Revista Historia

Olañeta, el fanatismo que ayudó a perder la última colonia española en Sudamérica

Por Ireneu @ireneuc

Los procesos de independencia de las colonias españolas durante los siglos XIX y XX, si algo se puede decir de ellos es que no fueron ni amistosos, ni modélicos. Más allá de los relatos heroicos o exculpatorios encaminados sobre todo a intentar levantar la moral de una sociedad que había visto perder de una forma casi inaudita el 95% de su territorio en menos de un siglo, la verdad es que buena parte de estas independencias fueron causa de la mala gestión o, directamente, de la incompetencia de los diferentes gobiernos peninsulares. Ejemplos como los de la independencia de Cuba ( ver El negado derecho a decidir que independizó Cuba de España), Filipinas ( ver Rizal o cómo un pacifista hizo perder las Filipinas a España) o la absolutamente desquiciante de Guinea Ecuatorial ( ver Un despropósito llamado independencia de Guinea Ecuatorial), nos dan idea de la magnitud de la tragedia. No obstante, no son los únicos, y un episodio especialmente bochornoso se produjo cuando una pugna absurda entre altos mandos españoles acabó por hacer perder la última colonia española en Sudamérica.

Durante la Guerra de la Independencia, el caos se había apoderado del extenso Imperio Español. Los franceses habían ocupado la península y secuestrado (por decir algo) a Fernando VII, por lo que el poder legítimo español se había volatilizado quedando en manos de juntas de emergencia que hacían lo que podían allí donde la garra francesa aún no había llegado. Las colonias americanas no fueron una excepción y, dado el desgobierno, se tuvieron que organizar autónomamente, dando pie a movimientos de independencia que, en pugna de legitimidad con las juntas peninsulares, los ejércitos españoles allí destacados malamente podían contener. Para más inri, cuando Fernando VII volvió en 1814 ( ver ¡Muera la libertad!.. y no era una broma) lo hizo como toro en cacharrería, volviendo al absolutismo más reaccionario, deshaciendo el trabajo de modernización de las Cortes de Cádiz e intentando meter a la fuerza al redil monárquico a las colonias díscolas. Unas colonias que reconocían la legitimidad de Fernando VII pero que, habiendo probado los beneficios del autogobierno, en ningún modo aceptarían el retorno a una situación más represora que la de antes de la invasión francesa.

Para liarla aún más gorda, a parte de episodios de corrupción flagrantes que afectaban directamente la presencia de España en sus colonias ( ver La estafa de los Barcos Negros, cuando la podredumbre de un gobierno no solo afecta la madera ), la disputa entre los liberales y el rey hizo que del 1820 al 1823 se instaurase de nuevo "La Pepa" (La constitución de 1812) dividiendo a la sociedad española entre los absolutistas y los liberales. Los militares españoles destinados en las colonias americanas también entraron en esta dinámica cainita, pero con tal fanatismo que incluso alguno se "olvidó" de cual era el verdadero enemigo que tenían que batir. Y eso fue lo que le pasó al general Pedro Antonio de Olañeta.

Olañeta, militar vizcaíno más absolutista que el propio Fernando VII, estaba destinado en el Alto Perú (actual Bolivia y sur del Perú) cuando tras el Trienio Liberal, el rey vuelve a instaurar el absolutismo. En ese punto, Olañeta decide no reconocer la legitimidad de José de la Serna, virrey del Perú, por haber destituido en su momento al absolutista José de la Pezuela y haber sido ratificado por los liberales, rebelándose el 22 de enero de 1824 y reconociendo exclusivamente el poder de Fernando VII. A partir de entonces, Olañeta se autoconfirma como el verdadero garante de la legalidad monárquica en el territorio del Alto Perú, considerando igual de enemigos a las tropas de De la Serna que las libertadoras. Y si me apuran, las tropas del virrey, eran peores para sus ojos. De locura.

Así las cosas, el virrey se encontró que, durante el primer semestre de 1824. los ejércitos españoles, en vez de luchar de forma coordinada contra los ejércitos independentistas, se desangraban en inútiles batallas entre los 5.000 hombres de Olañeta y los 5.000 de De la Serna. Batallas que, ganadas por unos u otros de forma pírrica, lo único que conseguían era diezmar las fuerzas realistas, mientras que Simón Bolívar flipaba en colores ante semejante despropósito. No en vano, aprovechando el follón entre Olañeta y De la Serna, Bolívar presentó batalla el 6 de agosto en Junín (Perú) derrotando a las tropas realistas liberales del general Canterac, mientras que, a la vez, felicitaba a Olañeta por su férrea defensa del Alto Perú ante las tropas españolas y lo invitaba a que se emancipara de la corona. Evidentemente Olañeta no le hizo ni caso ya que, si el Alto Perú era un territorio autónomo, lo era para Fernando VII, sin darse cuenta que tan extremista se había vuelto que estaba consiguiendo hacer lo contrario de lo que pretendía: en tanto que los refuerzos no llegaban, aislado en lo alto del Altiplano Andino, el territorio se había vuelto, de facto, independiente de España.

Las tropas realistas liberales de De la Serna (confirmado como virrey por Fernando VII el 9 de agosto), desmoralizadas tras el varapalo de Junín y por la nula llegada de refuerzos -no había flota efectiva que llevara contingentes suficientes de refresco a América-, bajaron la guardia y tras una nueva derrota contra los independentistas de Sucre y Bolívar en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, abandonaron la lucha y dieron fin al Virreinato del Perú y con él la presencia oficial española en Sudamérica.

Empecinado en mantener su rincón en nombre del rey pese a todo y contra todos (un sobrino suyo lo traicionó al general Antonio José de Sucre y uno de sus mejores oficiales se pasó a las tropas libertadoras), Olañeta luchó hasta el fin en Tumusla, cayendo herido y derrotado el 1 de abril de 1825. El general murió al día siguiente por las heridas (hay quien dice que fue asesinado) permitiendo con ello la independencia efectiva del Alto Perú y su conversión en la República de Bolívar, posteriormente bautizada como Bolivia.

En definitiva, que Pedro Antonio de Olañeta, aún queriendo hacer gala de una fidelidad a ultranza a un rey con mucha mala leche, muy pocos escrúpulos y menos luces (Fernando VII nombró virrey a Olañeta tres meses después de morir), lo único que hizo fue perjudicar de forma grave y definitiva los intereses de la Corona en Sudamérica. El ciego y estúpido fanatismo, en vez de asegurar la posesión de la plaza, dividió el contingente militar encargado de controlarla dejándola a merced de sus oponentes. Un ejemplo más de que la pasión desbocada, sin el control de una inteligencia prudente, es sinónimo del mayor de los fracasos.

Y España, otra cosa no, pero pasión...


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