Revista Sociedad

Sobre halcones y ruiseñores

Publicado el 13 febrero 2016 por Abel Ros

Ayer visité a Gregorio; estaba sin saber de él desde que se trasladó a Valencia por cuestiones de trabajo. Gregorio es un viejo conocido del África; de esos incondicionales del café y amante de los chismes de la barra. Trabajó durante trece años como camarero en el bar de Lola; un viejo chiringuito a las afueras de Alicante; donde conoció el teje y maneje que se cuece entre los halcones y ruiseñores. Mi colega es una mente inquieta. Ante una apariencia tranquila, en su interior tiemblan ondas gravitacionales; de esas que tanto habló Einstein y nadie le hizo ni caso. Entre sus múltiples proyectos; Gregorio quiere publicar un libro que cuente los secretos de la barra. Sería algo así como un Wikileaks a la española; una revelación de confidencias sobre infidelidades; dinero negro y otras pillerías.

Gregorio ha visto como algunos clientes, tras una tarde de copas en "el Lola", se han ido de fulanas hasta altas horas de la madrugada. Ha oído como Manuela le contaba a Pilar sus orgasmos con Andrés, su compañero de oficina. Y también, para más inri, como Pilar le contaba a Lucía que se "tiraba" a Francisco, el marido de Manuela. Los banqueros no dejan títere con cabeza; ponen a parir a sus clientes, e incluso se jactan de quiénes han hecho más seguros de vida, un lunes por la mañana. Los ruiseñores – los políticos – acuden al bar, a eso de las seis de la tarde. Les gusta ir al atardecer porque es cuando menos orejas hay en la costa. Allí hablan de obras y de cómo los halcones vuelvan hacia ellos; en búsqueda de algún "contento" que les alegre la vida. Allí, detrás de la barra, Gregorio ha visto como Manuel, el hermano del boticario, se dejaba el salario de un mes en las máquinas tragaperras.

Gregorio es un nostálgico de Felipe; tanto es así que con él, casi no puedo hablar de política. No puedo hablar, como les digo, porque su pasión por el puño y la rosa, le impide ver el deterioro de sus pétalos. En el año noventa y seis; cuando González perdió las elecciones; mi colega trabajaba como camarero en las Islas Canarias. En los últimos años de Felipe – me cuenta – la derecha sacó rédito electoral de los casos de corrupción que azotan el país, de la supuesta implicación de miembros del gobierno en los GAL y de la crisis económica que azotaba el horizonte. Durante esa época, el paro alcanzó casi el veintidós por ciento; el déficit el 5.5 y, la deuda los sesenta billones de pesetas. Antonio Herrero, en La Mañana de COPE, narraba cada día los capítulos de Roldán; Mario Conde; Vera y Barrionuevo. Expresiones como "tirar de la manta"; el señor "X",”malversación de fondos públicos" y "váyase señor González"; eran las más cotizadas en los diálogos de la barra. España, como sabrán ustedes si lo vivieron, se convirtió en un goteo constante de casos de corrupción; algo nuevo para nuestra adulta democracia.

En días como hoy – dice Gregorio – la tortilla se ha dado la vuelta; los "garbazos negros" del ayer; ahora están en la olla del Pepé. Si antes eran los casos: Roldán, Conde y Barrionuevo, los que cuestionaban a Felipe. Ahora son los casos Bárcenas y Rita Barberá - entre otros -, los que tambalean a Mariano. Estamos ante una Hispania de halcones y ruiseñores; donde la corrupción saca los colores a la hermana del Rey, y la sitúa en las portadas internacionales. Hay tanto corrupto junto, por metro cuadrado, que la desconfianza en los políticos tardará años en curarse. Es, precisamente, la simetría entre los tiempos de Rajoy y los de González - en términos de corrupción y crisis económica -, la que explica; por qué tienen tanto éxito las fuerzas emergentes. Fuerzas como Podemos y Ciudadanos están en el mismo kilómetro cero que Aznar en sus momentos de gloria. Son partidos sin pasado; cuyas principales semillas son los errores cometidos por la "vieja política". Gracias a los errores de populares y socialistas, tanto Iglesias como Rivera han conseguido despertar la ilusión por la política; la misma que generó Aznar ante las penurias de Felipe; y la misma que despertó Rajoy ante los desencantados de Zapatero.

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