Revista Pareja

Retirarse antes de jugar: la inseguridad ante el amor

Por Cristina Lago @CrisMalago

miedo amor

Ante los demás eres alguien sociable, abierto y extrovertido. Tienes una vida que te satisface, eres independiente y además, gustas a otras personas. Pero, a la hora de establecer vínculos íntimos, te bloqueas, te llenas de miedos y te alejas. ¿Cómo trabajar tu inseguridad para mejorar tus relaciones?

A un hombre se le pincha la rueda del coche en plena noche circulando por una carretera solitaria. La casa más próxima que recordaba haber visto, estaba a 10 Kms. Así que se arma de paciencia, y se dirige a ella para solicitar ayuda. Por el camino va pensando, que si sería mejor pedir prestado un gato, que quizás no se fiasen de dejarle pasar para llamar por teléfono, que si podía despertar a un hombre que debía madrugar, o que si podía interrumpirle en un momento íntimo con su mujer, … va caminando, y se va calentando el asunto, que si seguramente parecerá una excusa, que debería haberse manchado las manos de grasa para aparentar, que no se van a creer que no lleva movil, que sería mejor ofrecerle dinero por el gato, etc. Cuando por fin llega a la casa, llama al timbre, y le abre la puerta un amable agricultor y le pregunta afablemente:

- Buenas noches ¿Qué desea?

A lo que contesta nuestro personaje

- ¿Sabe lo que le digo? Que se meta el gato dónde le quepa.

¿Tu vida sentimental se ha convertido en el chiste del gato?

Todos tenemos inseguridades. En la adolescencia, periodo de eclosión en el que nos debatimos entre el territorio infantil y la terrorífica zona X de la vida adulta, empezamos a vivenciar nuestras primeras experiencias en la intimidad con personas ajenas al entorno de la familia. Con tan poco rodaje y un autoconocimiento aún en pañales, estamos en el periodo de aprendizaje más intenso de nuestras vidas. Todo se vive por primera vez, todo resulta extraño, a veces terrible, a veces increíble.

¿El objetivo? Probar, aprender, ir superando los retos de las primeras veces y llegar a la etapa adulta con mayor seguridad a la hora de vincularse.

¿El problema? En ocasiones, nos quedamos estancandos en una adolescencia emocional durante muchos años después de que la edad para vivirlo haya terminado.

Si evitas la intimidad, o abrirte de verdad a otra persona provoca en ti ganas de salir corriendo hasta el punto más equidistante del planeta, cuando el relacionarte de forma más profunda evoca inseguridades terribles y conductas evasivas, hazte una sola pregunta: ¿haciendo lo que estás haciendo ha habido algún cambio positivo en tu vida?

Si la respuesta es no, ha llegado el momento de probar algo distinto.

Identifica el punto justo en el que, conociendo a alguien, empiezas a sentir inseguridad, dudas, deseos de huir o simplemente a sentirte mal.

En esos instantes, tu cerebro está poniendo a funcionar un patrón habitual con el que se siente a salvo y lo hace mediante los pensamientos de autoboicot: no soy atractivo/a, si me conocen más les daré asco, no soy suficiemente inteligente o divertido, no valgo la pena, etcétera…

Te propongo un utilísimo ejercicio: no te identifiques con estos pensamientos. Obsérvalos como si proviniesen desde un ente externo. Ponle un cuerpo e incluso una voz. Imagina que es otra persona quien te está diciendo todo esto y dale una respuesta. ¿Qué le dirías? ¿Estarías de acuedo con esta persona que te dice que no eres válido, que no eres interesante, o que nadie puede quererte tal y como eres?

En este punto en el que quisieras retirarte del vínculo que estás haciendo, prueba a vencer esa pequeña barrera e ir un poco más adelante de lo habitual. No hace falta que salgas de golpe y porrazo de tu zona de confort: limítate a asomar la mano. ¿Cómo puedes hacerlo? Por ejemplo, explicando a esta personas que te cuesta abrirte a los demás y que estás trabajando en ello, pero que de momento, no puedes ir más allá.

Muchas personas agradecerán tu sinceridad y tú estarás aportándole a tu autoestima un buen chute de autoaceptación. La cuestión no es que no tengas tus miedos y neurosis, sino que aprendas a reconciliarte con ellos, en lugar de reprimirlos o intentar adaptarte a un modo de ser que no se corresponde contigo. Y que además no tiene porqué ser mejor que tú.

Como beneficio extra, estás abriéndote a los demás desde una posición menos arriesgada, pero que te permite un margen de flexibilidad en el que es posible avanzar.

Cuando las inseguridades nos paralizan e impiden desarrollarnos de forma plena y satisfactoria en el ámbito afectivo, es conveniente hacer una introspección profunda. Muchas personas que se relacionan desde el miedo, han vivido una infancia en la que han tenido que aprender a no necesitar el afecto de unos progenitores distantes, ausentes, indiferentes o bien no disponibles emocionalmente. Pero la desconexión emocional, la negación de las necesidades afectivas, no acaba con el natural deseo humano de querer y ser querido. Y en esa guerra constante entre el impulso de amar y el impulso de escapar del amor, sólo hay una víctima real: tú.

Sé consciente de aquello que temes y de tus límites. No te avergüences. No establezcas comparaciones: todos tenemos miedos, heridas y estamos, como tú, aprendiendo, avanzando e intentando cruzar pequeños límites cada día.

Concéntrate en lo que tú eres hoy y asume que en este momento de tu vida tienes a tu alcance unas posibilidades y estás evolucionando para ir abriéndote a muchas más. Yo soy yo y por ahora, llego hasta aquí. Mañana, llegaré un poco más lejos.

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A un hombre se le pincha la rueda del coche en plena noche circulando por una carretera solitaria. La casa más próxima que recordaba haber visto, estaba a 10 Kms. Así que se arma de paciencia, y se dirige a ella para solicitar ayuda. Por el camino va pensando, que si sería mejor pedir prestado un gato, que quizás no se fiasen de dejarle pasar para llamar por teléfono, que si podía despertar a un hombre que debía madrugar, o que si podía interrumpirle en un momento íntimo con su mujer, … va caminando, y se va calentando el asunto, que si seguramente parecerá una excusa, que debería haberse manchado las manos de grasa para aparentar, que no se van a creer que no lleva movil, que sería mejor ofrecerle dinero por el gato, etc. Cuando por fin llega a la casa, llama al timbre, y le abre la puerta un amable agricultor y le pregunta afablemente:

- Buenas noches ¿Qué desea?

A lo que contesta nuestro personaje

- ¿Sabe lo que le digo? Que se meta el gato dónde le quepa.

¿Tu vida sentimental se ha convertido en el chiste del gato?


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