Revista Sociedad

Sobre Podemos y el 15-M

Publicado el 15 abril 2016 por Abel Ros

Dentro de un mes se cumplirá el quinto aniversario del Movimiento 15-M; de los indignados de Hessel – en palabras del filósofo – o de los "perroflautas y pendencieros" – en palabras de Esperanza Aguirre -. Como recordarán, aquellas movilizaciones surgieron en la recta final de la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero. España se encontraba, como recordarán, inmersa en la mayor crisis económica internacional desde la de 1929; el CIS reflejaba el malestar general con el sistema político y, para más inri, había una desafección a la democracia representativa. Paralelo al 15-M, se cocía la Primavera Árabe; un conjunto de revueltas populares contra los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia. El rasgo común de la "indignación" como movimiento social fue el uso de Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles. Aquellos años se conocen en los foros politológicos como la primera revolución digital en la era digital.

Como recordarán, el 15-M fue un movimiento heterogéneo – de jóvenes y no tan jóvenes – que criticaron, entre otras cosas: la corrupción institucional; la falta de sensibilidad de las élites con los problemas de la ciudadanía; la rendición de los políticos a los dictámenes de las Organizaciones Internacionales; el clientelismo político en las democracias avanzadas; la ausencia de iniciativas políticas y la falta de transparencia de las Administraciones Públicas. El movimiento 15-M se caracterizó por sus manifestaciones callejeras; su actitud no violenta; su nivel de espontaneidad; horizontalidad y, sobre todo, su independencia con respecto a cualquier partido político. Desconfiaban de todas las organizaciones políticas; aunque muchos partidos quisieron sacar tajada del fenómeno. La clave del éxito del 15-M, como de cualquier movimiento social, fue la conexión con la sociedad. La indignación fue, como saben, el pensamiento en voz alta de millones de cabezas pensando al unísono.

Tras las elecciones generales del año 2011, y con Mariano Rajoy al frente de La Moncloa, el silencio de las plazas contrastó con el grito amarillo de los meses anteriores. El fin del zapaterismo y, la ilusión de la gente por recuperar el "España va bien" de los tiempos aznarianos – la tierra prometida de Mariano -, explica parte del apagón del movimiento. La corrupción galopante del Partido Popular, el descenso tímido del paro, el emplasmamiento de Rajoy y el desmantelamiento del Estado del Bienestar; hicieron que Podemos supiera conectar con los nostálgicos del 15-M. Pablo Iglesias supo integrar en su discurso todas las dolencias que sirvieron de síntomas para que, años atrás, los indignados de Hessel salieran a la calle. El líder de Podemos despertó el pensamiento latente de la indignación. La "casta", "los de arriba y los de abajo", "el robo a los pobres parar dárselo a los ricos", "la renta básica universal", "los corruptos" y otros muchos términos; fueron acuñados por Podemos para crear la identidad política de su partido. Una identidad que representaba a millones de desencantados con las políticas de Zapatero y desengañados con las promesas incumplidas del Rajoy.

Tras el éxito de las elecciones europeas, Podemos ya no representa "el brazo político" del 15-M; al menos así lo reflejan cada día las encuestas. El partido de Pablo Iglesias ha roto con su utopía. Ahora es uno más de la parrilla; uno más de la "casta" en palabras de su jerga. Son uno más de la casta porque dialogan y tienden la mano a quienes, en campaña electoral, eran sus peores enemigos. Podemos, en palabras del borracho, es un partido como otro cualquiera; con sus problemas de liderazgo; organizativos y enfrentamientos internos. Tras el resultado de las elecciones andaluzas; el partido de Pablo ha ido perdiendo fuelle; se ha ido desinflando como un globo durante una fiesta de cumpleaños. Tras las elecciones del 20-D, Podemos ha barrido – y barre – para los nacionalistas – sus "socios" preelectorales; una línea roja que le ha impedido entenderse con el centro. Así las cosas, Podemos se ha convertido en el globo arrugado que yace en el suelo tras la frustración de millones de indignados.


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