Revista Salud y Bienestar

Parece que fue ayer…

Por Mbbp

 

PARECE QUE FUE AYER…

Parece que fue ayer y ya han pasado bastantes años! Mi querida hija nació un 5 de marzo, hoy hace 14 años. Aún recuerdo la emoción de tenerla en mis brazos recién llegada a este mundo. Como también recuerdo sus primeros momentos, sus grandes ojos mirándome sorprendida, sus manitas agarrando mi dedo pulgar cada noche para ir a dormir, sus tiernos achuchones mientras estaba envuelta en una mullida toalla después del baño, sus primeros pasos con asombro y alegría, el primer día en bicicleta sin ruedines y su cara de orgullo por haberlo logrado sin mi ayuda…

Desde siempre la he tratado como si fuera mayor, sin balbuceos cuando era bebé ni mentiras piadosas, cuando fue algo más mayor. Siempre creí que debía darle confianza, a medida que su edad le permitía tener más responsabilidad. Eso generó una gran y bella complicidad entre ambos. Siempre le hablé -y le hablo, aún- desde el corazón, pues es el lenguaje que mejor entienden los niños de cualquiera edad! Me gustaba mirar sus atentos ojos y observar sus movimientos de bebita, sus gestos, sus muecas, que con la edad iban cambiando día a día…

Pero, si tuviera que explicar por qué mi hija es lo más importante que me ha podido pasar en mi vida, es porque ella le da sentido pleno y, a la vez, es mi mejor maestra, en ese a ratos difícil sendero que inicié hace unos años hacia mi mismo. Y es que los niños viven en el Alma y en el aquí y ahora, desde su nacimiento, que es donde cada día más deseo vivir yo! Los niños no tienen temor, ni aditamentos, ni accesorios, ni dobleces, para ser tal como son, desde siempre y a cada momento. Y eso es lo que buscamos ciertas personas mayores que nos autotorgamos el papel de maestros de la vida sin serlo y sin tan siquiera poderlo enseñar a nuestros queridos hijos…

En esta vida no hay maestros ni alumnos, sino que esos papeles se van intercambiando según cada momento entre los padres y los hijos. Nosotros les enseñamos lo conveniente y presumiblemente educado, mientras que ellos nos enseñan lo auténtico y real; nosotros los padres les enseñamos a leer y escribir, mientras que ellos nos enseñan a expresar y hacerse entender, sin palabras; nosotros les enseñamos a parecer y tener, mientras ellos nos enseñan a ser y a sentir…

Pero los años pasan y nuestros hijos crecen. Como mi hija, que a sus 14 años recién cumplidos ya es está tan alta como yo, aunque eso no sea un gran mérito, pues no soy demasiado alto. Su capacidad de recordar detalles aparentemente insignificantes de su infancia conmigo, a veces me conmueve y me asusta, pues me hace ser consciente ahora de la importancia que tenían mi actitud y mis gestos irrelevantes en su niñez. Nunca pretendí ser modelo de nadie, pero mi hija me escogío como modelo, sin decírmelo, como lo hacen todos los niños. Aún así, repetiría minuto a minuto mi vida compartida con ella con el convencimiento de que, aún pudiendo equivocarme, siempre le intenté dar lo mejor de mí y le enseñé a ser en todo momento ella misma. Ese es el más preciado tesoro que se le puede regalar a un hijo, digan lo que digan…

Y hoy y a partir de hoy observaré cómo ella paulatinamente se adentra en este mundo nuestro, del que yo ya estoy de vuelta. Y, nuevamente, me enseñará a convivir en él, cueste lo que cueste, aunque sea solo para estar cerca de ella, como siempre. Y una vez más será mi maestra de todo lo que aún está por llegar y que ella, por razones de edad y de capacidad, siempre entenderá y aceptará mejor que yo mismo. Al fin y al cabo, este mundo de hoy ya es más suyo que mío! Y mi orgullo como padre no se verá afectado por su posible indisciplina juvenil, sino que prevalecerá el valor de haberle educado para ser ella misma y tomar sus propias decisiones, aunque no siempre las comparta y acatando su inapelable derecho a acertar o a equivocarse, como yo lo hice a su edad y ahora, en la mía…

Supongo que un día como hoy me invita a reflexionar sobre el privilegio de tener una hija de 14 años como la que tengo y sobre mi papel de padre en su vida, antes y a partir de ahora. La vida es cambio constante y aceptar eso es una virtud que, sin duda, poseo. Solo le pido a la vida que continúe teniendo ese don y confianza (o sea, amor) en ella, mientras vea crecer y cambiar a mi hija, cada día. Su crecimiento humano como hija, mujer -y tal vez algún día madre y abuela- será siempre mi mejor recompensa como padre, permanente aprendiz de ella y de la nueva vida que ella día a día representa… y me invita a revisar y a compartir!

 


Volver a la Portada de Logo Paperblog