Revista Comunicación

Relato: La salvación

Publicado el 18 junio 2023 por Universo De A @UniversodeA

Y, después de demasiado tiempo, por fin vuelvo a publicar un relato. Muchas veces lo he dicho: aunque intentar dedicar la mayor parte de la actividad de Universo de A a esto es muy satisfactorio, también es tremendamente complicado y agotador (para que os hagáis una idea: en este momento preciso hay otras dos narraciones empezadas… no consigo terminarlas, no por falta de inspiración o que no sepa como continuar -de hecho, lo sé perfectamente-, sino porque se alargan y alargan indefinidamente… y el blog me exige publicaciones mensuales -una vieja norma que, confieso, he pensado en abolir, a pesar de que se ha mantenido durante más de dieciséis años-); supongo que esto es, en parte, porque soy el tipo de escritor que se tiene que arrancar las palabras con sacacorchos (curiosamente, esto me pasa más con ficción que con ensayo, aunque, paradójicamente, lo primero me causa infinitamente más placer y satisfacción que lo segundo)… pero quiero creer que, una vez conseguido, lo que sale es champán, o al menos, es lo que se intenta.

Aunque más o menos, porque lo cierto es que, como tantas otras veces, la idea original para esta narración que hoy presento, es que iba a ser un microrrelato (y la razón por la que me decidí a escribirla, pensando como siempre, ingenuamente, que iba a ser fácil y rápido… ja, ja, ja). Obviamente no ha sido así, y rápidamente el preciosismo, la necesidad de crear imágenes sugestivas, de un uso bello del lenguaje, la aparición de interesantes temas paralelos que también merecían salir… etc; desbarataron, como siempre, mi primera intención de simplicidad; pero mira, yo no lo veo mal si el resultado es satisfactorio, lo que, en última instancia, al menos para mí, es lo más importante de todo.

Como curiosidad añadir, que, a saber por qué, siento que de algún modo, mi creación está hermanada con otra de Bécquer, concretamente «Historia de una mariposa y de una araña»… ciertamente, yo ya conocía este escrito del romántico español; pero mi idea no me la sugirió su lectura, sino que me vino, bastante tiempo después, durante una ruta de senderismo por el Monte de El Pardo (dónde la anoté, como siempre hago… ¡a las ideas -aunque haya que desarrollarlas- no hay que dejarlas escapar!); además, ambos textos pertenecen a géneros diferentes (ensayo/ficción); y ni siquiera tienen el mismo mensaje… por lo que parece difícil encontrar un paralelismo entre ellos; pero, con todo, yo de algún modo siento que sí lo hay, al fin y al cabo, el artista es (o debe) un ser permeable que se nutre de múltiples cosas para crear una nueva. Por lo menos yo lo veo así… de modo que, quién sabe si la obra del escritor decimonónico fue uno de los componentes claves, y necesario, para que sugiera en mi mente esta otra que hoy publico, quién sabe….

En definitiva, es por todo lo anterior que hoy sale a la luz…

Relato: La salvación

La salvación

En una ocasión, una mosca volaba descompasada y alocadamente (como suelen hacer, por otro lado, que para eso tienen pocos días de vida), emocionada, no sabiendo en que parar su atención de todo lo que la rodeaba: ahora aquí, ahora allá, esto parece interesante, pero aquello también es atrayente… y tan despistada estaba con todo lo que le llamaba la atención y cautivaba sus sentidos, que, como suele pasar, se olvidó de estar pendiente de lo más importante, de lo que garantizaba que pudiese gozar de todo aquello tan deseable que se presentaba a su vista.

Y efectivamente, la distraída mosca, por su imprudencia, falta de cautela; en su agitado, desordenado, variable vuelo; acabó por ir a dar directamente a una tela de araña… de nada le sirvió entonces volver a aletear con todas sus fuerzas; querer liberarse, intentar recuperar la libertad que hace tan poco tenía (y quizás no valoraba debidamente); es más, parecía que cuanto más esfuerzo hacía, más atrapada, pegada, se quedaba.

Fue entonces cuando entendió que aquel era su fin; mucho lamentó su situación, sabiendo, siendo consciente de que, cuando la araña terminara por aparecer (más tarde o más temprano lo haría) la devoraría sin piedad (¿y por qué iba a tenerla? todos tenemos derecho a comer…), por lo que, aunque sabía que a esas alturas no servía de nada, mucho lloró su imprudencia:

-¡Ah, por qué no habré sido más sensata! –se lamentó el bicho-, ¿por qué no me habré parado a reflexionar antes de dejarme llevar por mis emociones?; ¡no pensé que el castigo sería tan duro, tan definitivo!… ¡tarde he caído en la cuenta de mi error!, y sin embargo, ahora, en mis últimos momentos, prometo que, si por un imposible milagro me libro de una muerte segura, aprenderé de esta experiencia, y seré más juiciosa, comedida en el futuro….

Pero la mosca tuvo suerte, hasta cierto punto, pues el arácnido no se presentó al suculento recién servido festín, ya que, el segundo, al contrario que la primera, sí estaba pendiente y era consciente de los peligros que le rodeaban, por lo que había detectado uno de primera magnitud: un ser humano.

Y ciertamente, ya fuera porque la persona quisiera limpiar, por el simple y tonto capricho de que podía hacerlo (es decir, el placer del poder por el poder), o tal vez por esa manía, hábitos territoriales, que esa especie suele tener, de alejar al resto de los animales de sí misma; lo cierto es que destruyó la tela de araña, liberando inconscientemente, en consecuencia, al atrapado insecto.

Pero, la mosca no vio lo que había pasado del modo descrito, de hecho, muy al contrario, pasó a sentir una inmensa gratitud hacia quien la había liberado, ¡hacia quien le había salvado la vida!, y tan en deuda se sentía, que, conmovida, manifestó el siguiente discurso:

-Gracias a tu bondad y generosidad sigo viva, tú que no tenías por qué, me has ayudado, socorrido, librado de una muerte segura…. Debido a ti, ya no existe esa trampa mortal que tantas vidas se habrá cobrado; es por tu gentil acción, que su sanguinaria labor, su matanza, ha concluido para siempre. ¡Y yo!, ¡ahora puedo volver a volar felizmente, ya sin miedo al peligro!… pero sin ti no seguiría en este mundo, no creas que lo olvido; y no seré desagradecida: por eso, en correspondencia, de ahora en adelante nunca me separaré de ti, porque después de haber vivido esto juntos, no puede ser de otro modo… ahí estaré cuando lo necesites: siempre a tu lado, para ayudarte en todo lo que pueda y te haga falta (dentro de mis posibilidades): te escucharé y consolaré cuando estés triste; si alguien te molesta, yo acudiré a fastidiarle; con todos mis ojos buscaré constantemente lo mejor para ti; te protegeré o avisaré de otros animales que tengan malas intenciones… y, en definitiva, seremos grandes amigos, ¡los mejores!.

Terminada su alocución, el candoroso bicho, abrazó con sus patitas todo lo que podía del inmenso cuerpo del humano, y, con su labelo, le dio un tierno beso… ¡pero sentía tal reconocimiento, que quería hacer lo mismo en toda aquella inmensa piel, para expresar lo en deuda y feliz que se sentía!, así que revoloteaba sin parar, de un lado a otro de aquella persona, en un baile incansable de plenitud, regocijo y dicha (quizás, esa que se experimenta cuando se ha encontrado a quien nos complementa o es adecuado para nosotros).

Naturalmente, el ser humano nada entendió de tan sentida declaración o de tan amorosos gestos, ¡por favor, si ni tan siquiera sabía lo que había sucedido, lo que había hecho!: lo único que escuchaba, era un molesto zumbido constante a su alrededor; y una mosca que, incomprensiblemente, no se separaba de él, rondándole constante e incansable, sin miedo, obsesionada con posarse sobre él.

Por supuesto, la persona esperaba que, tarde o temprano el insecto se fuera, e intentaba espantarlo (lo que este se tomaba como un divertido juego entre ambos). Pasaba el tiempo y la presencia del bicho llegaba a resultar verdaderamente molesta, al fin y al cabo, ¿a qué hombre le gusta que las alimañas recorran su piel?, en realidad, ¿a cuánta gente le gusta tenerlas cerca siquiera?; y, en cualquier caso, al no ser sabedor de toda la historia que había detrás, o de la promesa del bicho, difícilmente podía entender o agradarle aquella tenaz persecución endiablada.

De modo que, aprovechando uno de los momentos en los que la mosca se abrazaba con más fuerza y cariño a él (esta, con todos sus ojitos cerraditos, para sentir el afecto mutuo con más intensidad), alzó la mano, y la lanzó brutal e impíamente, sin el más mínimo sentimiento de compunción, sobre la parte de la piel donde estaba posado el insecto, aplastándolo implacablemente. Tras haberlo matado, el humano se sintió aliviado de librarse de tan pesada contrariedad. La mosca cayó muerta, quién sabe si sin saber que la había asesinado su salvador… y que la había salvado su asesina… en todo caso, a la hora de la verdad, poco importa, puesto que lo cierto, lo importante aquí, es que lo que ambos tenían en común, es que a ninguno de ellos les importaba verdaderamente la mosca. 

Relato: La salvación

Toda la ficción propia (relatos cortos, novelas por entregas, microrrelatos…) publicada en Universo de A está reunida aquí, en el Índice-Guía de Grandes Relatos.


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