el documento de 1958 dice claramente el obispo: Invité al enfermo al sacramento de la penitencia y lo recibió de muy buen grado (1958).

Cuando pedí a la señora Azaña que me permitiera llevar el Viático (comunión) a su marido, estaba yo seguro de que el enfermo quería recibir la comunión. Pero choqué con la negativa obstinada de N. Cinco veces me presenté y las cinco tuve que marcharme. Se me decía: "Eso le impresionaría demasiado" (1952). Anotemos que la misma señora Azaña ignoraba que le hubieran impedido cinco veces el darle la comunión, ni sabía quién había sido. La noche del 3 de noviembre de 1940, a las 11 p.m., la señora Azaña me mandó llamar. Acudí inmediatamente y en presencia de sus médicos españoles, de sus antiguos colaboradores y de su esposa, administré la extremaunción y la indulgencia plenaria al moribundo en plena lucidez. Después, sujetas sus manos entre las mías, mientras yo le sugería algunas piadosas invocaciones, el presidente expiró dulcemente en el amor de Dios y la esperanza de su visión (1958).

Después de su muerte, Monseñor Théas afirma: La señora del presidente, conociendo el fin cristiano de su marido, pidió exequias religiosas que después de un acuerdo con el señor arcipreste, consistirían en un simple responso en la catedral sin levantamiento del cadáver, ni misa (1940). Pero el día 5 de noviembre (día del entierro) la señora del  presidente estaba muy cansada y decidió no asistir a la ceremonia. El cortejo fúnebre, en lugar de ir a la catedral, donde se le esperaba, se dirigió al cementerio y el entierro fue puramente civil (1940).

Contra la voluntad del presidente y de su viuda se hizo presión para dirigir el cortejo fúnebre directamente al cementerio, impidiendo la ceremonia religiosa, que había sido prevista en la catedral (1958). El cónsul de México dispuso el entierro civil del presidente. La viuda, después, no se atrevió a protestar, porque México pagaba todos los gastos del hotel al presidente y a los que le acompañaban (1952). Azaña fue enterrado con la bandera mexicana, pues el gobierno de México pagó la sepultura.

Esa misma tarde del entierro la señora Azaña acudió al obispado para agradecer a Monseñor sus visitas y su ministerio cabe el presidente. Le manifestó también su pesar por el carácter puramente laico que se le había dado, mal de su agrado, a los funerales de su marido (1940).

Y añade Monseñor Théas: El entierro fue civil, pero la muerte había sido cristiana. ¿Acaso no es esto lo esencial? (1958). Los restos de Manuel Azaña descansan en el cementerio de Montaubán bajo una cruz de bronce, como mandó su viuda.

Nota.- El documento del obispo del 7 de noviembre de 1940 (al día siguiente del entierro) se publicó en el bulletin catholique du diocese de Montauban, pp. 338-339. El documento de 1952 fue una carta del obispo dirigida al padre Guichomerre. El documento de 1958 (del 31 de diciembre de 1958) fue publicado en el boletín oficial eclesiástico del obispado de Vich, tomo 111, Nº 2520.



[1]  Sanz Agüero Marcos, Manuel Azaña, Ed. Círculo de amigos de la historia, Madrid, 1975, pp. 225-229.

[2]  Ib. pp. 229-230.

[3]  Estos documentos se encuentran copiados por el padre Gabriel Verd en la revista Razón y fe, Nº 1058, diciembre de 1986.


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