Revista Arquitectura

Nuestros antepasados

Por Arquitectamos
(A Merxe Navarro)
Mi amiga virtual en las redes Merxe Navarro me ha pasado indignada un artículo donde, de nuevo (y ya es una costumbre) se denigra la arquitectura. (Clicad aquí).
La cosa consiste en que el ayuntamiento de Jávea (Xàbia en valenciano) acaba de aprobar una ordenanza que prohíbe las cubiertas planas, las grandes cristaleras y todos los excesos demoníacos de la arquitectura contemporánea, esa siniestra disciplina. (No sé si, ya puestos, y en plena carrerilla purificadora y salvífica, han prohibido también los versos que no riman, la pintura abstracta, la música dodecafónica y el fútbol femenino).
El periodista nos lo cuenta con verdadero entusiasmo. Se ve que es muy partidario: Nos dice que bueno, que sí, que ha habido alguna casa moderna muy premiada, pero que eso ha degenerado ya en verdadero vicio y desparrame, a lo que el alcalde, justamente indignado, ha puesto fin. Ya era hora.
El ayuntamiento, harto de esto:
Nuestros antepasados
ha exigido esto otro:
Nuestros antepasados Estas dos fotografías están sacadas de la galería de imágenes del artículo citado. O sea, que no son exageraciones mías.
Mucho mejor. Dónde va a parar.
Pero el motivo por el que vuelvo a hablar de este aburrido y manido tema es porque me ha hecho gracia. Me ha divertido mucho que el asco que siente esta gente por un cierto lenguaje arquitectónico sea vergonzante; vamos, que no se atrevan a reconocerlo, sino que lo justifiquen con una excusa "razonable" e incluso "racional".
Y la excusa elegida esta vez es... ¡tachánnnn!... ¡LA EFICIENCIA ENERGÉTICA! ¡BRAVO! ¡BIENNNNN! ¡YUJUUUUU!
Nuestros antepasados (Fuente de la imagen aquí)
La eficiencia energética, la sensatez económica, la sostenibilidad. Joé, si es que le saben emocionar a uno.
Nuestros antepasados (Fuente aquí)
Esto es como cuando alguien dice: "No tengo nada contra los inmigrantes, pero..." e intenta dar una explicación, un motivo lógico para atacarlos. Que no, hombre, que no; que es usted un xenófobo de mierda y ya está. No disimule. Pues aquí igual. No, si lo de la cubierta plana o las cristaleras grandes no es que me disgusten como elemento moderno; es que son energéticamente ineficientes.
Ya el periodista introduce el tema: "Más de una de estas viviendas se sobrecalienta al dar todo el día el sol en las cristaleras". (Todo el día: Orientación absoluta -ábsolut orienteision- se llama esta figura). Vamos a ver: Las cristaleras tienen un coefiente de transmitancia jorobado, de acuerdo, pero dan también muchas ventajas aprovechando el efecto invernadero en invierno, y además hay ahora vidrios con unas fantásticas propiedades. Pero venga, vale, le damos el beneficio de la duda. El vidrio es un material delicado, y el muy avanzado y de muy altas prestaciones es también muy caro, de acuerdo. Aunque tal vez merezca la pena rascarse el bolsillo para aprovechar las vistas al mar, que, por cierto, en Jávea/Xàbia viene quedando al este y por tanto el sol entra solo por la mañanita. Además podemos construir viseras en voladizo, pérgolas y elementos varios para paliar el soleamiento. Vamos, que la solución a tener los pies fríos no es cortárnoslos.
Pero no. Vaya gana de darle vueltas y de marearnos pensando soluciones constructivas. La solución total la tiene el lumbreras del alcalde. Dice que las tejas árabes, las ventanas de madera y los porches con arcos (estilo riurau) son más ecoeficientes. Y remata: "Nuestros antepasados sabían lo que se hacía".
Pues a la porra. A tomar por ichi. Asunto solucionado: Los porches (con arcos, eh, tienen que ser con arcos) son más ecoeficientes. Los arcos estilo riurau son la quintaesencia de la felicidad y de la ecoeficiencia. Un arco estilo riurau tiene un coeficiente de transmitancia de jopelines.
Ya está todo dicho: Nuestros antepasados sabían lo que se hacía. "Lo dijo Blas: punto redondo". Nuestros antepasados sabían la verdad que ya hemos perdido para siempre.
Qué nostalgia, qué pena, qué frustración. Nuestra hiperavanzada civilización no sabe operar un cáncer de colon como lo hacían nuestros antepasados, ni navegar como ellos, ni volar, ni conservar en frío, ni comunicarse a distancia, ni cartografiar las costas, ni imprimir en cuatricomía como se hacía en los tiempos remotos, ni escanear documentos como entonces, ni calcular el movimiento de los astros, ni viajar al espacio exterior, ni estudiar la estructura molecular del ADN como hacían nuestros sabios antepasados. Ellos sí sabían lo que se hacía.
¿O lo que ha querido decir el señor alcalde es que hemos avanzado en todo lo demás y en lo único que hemos retrocedido es en la arquitectura, que los únicos retrógrados y antiprogresistas somos los arquitectos? Pues yo diría que sí, que es eso justamente lo que ha querido decir: que la arquitectura contemporánea es más mala que una lechuga de Chernobyl. Qué pena, qué lástima que la arquitectura haya perdido todo su saber ancestral, su verdadera razón de ser y su ecoeficiencia.
Sí. Tiene razón. La casa de mis abuelos en Seseña tenía el piso de tierra batida. Mi abuela asperjaba agua todas las mañanas metiendo la mano en un cubo y achicando su contenido al suelo. Yo eso no lo conocí. Cuando yo iba de niño a casa de mis abuelos ya tenían baldosas; ya habían degenerado, perdida para siempre buena parte de la sabiduría de sus antepasados.
Las vigas tenían carcoma, eso sí (y qué casa no la tenía), y por la cámara de arriba corrían los ratones entre el entrevigado de cañizo que se pudría cariñosa y amablemente. Era todo muy hermoso. No había agua corriente: Mi madre y sus hermanas bajaban a la fuente con una carretilla de aquellas de madera con dos agujeros en los que iban encajados dos cántaros. ¿Las llegasteis a conocer? Yo sí. Hasta ahí sí llegué. Esa sabiduría sí la disfruté.
Nuestros antepasados Esa carretilla, tal cual, estaba en todas las casas de Seseña. (Imagen de milanuncios.com)
Luego llegó el agua corriente y lo mandó todo a la mierda. Maldita sea.
Por supuesto, en la casa de mis abuelos no hubo cuarto de baño hasta después de haber nacido yo. Ni siquiera una letrina. Las evacuaciones líquidas y sólidas se hacían en la cuadra, al fondo del patio. La gente se lavaba por partes, echando agua a una palangana y lavándose con ella la cara, el pecho, los sobacos... Había un orden de lavado, de más delicado a más grosero y de más limpio a más sucio. Es decir: Te lavabas la cara con la primera agua, limpia y a estrenar, y luego las manos, el pecho... No convenía gastar mucha agua porque, aunque era gratuita, tenías que volver a bajar a la fuente con la carretilla, y buena gana de trabajar de más. Era un arte que nuestros antepasados dominaban y que ya se ha perdido. Una verdadera pena. Nosotros, seres ignaros y brutos, nos duchamos de una vez. ¡Hala! ¡A lo loco! ¡Sin conocimiento ninguno! Así nos va.
Ellos se bañaban un par de veces al año, o a lo sumo tres. Y desde luego nunca en otoño o invierno, puesto que lo que hacía de bañera era una media tinaja colocada horizontalmente en el patio sobre dos borriquetas de madera (recuerdo una vez en que me bañaron en ella). No como ahora, con tanta bañera y tanta ducha, e incluso tanto jacuzzi y demás signos de decadencia y oprobio.
Cuando yo era niño ya había luz eléctrica, pero cuando lo era mi madre no: Candiles, braseros de picón (por cuya causa mi madre caía atufada cada dos por tres), cocina de paja... Qué delicia. Nuestros antepasados sí que sabían lo que se hacía.
Y así todo: El botijo era mucho mejor que el frigorífico, la sombra mejor que el aire acondicionado, la sopa caliente mejor que la penicilina, el vidrio simple, lleno de pompas y aguas, mejor que los de ahora, y así todo. Por las rendijas de las ventanas corría el aire. En invierno se encajaban papeles entre las hojas y el cerco.
Bueno. Me canso. Qué cosa más aburrida. Vamos a ir resumiendo:
¿Que con un lenguaje moderno se puede hacer pésima arquitectura? Por supuesto. Claro que sí. ¿Que con un lenguaje rústico/nostálgico se puede hacer pésima arquitectura? Es casi obligado; para empezar, porque se está haciendo arquitectura falsificada. Pero vaya gana de insistir.
Que lo reconozcan abierta y francamente, que digan sin complejos que les da asco la arquitectura moderna, la pintura abstracta, el jazz, la poesía que no rima, el teatro del absurdo y todo lo que se salga del estrecho carril de sus caletres y prejuicios. Y, ya puestos, que asuman que la arquitectura no les gusta en absoluto, ni la contemporánea ni ninguna otra, porque si pretenden que se haga ahora al estilo riurau es como si pretendieran que se hiciera gótico, románico o azteca, sin entender que la buena arquitectura ha sido siempre adecuada a su lugar, a su cultura, a su técnica, y que hacer ahora un estilo "antepasado" por pura nostalgia es no haber entendido ese estilo y no tener el más mínimo interés por entenderlo.
Y lo peor es que esta gente, estos bestiajos ignorantes, tienen poder normativo, tienen el autoritarismo descarado, grosero y aplastante, y, sobre todo, la desfachatez de exigirnos que hagamos tejados de teja árabe, arcos riurau y ventanas de madera. Pero entonces, eso sí, hay que ser coherente: Si hacemos todo eso en homenaje a nuestros queridos antepasados también tenemos que poner la palangana en la cómoda, verter en ella el agua limpia del cántaro y lavarnos primero la cara, luego las manos, después el pecho, los sobacos, las ingles, y terminar enjuagándonos delicada y afectuosamente el sufrido sitio hasta el que me tienen.

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