Revista Psicología

Me pica la pepa

Por Psicoceibe

Por Olga Carmona  “Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”   (J.M. Serrat)
Me pica la pepa
Cada vez con más frecuencia y con más intensidad me pregunto cómo hacer para no transmitiros nuestras miserias, nuestras limitaciones. Cómo no haceros rehenes de nuestro pasado, chivos expiatorios de aquello que nuestra memoria insiste en no recordar. Cómo crear para vosotros una vida emocional limpia, sana, que proteja vuestro legítimo derecho a crecer sin basuras. 
Uno comete errores que son brutales, obvios, de bulto. Y los comete.
Y aunque cada día me acuesto con el único objetivo de ser mejor madre mañana, vuelvo a equivocarme y vuelvo a ser y a haceros víctimas de mis nudos, de mi incapacidad, de mis miedos, de toda mi mierda. Vuestro padre está de viaje. Casi tres días sola al frente del buque, hago un honesto ejercicio de voluntad, me comprometo conmigo misma a tener una paciencia casi infinita, a no caer en el mal humor que produce el agotamiento, a no repetir las cosas veinte veces  (sólo dos o tres), a ser una “buena madre”.
La buena madre se acuesta reventada a las diez de la noche y no le da la vida ni para abrir un libro, al instante me quedo dormida tras dos intensos e ininterrumpidos días sola con los niños. A las tres de la madrugada, una vocecita me despierta… “me pica la pepa”… no respondo a ver si se le olvida. “Mamá, me pica la pepa mucho” y lloriquea. Me mando la instrucción de levantarme y tratar de ayudarla pero mi cuerpo no responde al mandato. Mi jodida mente me dice, una buena madre se levanta y ayuda a su hija a resolver el asunto de la “pepa” (así le decimos coloquialmente a la vagina). Intento balbucear unas palabras que a ella le llegan ininteligibles, supongo, porque sigue anunciando cada vez con más decibelios que le pica la pepa. Soy una mala madre, no me puedo levantar. Una madre al menos negligente. Pido de nuevo entre bostezos que busque una toallita y se limpie o que no lo piense y así se le pasará. Pero no se le pasa. Quiero llorar. Dejo que mi hija de cuatro años resuelva sola el problema. No la he servido para nada, no la he calmado, no la he ayudado, no la he contenido.
Suena el despertador y compruebo que mi cama está completamente meada, mi hijo ha vuelto a hacerse pis casi encima de mi. No importa, digo, no importa. Pero si me importa. Y me voy encabronando de forma sorda mientras preparo los desayunos. Respiro. Les llevo el desayuno con mi mejor sonrisa y él se lo tira por encima, ahora ya mi cama es una mezcla de pis con cola cao.
No importa, me digo. Voy a tratar de vestirlos, vamos tarde. Pero si me importa y una parte de mi está enfadada, sin justificación. Explicación sí tengo: la niña herida que me habita, la niña a la que le dieron un bofetón por tirar el cola cao, la niña no maternada me acompaña en este recorrido difícil y me boicotea. Me va recordando el discurso interno, el que interiorizamos antes incluso de poder hablar, de que a los cinco años los niños no se hacen pis en la cama y se visten solos, que los colchones cuestan dinero y el dinero cuesta ganarlo y bla, bla, bla… ¿es mi madre la que resuena en mi cerebro? ¿porqué sigue ahí? ¿acaso no peino ya canas? ¿porqué no puedo deshacerme definitivamente de ella y de la niña herida que fui? ¿porqué aparecen hoy junto al cola cao y el pis y la mala noche?
Vuelvo a respirar. Ellos lo perciben, perciben mi enfado, mi malestar aunque no les diga nada. Tiran del cable a tierra que les enseñé para que sepan cómo encender las luces de alarma: cuando veáis que me estoy poniendo un poco bruja me decís “mamá, te estás poniendo bruja”. Y aunque no ha habido ni una voz más alta que otra, mi hijo me dice mientras resoplo dándole la vuelta al calzoncillo: “mamá, te estás poniendo un poco bruja, no mucho, pero un poco si.. eh!”. 
Gracias, tomo conciencia. Vuelvo a respirar. He logrado vestir a uno y mientras tanto mi hija  ha cogido una tijera de esas presuntamente inofensivas y se ha hecho un socavón en el leotardo. Así se va, con socavón y sin peinar, si se pone a gritar como poseída al pasarle el cepillo no podré controlar mi tendencia a la brujería. Consigo llegar al cole, mi plaza de menos válida está ocupada por una impoluta rubia recauchutada subida en unos diez centímetros de agujas a modo de zapatos. Mierda, a veces me olvido de que las hay bastante más minusválidas que yo aunque desde fuera no se aprecie. Y no me refiero a intentar correr bajo lluvia en los zancos de los diez centímetros…
Esta vez son ellos los que desde el asiento de atrás, enfundados en sus abrigos, gorros, abrazados a sus mochilas me preguntan porqué estoy enfadada y antes de que pueda cerrar la maldita boca ya he dicho: “a veces me resulta difícil ser mamá”.  Se quedan en silencio. Hemos llegado al cole. Estoy agotada. He logrado llegar casi en hora y evitarme así la cara de culo de una de sus profesoras, pero en estas escasas dos horas me ha dado tiempo a hacerles sentir muy mal. Voy al súper, necesito verdura y yogures… tengo ganas de llorar, ya no se qué coño necesitaba comprar, tengo ganas de llorar.
Saber no implica hacerlo bien, ni siquiera razonablemente bien. Sirve apenas para sentir una culpa ácida que te corroe desde la boca del estómago hasta la garganta, una culpa física que duele como las mismas contracciones de parto. Y me voy derecha, rápido, sin dudas a la destructiva sensación de fracaso. Fracaso en aquello que más importa, en lo único que me importa: la conciencia de causar dolor a quienes amo por encima de mi misma.
Y desde este agujero inmenso veo vuestros ojos y a través de ellos puedo tocar vuestra infinita vulnerabilidad.
Como siempre, me hace agonizar mi percepción del tiempo. Quiero, deseo de forma irracional y absurda volver atrás, hacerlo mejor, devolveros todo lo aprendido en estos años, regalaros una madre que si algo ha crecido ha sido a fuerza de lágrimas, vuestras y mías. Pero para atrás no vamos y sí en cambio hacia delante a velocidad de vértigo. Sólo me sirve el consuelo de saber que mañana tendré otra oportunidad, que me brindaréis otro día lleno de posibilidades, que aún tengo algo de tiempo para abrazaros y pediros perdón.
Pediros perdón, pedirme perdón.
Soy madre sin referentes, con agujeros negros en el alma, niña no amada, no deseada, niña aparcada. Madre que se reinventa cada día, improvisa, lee, reflexiona, os mira,  quiere aprender. Me mueve el motor más potente del universo, el que todo lo puede, o casi todo.Se que os quedaréis con lo que más se os da. También se cuándo debo apartarme.
Confío en vivir el tiempo suficiente para dejar un recuerdo limpio y útil en vuestra memoria consciente. No quiero legaros ninguna receta ni manual de vida: aspiro únicamente a que sintáis y sepáis que os quiero tanto, que ese amor se transforme en infinita fuerza interior para vivir, una huella profundamente imperfecta y hermosa.

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