Revista Opinión

Now I am free, dijeron los muertos (II)

Publicado el 25 marzo 2015 por Eowyndecamelot

(viene de)

-Para lo que tengo en mente se requiere mucha sangre fría –avisó el leproso con aire místico-. Pero no creo que ese sea precisamente tu problema. Escucha atentamente y pronto todo esto no habrá sido sino un mal sueño para ti.

-Desde luego, se nota que tu enfermedad no te ha llegado a la lengua -yo bufé, algo aburrida, y deseosa de que fuera al grano: el leproso se las daba de sabio. Parecía un integrante de Podemos zafándose de alguna pregunta comprometida sobre su posición ante los golpistas venezolanos con una larga parrafada académica… Sí, al parecer, el dolor me había provocado un estado levemente cínico.

Él me ignoró.

-En el hatillo que tengo a mi derecha –siguió- están las ropas de la criadita que te ha estado cuidando, bajo mi supervisión. Es más o menos de tu talla. Ella ya no volverá, aunque no se lo ha comunicado a nadie de la casa: al parecer ha recibido una cantidad de dinero inesperada y va a poner una taberna con su marido.

-Muy útil la emprendeduría medieval –murmuré yo–. Y más útiles sus financiadores –tenía que reconocer que aquel pobre hombre estaba haciendo demasiado por mí. Y no podía estar segura de que únicamente se debiera a que estaba desahuciado por la ciencia médica de la supuesta Edad Oscura.

-Pronto anochecerá –continuó él-. A mi derecha hay una cesta de ropa para coser que ella se lleva cada noche a su casa. Ocultas entre ella está tu espada y la mayoría de tus cosas. Me he encargué de rescatarlas de donde la habían escondido los hombres de tu señor, con la ayuda de la joven de la que te he hablado. Emplea tu arma solo si la necesitas. Porque el plan es que, vestida con la ropa de la criada, tapándote bien la cara con el manto como si sintieras un frío insoportable, y cargada con la cesta, salgas como si te dispusieras a marcharte al término de tu jornada.

Yo me quedé algo patidifusa.

-No veo que sea un plan muy elaborado… Hay lagunillas…

-No dije que lo fuera. Lo más sencillo suele ser lo más práctico. Obviamente antes tenemos que conseguir la llave para salir de aquí. Pronto vendrá el guardián a traerte la comida. Él cree que estás casi moribunda. Ya me ocupé de que todos lo pensaran así, y tu estado de letargo hizo el resto. Pero tú vas a sorprenderle… Vaya, creo que ya está aquí: hoy llega pronto.

Asentí. Me sentía tan llena de odio adrenalínico que no era capaz de ver peligro en ningún lado. Mientras me susurraba la última parte de mi plan, seguro de que yo podía conseguirlo (yo no las tenía todas conmigo), un soldado al que yo conocía, y al que apodábamos el Genovés porque había trabajado mucho años de mercenario en aquella tierra de banqueros, asomó su feo careto y su cabeza rapada por la puerta, con una antorcha en una mano y una hogaza de pan sobre una jarra de barro en la otra.

-La comida –rezongó con sequedad. El Genovés era conocido por su escasa sutileza en el trato humano y su menor aún cultura. Si hubiera vivido en el siglo XXI, sería una de las víctimas de la reforma deseducativa para los pobres de Wert-. Comérosla todo porque no sé si mañana habrá más.

-Siempre decís lo mismo y siempre volvéis –la voz del leproso sonó algo más clara-. Sois un buen hombre, un hombre de Dios que se compadece de los enfermos y los cautivos como nosotros –el tono, ahora, olía a incienso más que la COPE, y era más falso que Montoro hipotecando los bienes públicos para hacer crecer a su empresa privada-. He estado rezando por vos cada día al Altísimo para que recompense vuestras buenas obras, y también para que esa desdichada encuentre por fin reposo. Y me parece que por fin me ha escuchado.

El guardia, que con toda la tranquilidad (al hallarse, según él, ante un leproso y una moribunda), acababa de dejar el nada copioso papeo en un rincón, dio un respingo.

-¿Qué quieres decir? ¿Ya ha muerto? –corrió al camastro, donde yo estaba rígida, con el recortado cabello bien alisado sobre las mejillas y fría como el hielo, lo último sin que mediara cualquier tipo de subterfugio, porque aquella habitación estaba más helada que la sonrisa de la Aguirre en su nueva apuesta electoral de 2015, a pesar de que su espantá automovilística le está costando los dineros al pobre agente movilidad que la multó, no a ella. Cuando se inclinó hacia mí, le metí un cabezazo en su dura sesera y, aprovechando su estado de dolor y sorpresa, salté sobre la cama y le propiné un directo a la mandíbula, mientras mi zurda se estrechaba contra su estómago: me sentía fuerte como un roble, como si en lugar de llevar seis meses de inactividad hubiera acabado de hacer mis entrenamientos aquella misma mañana: al parecer mi improvisado cuidador había hecho por mí más que encargar a una de las criadas que me atendiera. El susodicho, como un rey Balduino de Jerusalén comandando a sus tropas en un estadio avanzado de su enfermedad, le sujetó por detrás y le tapó la boca. No sé exactamente qué le hizo, pero el traidor se desmayó en sus brazos.

-¿Así me pagas todas la jarras de vino a las que te invité? Maldito seas, sé que has comerciado con mis confesiones durante las borracheras que nos metíamos, al igual que los fondos buitres negocian con el techo y la dignidad de las personas –le espeté, aunque sabía que no podía oírme. Me sentía igual como cuando en el siglo XXI abro el Facebook y veo que la mitad de mis contactos se han pasado a Podemos. Sola. Estafada. Aunque lo mismo los estafados son ellos, pobres… A ver qué pasa…

-No pierdas esa rabia –recomendó el leproso-. Al menos por ahora. Te hace casi invencible –sacó unos trapos de no sé dónde: yo esperaba sinceramente que no los hubiera utilizado antes en su propia persona (desde luego que le deseaba mal al Genovés, pero no tanto), y le amordazó y ató, para meterlo de inmediato bajo las sábanas de la cama donde yo había convalecido. Me tiró el hatillo-. Y ahora vístete y vete. Aparte de los guardias de la puerta, no creo que te encuentres con muchas personas levantadas en la casa. Si alguien te habla, escabúllete con un gesto que indique que llevas prisa. Conoces el castillo, así que no he de darte más indicaciones. Corre, no pierdas tiempo. Si sales muy tarde concitarás sospechas.

Iba a hacer lo que él decía. Pero de pronto comprendí que había olvidado un pequeño detalle.

-¿Y tú?

Se encogió  de hombros.

-Me quedo.

-No digas tonterías. Tomarán represalias si lo haces.

Permanecía impasible.

-Mi plan sólo sirve para ti –dijo con calma, después de una breve pausa-. Y no te preocupes, no me harán nada. Ya estoy sentenciado: ahorrando mi agonía solo me harían un favor.

-Ni hablar de eso –le dije-. Tú te vienes conmigo o yo no me voy. Nos abriremos paso con la espada si es necesario. Te has metido en problemas por ayudarme; da igual que me digas que ya no te queda nada que perder, no voy a pagarte lo que me debes dejándote solo aquí, a merced de ese psicópata.

Soltó una breve carcajada que me pareció completamente extemporánea.

-Siempre dices palabras muy curiosas que no entiendo y que me hacen reír –se justificó-. Las recordaré y sonreiré cuando te hayas ido. Porque te irás: has de pensar en tus amigos y en tu venganza. Aquí solo te espera la esclavitud, y seguramente hasta la muerte.

Lo peor es que el pobre diablo tenía razón. La venganza me esperaba ahí afuera. Tal vez mis compañeros me habían abandonado, tampoco esperé nunca que se sacrificaran por mí. No creía que nadie me quisiera nunca lo suficiente para hacer algo así, probablemente por mi culpa, pero Guillaume, a pesar de sus cien mil defectos, había demostrado su nobleza dando la vida por luchar contra quien me había herido gravemente. Y yo tenía que compensarle. Aunque él ya nunca podría saberlo. Variando de actitud, me dirigí al leproso.

-Te prometo que volveré a por ti lo más pronto que pueda. Buscaré ayuda. Aguanta mientras tanto. Maldita sea, eres un buen hombre. Te mereces llegar a viejo y contar a los niños las batallitas de Tierra Santa. Me gustaría poder relatarlas contigo.

Seguía sonriendo, o eso parecía detrás de sus vendajes.

-Márchate ya, Eowyn.

Quería pronunciar algunas palabras más que explicaran convenientemente mi agradecimiento, con gran solemnidad, en aquella despedida, pero comprendí que era el momento que saliera con velocidad indecorosa por la puerta, sin dudas, temores ni egoísmos que me habrían hecho llegar a un resultado tan desastroso como las elecciones andaluzas de 2015 (el resto de las elecciones en España tampoco son una excepción)Una vez hecho esto, me concentré en recordar el camino más corto que podría llevarme hasta la libertad, dejando atrás otras consideraciones, e hice caso a la disposición del castillo que guardaba en mi mente. Derecha. Izquierda. Escaleras. Bordear el camino de ronda hasta la torre principal y descender por la escala exterior hasta hallar el patio de armas y el portón custodiado por la barbacana, donde los guardias me tomarían por la ex criadita flamante empresaria, si había suerte, y me dejarían pasar sin mirarme. No parecía difícil a simple vista, pero tenía que recordar que yo no era un as de los disfraces como Sherlock Holmes y que la rapidez sería mi mejor aliada. Así es que me di tota la prisa que pude, rezando con no encontrarme con nadie hasta llegar a la salida. Maldito sea mi archienemigo. ¿Por qué debía tener posesiones en todas partes, como una multinacional alimentaria de macrogranjas contaminantes y torturadores de animales? Si solo hubiera tenido un castillo, me lo conocería mejor.

Pero no era la voluntad del diablo que yo llevara a cabo mis propósitos. Cuando me disponía a descender por la escalera exterior de la torre principal, escuche algo a través del cristal coloreado que cubría la ventana de los aposentos del señor del castillo: se trataba de un murmullo pronunciado por una voz femenina, con entonación dulce, que se alternaba con otro más grave, entre risitas. Me acometió una punzada de inquietud: algo había en esos sonidos que me devolvían recuerdos nada felices (o quizá nada felices porque una vez lo habían sido) y, a pesar de la urgencia en escapar de allí y salvar mi vida, me detuve y agucé el oído. El cristal, fino como una hoja de papel, colocado allí más por aparentar fortuna que para que cumpliera una función real de aislamiento del frío, me dejó escuchar las siguientes palabras.

-Ven aquí. He estado todo el día pensando en este momento –hablaba la voz masculina, que reconocí, evidentemente, como la de mi odiado archienemigo.

-Yo también deseaba que llegara la hora. –le contestó, zalamera, la mujer-. Pero llevas esperando mucho tiempo esa partida de caza y mañana tendrás que madrugar mucho.

Estuve a punto de dejar caer la abultada cesta de ropa hasta el patio de armas: entendí de pronto que es lo que me había inquietado de aquella conversación nocturna entre lo que parecían dos amantes a punto de hacer la caidita de Roma. No, no había lugar para las dudas. Durante un momento permanecí inmóvil, sin saber qué camino tomar. Mi mente, normalmente tan clara cuando se trata de planear una posibilidad de escape, empezó a llenarse de niebla. Casi sin darme cuenta de lo que hacía, emprendí el camino de regreso y en un segundo estaba de nuevo frente a la puerta de mi prisión, la habitación situada en el piso más alto de la segunda torre del castillo. Llamé a la puerta, casi como una autómata.

El leproso no salía de su asombro cuando me vio.

-Pero… ¡por la sangre de Cristo! ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué no te has escapado? –miró a su alrededor-. ¿Qué has hecho? ¡Ven aquí! –me cogió de la muñeca sin ninguna ceremonia y me metió en la estancia. Yo ni siquiera me fijé en el hecho de que me había tocado y que seguramente me faltaba poco para estar infectada. Sencillamente, me dejé caer sobre el catre, al lado del guardia atado y amordazado que aún no había recobrado el conocimiento (esperaba que se quedara al menos siete días en la cama, más o menos el tiempo que los enfermos catalanes tiene que esperar en urgencias antes de tener una habitación, mientras los cómplices de la familia Pujol hacen que los fondos públicos lo mismo que sus antecesores, ignorando los cadáveres que caen a su alrededor).

-No puedo irme –dije sencillamente, con la voz quebradiza, como si hubiera huido de mí toda fuerza, toda voluntad de vivir-. Ella está aquí.

-¡¿Ella?! –la entonación de mi improvisado médico osciló entre lo interrogativo y lo admirativo, y por un momento pensé que sabía a quién me refería. ¿Qué es lo que realmente conocía de mí aquel pobre desgraciado? Levanté los ojos hacia él, que permanecía ante mí, encorvado, a una distancia prudencial, y por primera vez, despistada de mí, comprendí que tal vez existía una razón diferente a su enfermedad y los estragos físicos que le había producido para que no se mostrase abiertamente. Él me miró con lo que me pareció inquietud y retrocedió un poco más, para ocupar, de nuevo, la zona más oscura de la estancia. Entonces preguntó-: ¿A quién te estás refiriendo?

Decidí dejar mis sospechas para después, si es que había después. De todas maneras, nada era tan importante como lo que había descubierto en la alcoba de la torre.

-Se llama Isabel –contesté, interrumpiéndole-. Era una mujer alegre y generosa hasta que alguien a quien apreciaba mucho murió por mi culpa. Está aquí, en el castillo, con el señor. No sé lo que pretende, no sé si ha sido la venganza, el odio o la desesperación la que la ha conducido hasta este lugar, pero no puedo irme y dejarla, aunque la ayuda esté cercana. Ni un solo segundo.

La verborrea imparable del leproso se cortó en seco. Tras lo que me pareció un largo silencio, oí de nuevo su voz.

-Nunca hubiera podido imaginar… que tú conocieras la mujer que está con el señor. Me habían hablado de ella, aunque nunca he visto su rostro. Alguien dijo que llegó de la Corte, a traer un mensaje, y que fue del gusto del amo del castillo y que por eso se quedó. Dicen que es una mujer hermosa, aunque no bellísima, y plebeya, pero al parecer es de confianza de… -creo que comprendió de pronto las implicaciones de lo que estaba diciendo-… de la señora Blanca.

Decididamente, todo encajaba. Isabel, decidida a vengarse de mí, como si fuera Grecia rebelándose justamente contra su triste pasado dictatorial y explotador, había buscado a mis peores enemigos. Primero Blanca, después a mi antiguo señor. Me extrañó que no hubiese entrado nunca en la habitación para deleitarse viendo cómo yo continuaba sumida en el letargo. Probablemente mi estado de sopor le parecía un escaso castigo a mi maldad, y se había quedado fuera esperando el momento en que yo despertara para, por justicia divina, perecer a continuación en medio de los más terribles sufrimientos. O tal vez aguardaba a que yo abriera los ojos y me levantara para matarme con sus propias manos. Aunque algo me decía que la crueldad que tenía preparada para mí era mucho más sutil.

-Debes marcharte, Eowyn –continuó el leproso-. No sé qué porción de culpa tienes o crees tener en la muerte del amigo de esa mujer, pero no puedes hacerte también responsable del comportamiento de ella. Es una persona adulta y ha elegido el camino del odio y de la destrucción, de los demás e incluso de sí misma, en lugar de elegir el del perdón. Y si realmente quieres ayudarla, no podrás hacerlo si no tú misma no estás a salvo. Márchate.

-Pero… dijiste que ya es demasiado tarde…

-Aún puedes hacerlo. Vamos.

Justamente en ese momento, unos estentóreos gritos se oyeron en el exterior. Aguzamos el oído hasta que comenzaron a hacerse claros.

-¡Genovés! ¿Dónde estás? –era la voz de mi archienemigo. Al parecer, había requerido la presencia del guardia para algún servicio personal, tipo lavarle la jaula antes de dar de beber al canario, y se había encontrado con que el aludido se había esfumado. Continuó chillando como un descosido-: ¡Ruy! ¡Cristina! ¡Marc! ¡Álvar! ¡Hernán! ¡Ramón! ¡Arnau! ¡Ramiro! ¡Luis! ¡Jaume! ¡María!-. ¿Dónde se ha metido ese sucio mercenario, así se lo lleve el diablo al más pestilente de los infiernos?

-Hace un buen rato que no lo veo –reconocí la voz clara de Ruy, el segundo capitán de la guardia. Yo había apreciado mucho a ese hombre, al igual que a Cristina, la única chica además de mí misma-. Pensaba que estaba con vos, señor. La última vez que hablé con él se disponía a llevar la comida a…

El leproso no me dejó que continuará escuchando.

-Prepárate –me dijo. Los últimos acontecimientos, el letargo, las tristes revelaciones, me habían dejado tan desconcertada que era incapaz de acuñar un pensamiento práctico, y solo pude mirarle mientras se dirigía al rincón donde estaba el rancho que el Genovés había traído. Nunca había experimentado algo así, mi sentido de la conservación siempre me había guiado en las peores situaciones. Hoy puedo decir que de no haber sido por el valor y la decisión del aquel hombre estaría muerta. Aunque tal vez habría sido mejor así…

El leproso se dirigió hacia el Genovés armado con la jarra de agua probablemente poco limpia, y la vació sobre la cara del guardia traidor, que se incorporó de la cama lanzando un grito ahogado por la mordaza. A continuación, el pobre enfermo, que ya no se movía como un enfermo y que desde luego no parecía ser flaco, pequeño, anciano y débil ahora que ya apenas caminaba encorvado, sacó mi espada del cesto de ropa, la sopesó dubitativamente, como si no acabara de hacerle el peso, y cortó con ella las ligaduras del Genovés.

-Está bien. Vámonos de aquí. Genovés, tú nos guiarás por el camino más corto hacia la salida. Tendrás una recompensa si lo haces –le amenazó con la espada-. No hay tiempo de perder. Puedes lavar ahora tu traición a Eowyn, que siempre te trató bien.

-¡Pero yo nunca la traicioné! –protestó el Genovés, sin dejarme meter baza-. Me dijeron…

-No importa eso ahora. Te prometo un mejor empleo y una bolsa llena de monedas si me ayudas. Te doy mi palabra de caballero y de noble, y te puedo asegurar que lo soy aunque las circunstancia me hayan llevado a esto que ves –todo era sorprendente y precipitado, y yo estaba tan anímicamente acabada que no fui, lamentablemente, capaz de reaccionar. Ni siquiera cuando el leproso se colocó detrás de mí, me sujetó contra él con un brazo que parecía cualquier cosa menos escuálido, y apretó contra mi boca y nariz un paño humedecido en una sustancia que no pude identificar pero que olía como los contaminantes que las empresas vierten en los ríos con permiso del Gobierno. Antes de que pudiera darme cuenta, caí de nuevo en el sueño comatoso del cual quizá no habría debido salir.

(continuará)


Volver a la Portada de Logo Paperblog