Revista Cultura y Ocio

Radical – @CosasDeGabri + @Innestesia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

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-tonces ella lo entendió todo. Nadie aparecería de repente en el andén cuatro de aquella estación de tren. Él había mentido una vez más. “Dejaré a mi mujer por ti”, “huiremos a París”, “seremos felices”. A puñalada por suspiro. A suspiro por recuerdo.

Debajo del sombrero marrón las lágrimas arrasaban los sueños de una mujer sentada sobre su maleta. El ruido ensordecedor de los trenes al pasar silenciando los sollozos y un bolso lleno de desamor y ganas de huir.

La vida -decía al agente que hacía turno de pie- la vida es una maldita basura, ¿sabe? Yo sólo quería volver a creer en la poesía. Despertar por la mañana y rimar, al fin, con alguien. Ser la parte bonita de una historia de amor entre dos. Sólo dos. ¿Dónde iré yo ahora, señor? ¿Me va a rescatar usted de esta tragedia barata?

Dos horas después de las siete de la tarde, se rindió. En ese momento cualquier tren sería una tabla de salvación. Una puerta, un barco, un abrazo. Miró a su alrededor, desorientada, buscando con la mirada afilada cualquier posible huida de la realidad. Quería, ante todo, dejar atrás el dolor que estaba por venir. A Coruña o Sevilla, no importaba. Sabía, en cualquier caso, que no estaba preparada. En parte porque con las prisas y la emoción en la maleta sólo había metido libros y algún vinilo.

La lluvia llegó de repente y empezó a mojarlo todo. Sin compasión. Como una bofetada con la mano abierta. Su blusa un poco transparente y los vaqueros ajustados se le pegaron al cuerpo y le hicieron tiritar. Aquel peinado tan bonito que se hizo para el día más importante de su vida escurría ahora por sus mejillas. Apenas quedaba nada de la chica que horas antes destapaba el pintalabios rojo ante el espejo. Se había convertido en una maldita metáfora de sí misma. Le temblaba la vida y titubeaba al pensar. Se le notaba en

-455-


El desorden de sus pensamientos le había conducido dos horas antes hasta aquella librería. Había caminado absorto y sin rumbo, con la mirada perdida, encendiendo un cigarrillo tras otro como tenía por costumbre cada vez que bajaba a caminar para aclarar sus ideas. Por su particular forma de sujetar el filtro con los dedos índice y corazón a la altura del interdígito, se tapaba la cara con la mano al fumar, como si quisiera esconder las palabras que murmuraba en un tono apenas audible. Cruzó dos pasos de cebra sin mirar y al llegar al tercero se detuvo en la calzada encima de la segunda raya blanca, atraído por el infrecuente sonido del timbre de una bicicleta. Un coche pasó rozando la punta de sus zapatos, pero no le prestó atención porque tenía frente a sus ojos una librería de viejo a la que nunca había entrado.

La puerta era de madera, tenía un cristal en la mitad superior y un cartel con el horario de apertura que observaba a los transeúntes sin pestañear. El de cierre solía pasar la mañana repasando con obsesivo interés los lomos de los ejemplares en las estanterías que nunca leería. En la fachada destacaba el escaparate de cristal en el que estaba escrito el nombre del establecimiento con bonitas letras blancas. Frente al escaparate, en unas mesas, habían colocado libros y algunos trozos de cartón marrón con el precio escrito a mano tachado y uno inferior debajo para fomentar la compra. Un toldo liso de color indeterminado, casi gris o casi azul, colocado encima del escaparate protegía el interior de los rayos de sol. La librería parecía surgida de una improvisada conversación de Banksy con la pared de ladrillo, así que se acercó para formar parte de la obra arte callejera.

Le gustaban las librerías de libros usados, tenían algo especial en su ambiente. Había encontrado verdaderas joyas rebuscando entre mesas, cajas y estanterías. Libros con una doble historia, la intrínseca y la de quien se atrevió por primera vez sus páginas. Como escritor, sabía apreciar el verdadero valor que eso tenía. Algunos ejemplares que formaban parte de su biblioteca personal contenían firmas, dedicatorias y anotaciones al margen. Eran sus preferidos, especialmente aquellos en los que el autor había dejado su marca. La letra dice mucho de la persona, tanto, que uno de sus libros preferidos dejó de serlo por soportar aquel horror de letra y la falta de ortografía.

La novela que tenía entre sus manos le había estado esperando durante mucho tiempo en aquella tienda. Era un ejemplar autoeditado que le llamó la atención por la mujer de la portada. Parecia una foto casera, sin filtros ni retoques, algo descuidada en algunos aspectos. Cuando abrió el libro, la portada de tapa gruesa sonó como una vieja puerta sin engrasar. Tenía una dedicatoria manuscrita: “Para mi querida Molly, por invitar al lector a acercarse con su preciosa mirada”. Le resultó inevitable seguir leyendo, aquella letra encerraba las claves de una personalidad brillante, casi tan caótica como la suya. El primer párrafo del libro le abrazó con fuerza y terminó sentándose en el suelo a leer. Cuando la dueña de la tienda carraspeó a su lado y levantó la mirada, encontró una sonrisa anciana y una humeante taza de té que no pudo rechazar.

–Gracias –dijo, sin demasiadas ganas de dar explicaciones.

No recibió respuesta, solo la sonrisa de quien entendía perfectamente lo que le había sucedido a aquel hombre que había entrado tres horas antes en la tienda. Supo desde el principio que era distinto a otros clientes porque había literatura en su forma de andar. No se equivocó. En más de una ocasión, sobre todo en el primer año de actividad, olvidó abrir la tienda porque se había sentado a leer en aquel mismo rincón con una taza de té entre las manos.

En eso, Carlos se parecía a ella.

Saboreó el té, respiró su aroma y leyó la última página del libro, la 455. Dejó la taza en el suelo, encima de un billete mediano y salió apresuradamente de la tienda. La campanilla de la puerta le dio las buenas tardes y le invitó a regresar pronto. Tenía prisa. Más que prisa urgencia, así que voló por las calles hasta llegar jadeante y sin respiración al despacho. Había alquilado una oficina de 30 metros cuadrados con su sueldo de profesor porque era incapaz de escribir en casa. Necesitaba un lugar en el que solo se escuchara su máquina de escribir, sus pasos sobre la tarima y su mechero.
En su mente se alineaban con precisión las palabras que le habían echado de allí horas atrás. Estaba decidido a terminar aquella novela ajena a la que le habían arrancado sin piedad las páginas finales. Molly merecía un epílogo digno de su particular odisea. Lo hizo sin pestañear, sin respirar, casi muerto. Sólo el latido del corazón, al ritmo de las teclas de la olivetti, demostraba que seguía con vida. Se había tomado la molestia de recortar los folios en blanco que utilizaría con unas tijeras, antes de empezar, para que tuviesen el mismo tamaño que las hojas de la novela. No era la primera vez que le sucedía algo así la única diferencia era que, esta vez, no había arrrancado él las últimas páginas del libro.

La describió como no se atrevió el autor: completamente desnuda. La había ido desnudando mientras caminaba por la calle bajo la lluvia. Primero la desprendió de la blusa, luego de los pantalones vaqueros ajustados, las bragas, las pulseras. Todo. Caminaba desnuda por la calle, mientras los transeúntes la miraban. Las gotas de lluvia resbalaban por su piel con obscena lentitud limpiándola de todo pecado. Andaba despacio, le dolía el camino de regreso en la planta de sus pies. Tenía la esperanza de que él aún estuviera en su estudio, escribiendo. Deseaba que hubiera olvidado por completo su plan de huida por culpa de aquel nuevo capítulo que no podía esperar. Mientras se desnudaba por la calle, bajo la lluvia, había sentido sus palabras mojándola.
La puerta del edificio estaba abierta, como siempre. Pasó ante la mirada perpleja del recepcionista y sin esperar al ascensor subió pisando cuidadosamente los crujidos de la escalera de madera. Al final del pasillo de la primera planta había luz, salía por el cristal de la puerta del despacho de Carlos. Aquel rincón al final del pasillo tenía la bombilla fundida desde tiempos inmemoriales y de esa oscuridad se habían aprovechado multitud de veces para calmar a besos su urgencia. Golpeó cinco veces la puerta con los nudillos, como siempre.

Cuando escribió el punto y final, llamaron a la puerta. Esperó unos segundos, se levantó de su silla y abrió. Era ella, estaba seguro, aunque fuera del todo imposible. Tenía la mirada cautivadora de la portada y un desnudo demoledor. Su mano derecha se había quedado pegada al pomo de la puerta y no consiguió articular palabra hasta que lo hizo ella.

-¿Conoce usted a Simon Dedalus? -preguntó por fin.

Y Carlos, sencillamente, se enamoró.

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