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Servicios desinformativos: Al filo de la noticia (Broadcast news, James L. Brooks, 1987)

Publicado el 07 septiembre 2015 por 39escalones

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Al filo de la noticia (Broadcast news, 1987) suele ser recordada de manera recurrente, y en particular cada vez que quiere ilustrarse con imágenes la frenética locura de una redacción de informativos televisivos en plena efervescencia, por la agotadora carrera de Joan Cusack para entregar a tiempo una cinta que debe emitirse en directo en pocos segundos. No obstante, la notable experiencia, personal y profesional, en el mundo de los informativos televisivos acumulada por el productor, guionista y director James L. Brooks (en su día fue presentador de la cadena CBS) le sirvió para construir esta equilibrada comedia dramática que maneja adecuadamente los resortes emocionales de tres almas solitarias que viven al ritmo que marcan las exigencias de actualidad de una profesión que nunca para.

El tono agridulce de la cinta se ve ejemplificado de entrada en su estructura narrativa: comienza con un prólogo en el que los tres protagonistas son retratados en su infancia de acuerdo con los rasgos de personalidad y comportamiento que van a ser claves en el desarrollo del argumento: Tom (William Hurt), un niño con calificaciones mediocres más preocupado por su aspecto físico y su reputación entre los demás colegiales que por sus estudios; Aaron (Albert Brooks), enfrentado desde el principio a un ambiente hostil de una sociedad (al principio académica) que no premia la capacidad y el talento, sino las relaciones públicas, los lazos familiares, las apariencias y el compadreo, y, como resultado de todo ello, la mediocridad de pensamiento; por último, Jane (Holly Hunter), una cría que escribe a sus amigas cartas con la máquina de escribir al mismo tiempo que cuestiona filológicamente el uso del lenguaje por parte de su padre. Este preludio cómico contrasta con el epílogo nostálgico, sentimental y un punto amargo que establece la división final entre la vida personal y la profesional, las cuales el terceto de personajes han intentado unir a lo largo del cuerpo central del largometraje.

La habilidad de James L. Brooks reside principalmente en el ritmo narrativo. Se trata de una película de 133 minutos de metraje con varios puntos de atención y niveles de interés: en primer lugar, el obvio triángulo amoroso, construido al modo de las antiguas screwball-comedies, pero rebozado con su buena dosis de cinismo y desencanto, en el que el amor a tres bandas pugna por alcanzar la hegemonía en la vida de los protagonistas tanto como sus ambiciones profesionale y sus respectivos talentos (en el caso de Tom, ciertamente discutibles). Por otro lado, Brooks, realiza un ligero pero agudo y certero análisis (y más vistos los tiempos en los que estamos) de hacia dónde caminaba la profesión periodística en general y la información televisiva en particular, alertando acerca del excesivo predominio de lo superficial, lo fácilmente digerible, lo accesorio, lo popular, lo “mediático”, lo que no requiere ninguna exigencia, los eslóganes y el periodismo de trinchera y de simple repetición de la propaganda oficial, por encima de los contenidos pensados, meditados, analíticos, inherentes al ejercicio de la información (no hay más que ver para darse cuenta de lo acertado de las predicciones de Brooks el alto grado de contenido absurdo que ontienen los infomativos televisivos de hoy: redes sociales, entrenamientos de equipos de fútbol, desfiles de moda, noticias de cocineros y eventos culinarios, fiestas populares y toda una gama de información meteorológica que no hace ascos al ridículo). Finalmente, Brooks apunta también a la fragilidad laboral que acompaña el ejercicio de la profesión a través de los cambios estructurales que acechan a la corporación dueña de la cadena, y que amenazan con el despido de la cuarta parte de la plantilla, una precariedad que no ha dejado de crecer en los últimos años, y prácticamente en la misma medida en la que los distintos medios y cabeceras, supuestamente imagen de la pluralidad cultural, ideológica, social y política de un país, han ido concentrándose sin embargo en unas pocas manos empresariales (apenas dos o tres grupos corporativos controlan y dirigen prácticamente los medios de comunicación de cualquier país avanzado del mundo “libre”) que dictan la opinión pública sobre necesidades financieras y políticas que rara vez coinciden con el derecho, y el deber, de transmisión de información veraz.

La película no contempla, por tanto, únicamente el amor sentimental, sino también el vocacional, el que se siente por el ejercicio de una profesión. De este modo, son los condicionantes profesionales los que se proyectan en los sentimientos de los personajes: la integridad profesional de Aaron, su gusto por el contraste de las informaciones, por su exhaustiva documentación, por su labor de investigación y análisis, se extiende, de manera un tanto inflexible y radical, en el amor que siente por Jane, a la vez que sufre la frustración de “no dar bien” en cámara; el caos de Tom, su falta de formación y de rigor, su carencia de las mínimas herramientas para el desempeño de su trabajo, que su encanto y carisma ante la cámara vienen a sumergir en cierto halo de prestigio personal, no se resuelve hasta que Jane le auxilia y le ayuda a salir airoso del difícil reto de suplir al rey de los informativos nocturnos (Jack Nicholson, no acreditado); por último, Jane no acepta su amor por Tom, el tipo que representa todo lo que ella odia de la profesión (de hecho, viene de hacer de cronista deportivo…), hasta que en la misma crisis informativa (el pretexto, un avión libio que ha atacado una base americana en Italia) Tom no demuestra que puede aparentar ser un periodista de raza, aunque ella se autoengañe eludiendo el hecho de que en realidad ella le ha chivado por el transmisor aquellos datos que Aaron, eterno aspirante al puesto de presentador de informativos y experto en la dictadura libia, le iba suministrando desde la amarga envidia de su encierro casero; por otro lado, Jane, que se siente muy próxima emocionalmente a Aaron, no parece verlo como un posible amor en la misma medida que la cámara no parece quererlo…

Naturalmente, se trata de una comedia dramática, por lo que la trama está salpicada de unos cuantos gags sugerentes y muy bien construidos. El mérito de Brooks estriba en su capacidad para saltar de un tono a otro con total naturalidad, dentro de la misma secuencia y a menudo incluso dentro del mismo plano, haciendo que el patetismo despierte la sonrisa del espectador o bien que la carcajada se congele en el rostro al siguiente segundo. A ello contribuyen decisivamente las interpretaciones del trío protagonista, un excepcional William Hurt (más expresivamente emocional y también más frío en su aspecto calculador que de costumbre), que obtuvo la nominación al Óscar (la película también consiguió la candidatura a mejor filme); un Albert Brooks perfecto, con el punto justo de soberbia, ambición y sensibilidad; y una Holly Hunter adorable y con una amplia variedad de registros (desde la histeria a la melancolía, del humor visual a la verborrea a la antigua…) que le valió obtener el Oso de Plata en Berlín.

La película transita por las vidas de unos personajes atrapados emocionalmente en sus relaciones pero también sujetos adictivamente a una profesión que exige sacrificios, que es al mismo tiempo la tormenta y el refugio, y que va perdiendo los puntos anclaje en la profesionalidad y la honestidad a medida que la información se va convirtiendo en parte del negocio del espectáculo. El sutilmente melancólico epílogo, el reencuentro de los personajes varios años después, en el que hacen resumen de sus vidas personales y proyectan su pasado laboral en el futuro que se avecina, reflexiona igualmente sobre la fugacidad de los sueños, ya sean personales (amores súbitos y apasionados que el tiempo deja en huellas apenas visibles) o profesionales, en tanto si el amor por una profesión compensa la asunción de una eterna renuncia.


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