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Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXI

Publicado el 15 febrero 2011 por Almargen

Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXI

Fierro, Mateo Díez, Agustín Delgado y José Antonio Llamas

Husmeando en la librería de casa, me he reencontrado con un libro de Juan José Lanz de un valor incuestionable para el conocimiento de la poesía española del siglo XX. Es un ensayo extenso, riguroso, lleno de sugerencias y de descubrimientos, sobre una de las revistas poéticas de mayor calado de la España de los años sesenta del pasado siglo. Su título: La revista Claraboya (1963-1968): un episodio fundamental en la renovación poética de los años sesenta. ¿A alguien le suena, hoy, al comienzo de la segunda década del siglo XXI, Claraboya? Seguro que a muy pocos. Y, de esos pocos, probablemente la mayoría sean poetas, críticos y "compañeros de viaje" del proyecto. La revista nació en León, en 1963, años oscuros bajo la dictadura en los que, pese a todo y contra todo riesgo, unos cuantos poetas se conjuraron para renovar la poesía que se escribía en España. Luis Mateo Díez (sí, el novelista), Agustín Delgado, Ángel Fierro y José Antonio Llamas pusieron en marcha un proyecto que se materializaría en una publicación que duraría seis años y con la que contribuirían, de una manera relevante, a dar nuevos aires a nuestra poesía.

Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXI

Juan José Lanz, autor del
ensayo sobre la revista Claraboya 

Cuesta trabajo imaginar a estos poetas con poco más de veinte años y empeñados, en medio de la noche franquista, en abrir paso a un proyecto literario alternativo. Un proyecto que se traduciría en una revista que abrió caminos. Leyendo el libro de Juan José Lanz, un riguroso recorrido por el contenido de los 19 números que aparecieron entre octubre de 1963 y febrero de 1968, uno va de sorpresa en sorpresa. En las páginas de Claraboya habitó la vanguardia, una vanguardia que eludía el puro esteticismo para hacerse comprometida y crítica. Habitó, también el realismo más directo y la poesía social más conocida, con Gabriel Celaya como su más emblemático representante. Habitó cierto culturalismo: poemas de Pere Gimferrer, de Guillermo Carnero, de Marcos Ricardo Barnatán, fueron anuncio de lo que en pocos años sería la antología Nueve novísimos, de Josep Maria Castellet. Y, sobre todo, estuvo profundamente comprometida con los nuevos nombres. He podido comprobar que en Claraboya se publicaron algunos de los primeros poemas de Manuel Vázquez Montalbán, poemas que formarían parte de su libro iniciático, Una educación sentimental, entre ellos el titulado "Conchita Piquer", aparecieron poemas de Diego Jesús Jiménez -colaboró en varios números- que alimentarían su libro Coro de ánimas (1968) y, de manera muy especial, un espléndido poema que nunca publicaría en libro (y que es imprescindible rescatar), un poema sin título que he leído por vez primera en el libro de Lanz y cuyo comienzo invita e incita: "Ahora estamos los dos / pensando inútilmente cómo termina el mundo: / lo mismo que un amor sobre nuestras cabezas". Juan Luis Panero, José Miguel Ullán, José María Guelbenzu (sí, el narrador),  José Batlló, Vicente Aleixandre, Antonio Gamoneda, Joaquín Marco, Carlos Álvarez,  Jósé Elías, Claudio Rodríguez... En Claraboya está el tránsito, el anticipo de la renovación de los años 70, el marxismo reelaborado y transformado en poesía que sería excluido de la historia oficial de nuestra poesía (o relegado a una zona poco visible, medio clandestina) en los años posteriores. Sin embargo, allí aparecieron las primeras críticas a libros que dejarían la impronta en la historia de nuestra literatura: a Arde el mar, de Gimferrer, a La ciudad, de D. J. Jiménez, a Las piedras y a Música amenazada, de Félix Grande, a Desolación de la quimera, de Luis Cernuda, a la mítica y hoy inencontrable Poesía última, de Francisco Ribes. 
Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXIPero el aliento modernizador de Claraboya, cuyos cuatro poetas fundadores, constituidos en Equipo Claraboya proclamarían, dos años después del cierre de la revista, en 1970, su apuesta por una poesía dialéctica en la que la preocupación estética y el experimento lingüístico no se desentendieran de la realidad, no se acaba en los citados nombres. En sus páginas hay traducciones de textos de poetas no hispanos de una solidez incuestionable, con una enorme proyección en Europa y en Estados Unidos. El turco Nazim Hikmet (traducido, por cierto, por Gamoneda),  los poetas de la beat generation (a la que se dedica un monográfico) como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso, Ferlinghetti, la nueva poesía gallega, la poesía cubana de aquellos años....  A las jóvenes generaciones, a los poetas que hoy deambulan por los corredores virtuales en los que la poesía se hace, se intercambia, se renueva y, a la vez, vuelve a tradiciones perdidas, a los poetas de facebook, de twitter y de las redes sociales,  les recomiendo bucear en este libro de Juan José Lanz, visitar el mundo que alienta en la revista Claraboya, mundo del que Lanz incorpora a su libro una muestra extensa, más que significativa, de poemas, de reflexiones, de alusiones bibliográficas. En el fondo, Claraboya fue el espejo de una etapa poética mucho más compleja de lo que ha establecido la historia oficial. Un tiempo joven bajo la dictadura. Un tiempo en el que, contra el miedo, Llamas, Mateo Díez, Fierro y Delgado crearon la casa de todas las rupturas y todas las iluminaciones. Poéticas, por supuesto.
Como muestra del aire de época que se respiraba en la revista, reproduzco este poema de José Elías, publicado en su número 9 (de 1965): 
TIEMPO DE UNIVERSIDAD
Una vez he visto el Acorazado Potemkin.
Hacía calor en la sala y era penoso
darse cuenta de tanto entusiasmo en los estudiantes.
Aunque tampoco en un cine de barrio sería cómodo.
Una vez más esta tarde habrá jaleo
con pocos universitarios y menos obreros
de los esperados. Hace sol esta tarde, pálido,
y una vez más me he sentado en un banco
por hablar unos minutos con Ana,
Ana por supuesto que no sabe hacerme olvidar.
Mañana con el mismo gesto laso volveré a las aulas
o escucharé música o iré al Pastís
a beber y a sentirme apaciblemente decadente.
Una vez más pensaré en playas o revoluciones
hasta que se haga de noche e incluso la pipa
se quede dormida y entonces desesperadamente
me aferré al silencio, esperando algo.
Sonreiría indulgente si todo esto fueran recuerdos.

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