Revista Cultura y Ocio

Mundo insólito o los recuerdos de un viejo marinero

Por Revistaletralibre
Mundo insólito o los recuerdos de un viejo marinero
Por Asunción Blanco
El corazón del hombre esconde
incontables tesoros
que sólo otro hombre
puede descubrir.
Canción marinera
Soy inocente de todos los cargos que se me imputan. La voz sonó estentórea en toda la sala. Retumbó con tal impacto que el cristal de la ventana estalló hecho añicos y la frase se estrelló en la fachada de la sede central del Gobierno Permanente y fue dibujando sus letras, sinuosamente, hasta convertirse en una frase lapidaria.
Un hombre diminuto de nariz afilada se acercó insolentemente hasta el acusado y le recordó sus derechos -todos ellos extraviados en algún informe manipulado violentamente por la guardia palaciega-. La cámara enfocó el rostro del viejo marinero y deformó todos sus rasgos hasta convertirlos en una contrafigura de su imagen. Se sirvieron para ello de las técnicas más avanzadas. La fotografía resultó un éxito y conmovió a toda la opinión pública que se convenció definitivamente de la culpabilidad de aquel hombre.
Sus rasgos faciales denotaban el cansancio de muchas luchas interiores; su mirada era profunda como los largos caminos de las noches en que se desvelan indescifrables secretos; su sonrisa recordaba el inefable candor de las amorosas plantas que acariciaban los rostros envejecidos; su piel desprendía el olor de las antiguas y olvidadas flores que crecían con las torrenciales lluvias primaverales y sus manos ofrecían al cansado caminante el abrigo y refugio de las noches invernales en las que las heridas mordían venenosas el cuerpo magullado de los hombres.
Mientras, los políticos repetían por todos los megáfonos de la ciudad que era aquel marinero el recuerdo sórdido de nuestros padres, de nuestros abuelos, y había que depurar la sociedad de todos los enemigos del pueblo. Porque era necesario mantener el honor y la patria y la vergüenza de todos los defensores del cuerpo social.
Había que preservar los principios básicos del organismo estatal constituido tras una dura Revolución en la que murieron hombres, mujeres y niños en una purga colectiva -respetando siempre los derechos inalienables de los seres humanos-; pero se salvaron las culebras, los sapos, los grajos y las salamandras y las rocas y el duro granito y el perfil de las estrellas (pero no jugaron los niños, ni se oyó el lamento de un viejo).
Se crearon comités para la salvaguarda y defensa de todos los ámbitos y estructuras humanas y sociales. Y se leyeron largos discursos, y se destruyeron muchos papeles inservibles, y se edificaron suntuosos y gigantescos palacios donde vivieron los hombres diminutos que se perdían por el dédalo infinito de pasillos y se miraban en los espejos amplificadores para convencer a sus asesores de imágen que ni Paul Newman, ni Lawrence Olivier, ni Peter O´Toole actuaban tan bien como ellos.
Y se derribaron los viejos mitos y los tópicos y los lugares comunes para destruir la vieja historia del viejo y carcomido mundo y decidieron -hartos ya de tantas historias- coger sus enseres y trasladarse al planeta vecino donde no había ni meigas, ni ritos ancestrales, ni costumbres atávicas.
Pero hasta allí llegó el rumor del mar y del viento y el chasquido de las hojas amarillentas en una tarde decadente y el olor de la luna y el juego del niño y el lamento del viejo, y espiaban -en el crepúsculo del atardecer escondidos para que nadie les viera, para que nadie supiera nunca que su corazón era de carne- a los supervivientes de la Tierra en sus rutinarios quehaceres y les oían repetir las olvidadas trovas de amor, porque el sol no había cambiado su periplo y las flores seguían, asombrosamente, naciendo cada primavera y el amor continuaba siendo más fuerte que la muerte y los susurros se deslizaban por las esquinas y los hombres tenían un lugar donde morir.
Les gritaban desesperadamente y les lanzaban misiles para que desistieran de su empeño y se convencieran del error histórico en el que estaban inmersos, pero no les oían. Parecían sordos y ciegos y tener cal viva en los ojos y arena hirviendo. Y aquel marinero era el peor de todos ellos porque no levantaba su voz en la plaza y resonó estentóreo su grito en el umbral de los siglos y nadie pudo detener el incesante clamor de su palabra que recorrió horizontalmente todas las fuentes y cañadas y la espesura del bosque y el declive de las montañas y la transparencia de los ríos hasta llegar a todos los confines de la Tierra, para que el silencio desapareciera y las gargantas pudieran entonar melodías nuevas.
Después de este sencillo y trivial suceso, se reunieron los hombres del Gobierno Permanente y pusieron en marcha el mecanismo estatal. Salieron en brigadas especiales y barrieron las calles de los leprosos y harapientos que estaban tumbados por las aceras y los llevaron a los centros residenciales de gran lujo. Y allí recibieron todas las atenciones médicas y unas enfermeras rubias les cuidaban cariñosamente hasta el anochecer.
Después, el corazón se les oprimía y se acordaban de su vida en la Tierra, de sus tertulias en la taberna del pueblo y de su partida de mus y de sus celtas y de la boina calada hasta los ojos dormitando a la hora de la siesta hasta que una linda muchacha, con su canasto de flores, les despertaba en su recorrido por las calles gritando "a dos reales, ¿quién quiere?. Son claveles frescos, a dos reales".
Se lanzaron octavillas desde los edificios más antiguos para convencer a los ciudadanos de que el viejo marinero de rostro duro y atezado era un elemento inestable para la sociedad y se dio orden de caza y captura y ofrecían ochocientas mil rosas como recompensa, para quien supiera dónde se escondía.
Y rastrearon toda la comarca y se pasearon por todas las guaridas y las cuevas y llegaron a las fondas de los suburbios y a las azoteas de los edificios más altos y se sumergieron en el fondo de los mares y una tarde, cuando una suave y brisa fresca acariciaba la ciudad, le encontraron sentado debajo de un árbol. Le reconocieron por su aspecto vulgar y, subyugados por el tono aterciopelado de su voz, se sentaron a escuchar las extravagantes aventuras que, como buen marinero, había experimentado en su dura y larga carrera vital.
Regresaron todas las tardes y le llevaban tabaquillo para amenizar las tertulias en las que el viejo marinero recordaba los terribles lances de la mar, cuando el barco se hundía azotado por el terrible oleaje y la tripulación se asía desesperadamente a una tabla de salvación. O también cuando en alta mar lanzaban las espesas redes y las subían pletóricas de peces de todos los tamaños y colores. Así se pasaban las veladas hasta bien entrada la noche; después volvían a sus casas y ocultaban a sus amigos que habían estado con el viejo marinero.
Cada noche aumentaba el número de los visitantes y también acudieron, de incógnito, los miembros del Gobierno Permanente y permanecieron absortos contemplando la transparencia de su mirada en la que se reflejaba toda la belleza misteriosa de las aguas marinas y se perdían en la profundidad de sus ojos y recogían allí piedras preciosas y revivían antiguas aventuras de héroes y bandidos y piratas que habían aprendido en los libros -viejos libros amarillentos que reposaban en el fondo de un viejo bául- y cuando retornaban a la inverosímil realidad se tornaban serios y graves y circunspectos.
Y firmaban numerosos papeles en los que se ratificaban acuerdos y se expedían informes para el aparato burocrático del estado. Mientras tanto, los jueces sentenciaron que aquel viejo marinero era culpable de todos los infortunios que afligían al nuevo planeta, porque había soliviantado a las masas y enternecido los duros corazones; porque les había descrito pormenorizadamente los atavíos de las lindas muchachas en la primavera y el rubor de las estrellas y las indiscreciones del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas contando las alegres historias de amor; porque no supo resistir a la tentación de cantarles viejas romanzas de las zarzuelas y se oía su voz por todo el puerto cuando entonaba "los ojos que lloran no saben mentir, las malas mujeres no miran así..." y se cortaba el aire y la respiración y se evocaban dulces nostalgias de aquel viejo planeta llamado Tierra.
El viejo marinero contestó a la interpelación del fiscal, con una voz rotunda y fuerte, que era inocente de todos los cargos que se me imputan. El juez dictó la sentencia de culpabilidad y se le condenó a vivir perpetuamente enclavado en sus recuerdos, para que cuando se levantaran los hombres cada mañana, conocieran el aroma de las acacias y de la hierbabuena y el temblor de la escarcha y el color de la violeta. Para que cuando llegaran las temidas noches de verano en las que el calor arreciaba y los hombres saciaban su sed en inmensos barriles de cerveza, pudieran sentarse a escuchar los acordes lejanos de un organillo interpretando Suspiros de España o el desgarrado sentimiento del bandoneón que pasearía su tristeza por las calles de algún arrabal perdido por los puertos de aquel planeta, de aquel entrañable, viejo y desconocido planeta que los hombres, en un alarde de ternura, llamaron Tierra.

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