Revista Historia

Silvestre II, el genial papa que trajo las matemáticas árabes a Europa

Por Ireneu @ireneuc

Parece mentira cómo, a pesar de que los niveles de analfabetismo en el mundo son los más bajos de toda la historia de la humanidad, la mediocridad y la ignorancia de la población en general se ha vuelto la norma, pasando de ser analfabetos por falta de educación a ser igual (o más) analfabetos pero sabiendo leer y escribir. Esto, que parece un contrasentido, está ocurriendo en la actualidad en amplias capas de la sociedad, ya que si bien hemos enseñado masivamente a leer y a escribir, no hemos enseñado a qué hacer con esa información que hemos aprendido a "decodificar"; es decir, la sociedad no ha aprendido a pensar, no ha aprendido a razonar. Esta carencia ha hecho que en un mundo sobreinformado hasta la nausea, no tengamos la más mínima idea de cribar esa información, creyendo a pies juntillas cualquier cita atribuída a Claudio Coelho (ver La historia de las ciberestafas de origen español) y dejando el campo abonado a lecturas parciales e hipócritas que lo único que hacen es fomentar los extremismos y las fobias a todo lo " diferente" hasta extremos realmente alarmantes. Y fruto de ello tenemos la actual oleada de islamofobia occidental, en que se relaciona el mundo musulmán con fundamentalismo y terrorismo, mientras que el mundo cristiano se identifica con cultura y democracia. No obstante, si miramos la historia podremos comprobar cómo nada es tan evidente como parece y más si conocemos que hubo un Papa católico de origen francés que, para alcanzar el culmen del saber de su época tuvo que estudiar durante 3 años, no en París, ni en Roma... sino en Al-Ándalus.

El saber y la cultura, en tanto que necesidades del ser humano que se obtienen una vez colmadas las necesidades básicas físicas, ha tendido a prosperar en las sociedades más ricas, avanzadas y, por ende, más estables. En la actualidad, los países occidentales (con permiso de las potencias emergentes, claro) en tanto que son los más ricos económicamente hablando, disponen de los mayores y mejores centros académicos en los que asegurar el desarrollo de la técnica y el conocimiento humano. Universidades como Yale, Harvard, Oxford, Cambridge, Sorbona... y tantas otras se han convertido en mecas del estudio para todo aquel que, independientemente de su lugar de nacimiento, quiera acceder a los niveles más altos del saber disponibles hoy día. Mecas académicas que dan, de rebote, un estatus de superioridad a los pobladores de los países que disfrutan de estos recursos intelectuales de primer orden (ya sean catedráticos o no sepan hacer una "o" con un canuto).

De esta forma, en el siglo XI, el mundo era radicalmente diferente de lo que lo es hoy día, de tal manera que los países europeos, en vez de tan ricos y cultos como son ahora -espectadores de telebasura no incluidos-, eran los talibanes del momento (ver El Krak de los Caballeros, el espíritu de los cruzados en Siria), mientras que la cultura, las artes y la intelectualidad prosperaban ampliamente en los territorios musulmanes. O dicho de otra forma, que mientras en Al-Ándalus se prodigaban maravillas como la Mezquita de Córdoba, en el resto de Europa se desarrollaba el austero y simplón arte románico. Y las cosas no pasan porque sí.

En esta circunstancia, en que el saber y la intelectualidad, en la Europa cristiana, se circunscribía exclusivamente a los monasterios, la Iglesia sabía que los musulmanes disponían de unos conocimientos en ciencia, filosofía y tecnología muy superiores a los suyos. Unos conocimientos a los cuales no tenía acceso todo el mundo (tenías que saber árabe como mínimo) y que se sabía de ellos de refilón por el trajín de personas en las zonas fronterizas de ambas culturas. El condado de Barcelona -y en él, el monasterio de Ripoll- era una de estas zonas de frontera especialmente agraciadas.

Así las cosas, en 967, un joven y espabilado occitano llamado Gerbert d'Aurillac, destacaba especialmente entre los alumnos del monasterio de Saint-Géraud d'Aurillac (en la actual región francesa de Auvergne). El abad del monasterio, aprovechando la visita del Conde Borrell II de Barcelona -que estaba de camino para casarse en Rodez y había parado para visitar las reliquias de San Geraldo- y conociendo tanto las capacidades intelectuales del joven como la especial excelencia académica del monasterio de Ripoll -donde se traducían al latín los escritos eruditos árabes-, consiguió convencer al conde catalán para que se llevase a Gerbert para seguir con su formación. Tras haber estudiado las siete artes liberales (gramática, dialéctica, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música) como quien pasea por la Rambla, la abadía de Aurillac se le había quedado pequeña. Y se fue a Ripoll.

Una vez en Catalunya, Gerbert fue apadrinado por Ató, obispo de Vic, que lo introdujo en el mundo de los conocimientos de los clásicos griegos y romanos que, perdidos en gran parte por el cristianismo debido a ser considerados paganos en su momento, llegaban a las meninges de la reducidísima intelectualidad cristiana gracias a la traducción al latín de las obras de los filósofos árabes que llegaban al monasterio de Ripoll.

De esta forma, Gerbert pasó 3 años por estas tierras empapándose de todo el saber disponible en aquel momento, ya fuera a través de lo disponible en el monasterio o por contacto directo con maestros musulmanes. Se especula incluso -las fuentes no lo aclaran- que viajó a Córdoba y a Sevilla, donde aprendió de primera mano las últimas novedades de la ciencia y la matemática árabes. No por nada, Córdoba era un centro intelectual de primer orden internacional, llegando a ser más potente que Bagdad o Damasco. Poca broma.

Después de esos tres años de formación extensiva e intensiva, Gerbert de Aurillac se trasladó a Roma en 969, donde destacó como erudito en teología y, sobre todo en ciencias y matemáticas, rifándoselo en las mejores abadías cristianas para dar clases. A tal punto llegó de erudición, que Gerbert inventó un ábaco, un globo terráqueo, un sistema taquigráfico, una anotación musical, diversos relojes e incluso un órgano. Pero no solo eso, sino que, encima, introdujo el sistema decimal y el uso del número cero en los estudios de matemáticas de los monasterios -hasta entonces solo usado por los matemáticos árabes-, la cual cosa permitió revolucionar los conocimientos matemáticos cristianos. Una matemática cristiana que había quedado enquistada, ya que hacer cualquier operación usando solamente los números romanos era un auténtico quebradero de cabeza. No obstante, hay que recordar que estábamos en la oscura y supersticiosa Edad Media.

Efectivamente, el hecho de que una persona cristiana fuera capaz de tener una brillantez de mente de semejante nivel hizo que el grueso de la sociedad ignorante, supersticiosa y analfabeta, incapaz de comprender nada que no saliera en la Biblia, viera en Gerbert un ser misterioso que obtenía su inteligencia, no del estudio y del trabajo, sino directamente de Satanás. El odio y, porque no decirlo, la envidia le hizo foco de todo tipo de leyendas negras en una Europa atemorizada hasta el extremo por el cambio de milenio, sobre todo a partir del 18 de febrero del año 999 cuando Gerbert de Aurillac, hasta entonces arzobispo de Ravena, accede al papado con el nombre de Silvestre II, convirtiéndose en el primer papa francés y en el "diabólico" papa del año 1000.

En conclusión, que hoy, en que creemos que el Islam es oscurantismo y fanatismo, prejuzgando a cualquiera no por la calidad de la persona que es, sino por el simple hecho de ser musulmán, tendríamos que recordar el pasaje histórico de Gerbert d'Aurillac, el papa Silvestre II, el cual necesitó entrar en contacto con los musulmanes de Al-Ándalus para encontrar el saber y el conocimiento que no encontraba en la oscura, supersticiosa y fanática Europa cristiana de la Edad Media. Una Europa la cual, sin el concurso de Silvestre II y de sus adelantados conocimientos procedentes de la ciencia y pensamientos árabes, habría tardado en levantar cabeza muchos más siglos de lo que lo hizo.

Ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió. Qué frágil es la memoria humana.


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