Revista En Femenino

Que no nos cuenten cuentos (a la mierda las hadas):

Por Odellera

Reflexiones


Los cuentos apestan a «machismo»:

Desde pequeña he disfrutado de los cuentos de Hadas y Princesas. En general de todas las historias en las que la protagonista eran mujeres (por aquello de sentirme identificada). De hecho, he terminado escribiendo novelas «de» y «para» mujeres. Quizás siguiendo un dictado inconsciente para vengar las humillaciones leídas en fábulas que apestan a pluma machista. Porque no me diréis que los cuentos de «toda la vida» no son injustos con nosotras. No es algo que salte a la vista, ya suelen encargarse que el trato denigrante hacia la mujer vaya envuelto en una capa de paternalismo; al que por desgracia estamos acostumbradas y lo asumimos como algo normal, aunque no lo sea.

Pero como decía un anuncio de detergente: el frotar se va a acabar. Hoy pienso rajar y desplumar a todas las pavas que aparecen en los cuentos. ¿Te apuntas?

La lerda de turno a la que el macho debe sacarle las castañas del fuego:

Es muy típico que en los cuentos aparezca una protagonista femenina medio tonta, o tonta del todo, que se mete en líos; es la excusa perfecta para que al final el macho alfa la tenga que rescatar.

Pongamos como primer ejemplo a Caperucita Roja. La tonta de las tontas por excelencia. Nunca me ha caído bien. Tiene que llevar una cesta de comida a su abuelita, que vive en la otra punta del bosque, y su madre le advierte de los peligros que la acechan. ¿Pero qué hace Caperucita con los consejos de su madre? Pasárselos por la peineta. A ver, a primera vista podríamos decir que es una rebelde enfrentándose a los poderes fácticos maternos. Pero la teoría queda desmontada en un pis pas. Si fuera rebelde, lo primero que hubiera hecho es negarse a llevar la cesta de comida a casa de la abuelita. La conversación con su madre hubiera sido la siguiente:

—Caperucita, tienes que llevar esta cesta con comida a la abuelita, que está enferma.

—Jo, mamá… me da palo… ¿Por qué no vas tú?

—Porque no. Anda, coge la cesta.

—¡No quiero ir! ¿Estás sorda?

—¡Harás lo que yo te diga, que para eso soy tu madre!

—¡Y la abuelita es la tuya! ¡Llévale tú la maldita cesta!

—O llevas la cesta a la abuelita, o te dejo castigada sin salir al bosque lo que queda de mes —. Caperucita agarra la cesta de malas maneras, refunfuñando —Y si te encuentras con el lobo por el camino, no hables con él.

¡Hablaré con quién me dé la gana! A ver si encima voy a tener que estar muda.

En un escenario como el que acabo de plantear, hubiera sido creíble que Caperucita se detuviera a hablar con el lobo. Solo para joder a su madre. Sin embargo, en el cuento nos la pintan tan sumisa que lo único que puedes pensar, cuando se detiene a hablar con el lobo, es que es tonta de capirote. La muy pava se deja engañar por él a pesar de las sabias advertencias de su madre.

De pequeña, jamás entendí como era posible que Caperucita no se diera cuenta de nada. Ni de que el lobo la estaba camelando, ni de que la abuelita no era la abuelita. Recordemos sino, las estúpidas afirmaciones de la protagonista del cuento al encontrarse el lobo disfrazado de abuelita:

—Abuelita, qué ojos más grandes tienes (sí, encima del hocico).
—Abuelita, qué manos más grandes tienes (coño, con garras y peludas)
—Abuelita, qué orejas más grandes tienes (y un poco raras, también)

Comprenderéis que con estas muestras de sagacidad, al llegar al punto de «Abuelita, qué boca (o dientes, dependiendo de la versión) tan grande tienes», yo ya estuviera deseando que el lobo se zampara a Caperucita. ¡La pobre era insufriblemente retardada!

Otra a la que no soporto es Blancanieves. Buena, buenaza hasta decir basta (¡Arggg!). Guapa y, como no, lerda a más no poder. Como su amiga Caperucita. Ah, ¿qué Blancanieves no es lerda? Pues no sé qué otro adjetivo podría utilizar. A ver, el resumen de la historia es el siguiente:

Blancanieves es una tía a la que su madrastra tiene esclavizada, obligándola a limpiar el castillo desde que era una cría. Al final, se escapa. No porque la haya estado explotando casi desde la cuna, no. Sino porque un sicario, vamos a decir, contratado por su malvada madrastra, quiere matarla. Blancanieves huye, adentrándose en el bosque y, de chiripa, no por sus dotes de estratega, se refugia en una cabaña, donde no se le ocurre otra cosa que ¡ponerse a limpiar! ¡Manda Huevos! Todo muy normal y lógico, ¿no? Pero las imbecilidades de Blancanieves no terminan ahí. Los dueños de la casa, 7 enanitos, acuerdan que puede quedarse a vivir con ellos (supuestamente para protegerla de su madrastra). ¿Y qué hace ella? Erigirse en su «chacha», limpiando y cocinando. Que sí, que ellos la tratan muy bien y le ceden la cama y tal… pero ¡joder! que los putos enanitos están forrados hasta las orejas (recordemos que trabajan en una mina de diamantes). Aun así, a ninguno de ellos se le ocurre darle unos pedruscos a Blancanieves para que pueda empezar una nueva vida, de incógnito, en otro Reino, lejos de la malvada madrastra que la quiere pelar. La cuestión es que Blancanieves se queda en la cabaña y los enanitos, que se preocupan mucho por ella (no se van a preocupar, con lo difícil que es encontrar asistenta doméstica en medio de la nada),  le advierten que no abra la puerta, ni hable con nadie, mientras ellos estan fuera.

Un inciso: siempre me he preguntado si los enanitos eran paranoicos o visionarios. ¿Vivían en una cabaña situada en lo más profundo del bosque (vamos, que por ahí no pasaba ni Dios) y les preocupaba que Blancanieves fuera asaltada mientras ellos no estaban? Raro, raro, raro…

Total, que al final aparece una vieja en el claro del bosque, fea de cojones. Yo no me fiaría de nadie con esa pinta, pero la mentecata de Blancanieves sí; es lo que tiene ser tonta. Menos mal que todos los tontos tienen suerte y en lugar de morir envenenada por la manzana que le da la vieja (que en realidad es su madrastra disfrazada), cae inconsciente al atragantarse con el primer pedazo que muerde. ¡Madre mía del amor hermoso!

Con todo lo expuesto, puedo concluir que Blancanieves sigue la misma línea de conducta que Caperucita. Es decir: sumisión + ni puñetero caso a las advertencias de peligro. Por consiguiente, en ambos cuentos, tiene que aparecer un macho alfa para salvarlas del peligro (el cazador y el príncipe, respectivamente). Nada fuera de lo «normal», teniendo en cuenta que el CI de las dos no llega ni a 85. Casi ná…

Las mujeres más cabronas de los cuentos:

Con los cuentos nos han querido vender la moto de que las mujeres son tontas, y además, que necesitan un machote que las ayude a resolver sus problemas y las saque de los líos en los que se meten. En estas historias suele haber otro mensaje subliminal, igual de asqueroso y machista: «las mujeres se odian entre ellas». Analicemos.

Odios a causa de la belleza:

Madrastra vs. Blancanieves (la madrastra la odia por ser más guapa que ella)
Madrastra vs. Cenicienta (la madrastra la odia por ser más guapa que sus hijas)

Secuestros y mentiras:

Bruja vs. Rapunzel (la secuestra y la mantiene encerrada en una torre durante años para aprovecharse del poder de su pelo, haciéndose pasar por su madre, ocultándole la verdad)
Hadas madrinas vs. Bella durmiente (la secuestran y la tienen en el bosque viviendo con ellas sin contarle quién es en realidad)

Ahora, las más fans de estos cuentos, me diréis que las hadas de la Bella Durmiente no son malas, que solo querían protegerla. Ya. Miradlo desde otro punto de vista. Si el maleficio decía que Aurora, más conocida como Bella Durmiente, iba a pincharse con la aguja de una rueca en su décimo sexto cumpleaños, ¿para qué narices se la llevan a vivir al bosque durante tres lustros?

¡Las hadas son las más cabronas de los cuentos! Os lo aseguro. El hada madrina de Pinocchio, por ejemplo, ¿qué es eso de hacer que le crezca la nariz cada vez que suelta una trola? ¡Eso es crueldad en estado puro! Intentad estar un solo día sin soltar una mentira. A ver si pasáis la prueba del algodón. La cosa podría ir así:

Sales de casa, con una mala leche increíble. El despertador ha sonado a las 6 de la mañana, como cada día. Te espera una jornada de perros en la oficina: trabajar codo a codo con una compañera insufrible y soportar a un jefe gilipollas integral. Subes al ascensor y te encuentras con un vecino.

—Buenos días —. saluda el incauto.
—Buenos días —. respondes tú, para ser educada.

Ay, ay… ¿no notas que la nariz está más grande? ¡Qué coño van a ser «Buenos días»! Y eso que el día no ha hecho más que empezar. Después, llegas a la oficina. Más «Buenos días». Más nariz. Seguimos.

—¿Te importa si me pongo con estos informes mientras tú terminas esto?
—No, claro que no. (Me cago en todo lo que se menea, cabrona. Tú siempre cogiéndote el trabajo más fácil)

Fiuuuuuu… Más nariz.

—Me he comprado este vestido nuevo. ¿Te gusta? — te pregunta tu mejor amiga.
—Me encanta. Te sienta de maravilla (Pareces una morcilla embutida)

Fiuuuuu…. Más nariz. Y así podríamos seguir hasta la eternidad. Conclusión: el hada de Pinocchio era una harpía de tres pares de cojones.

¿Y qué me decís de Campanilla? Celosa entre las celosas. Puteando a Wendy y a Peter Pan. Pero la peor: el Hada Madrina de Cenicienta. Ufff… esa es la peste. La tía se presenta de repente en casa de Cenicienta, para que la pobre pueda ir a la fiesta organizada por el Príncipe (también podría haberse presentado antes, para deshacerse de la madrastra y de las hermanastras). Y la muy burra ( a la hada me refiero) va y le presta unos putos zapatos de cristal, ¡para ir a bailar! Vamos, los más adecuados y cómodos. Ya es raro que la chica no se descalabrara bajando las escalinatas de Palacio. Porque encima tuvo que irse cagando leches, ya que el Hada Madrina, la muy cabronaza, le había impuso toque de queda: a las doce en casa.

¡A la mierda las Hadas Madrinas! Olga de Llera

Fueron felices y comieron perdices:

Ja,ja,ja… ¿Nos han tomado por imbéciles? ¿De verdad quieren que creamos que «fueron felices y comieron perdices»?

A Pinocchio le hicieron bullying en el colegio, porque gracias al Hada Madrina, todo el mundo sabía que era un mentiroso compulsivo.

Blancanieves tuvo que ir a terapia durante años para tratarse el trastorno obsesivo-compulsivo que la obliga a pasarse cada día más de 10 horas limpiando; murió por una reacción alérgica al zumo de manzana.

Caperucita Roja jamás superó el trauma de ver como el cazador abría al lobo en canal y sacaba el cuerpo, medio digerido, de su abuelita.

La Bella durmiente se enganchó a los somníferos (tantos años durmiendo le produjo un efecto rebote) y el Príncipe le pidió el divorcio.

Y por último… Cenicienta, que se arruinó al invertir toda su fortuna en facturas de podólogo; debido a los problemas que los zapatitos de cristal le produjeron en los pies.

Que no nos cuenten cuentos (a la mierda las hadas):

Esta es la pura realidad (foto vía dinagoldstein.com)

¿Qué? ¿Todavía crees en los cuentos?

No olvides dejar tu opinión. Me encantaría saber qué personaje de cuento (femenino) odias y porqué (si es que odias alguno, claro).

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About the Author
Que no nos cuenten cuentos (a la mierda las hadas):

Olga

Adicta al chocolate y soñadora. Me dedico a escribir por placer.

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