Revista Cultura y Ocio

Solo un océano – @dtrejoz

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

“Y si la pudieran ver…
Ay si la pudieran ver…
–En sus ojos cabe el mar”

Tengo que admitir que mi vida pasaba por un bache bastante difícil, no eran buenos tiempos, ni en lo económico, ni en lo anímico, ni en el amor, eran días de mucha frustración, pero de alguna manera éste tipo de situaciones despiertan en el hombre su lado más sensible, anda uno con el alma a flor de piel, con total disposición para dejarse emocionar, para dejarse sorprender por los milagros.

Allí estaba yo. A media semana, a media tarde, esperando el autobús en Tacares de Grecia, en la parada que queda contiguo al puente sobre el río Tacares, donde siempre estaba el famoso “barbas”, un tipo de aspecto andrajoso y de larga cabellera, un adicto al crack que constantemente subía al bus para desplazarse a conseguir la droga, pero éste relato no tiene nada que ver con él, ni con el crack, ni con la derrota que yo cargaba.

Es curioso las tonterías que uno piensa cuando necesita dinero…

En fin, ahí estaba yo y estaba “barbas”, la tarde transcurría demasiado lenta y el bus no se dignaba a aparecer. De pronto se escuchó el chillido del freno, señal inequívoca de que el bus estaba en medio de la curva, y por entre las barandas del viejo puente se vio el parabrisas del “Bombero”, el bus blanco de franjas rojas que cubría la ruta Grecia-Alajuela, la puerta se abrió justo frente a mí, y pude escuchar a “barbas” proferir una maldición por no ser el primero en abordar…los adictos son así.

Esa tarde yo iba para Alajuela a buscar dinero. Iba a empeñar una cámara digital que era de mis bienes más preciados, muchas veces me sacó de apuros, en la casa de empeños me prestaban unos veinticinco mil colones (moneda costarricense muy devaluada) y con eso comía una semana más, mientras aparecía algún contrato que me hiciera de nuevo salir a flote, para tranquilidad de mi bolsillo.

Al subir al bus algo se sintió distinto. Era evidente que las personas que viajaban en el autobús venían con un ánimo formidable, la atmósfera dentro del bus era muy diferente al peso que yo cargaba sobre mis hombros, era muy ajena a la situación de guerra que habitaba en mi cabeza, era como que todos venían sin problemas. Yo caminé hasta el fondo del “Bombero”, me senté en la fila de asientos de tres que quedan detrás del chofer y empecé a observar a los pasajeros, había mucho espacio disponible y tenía a todos al alcance de mi vista.

–Ahí tuve la dicha de encontrarme su sonrisa.

Era una bebé… tenía para entonces tres o cuatro años. Parecía un ángel…era un ángel…es mi ángel. Jamás la dejé salir de mi corazón.

“Ella baña al mundo con cascadas de sonrisas, sus hombros son señales y sus cejas tan inquietas, todo su rostro es un mensaje, en sus ojos nadan delfines, sus manitas aunque son pequeñas son capaces de acabar la guerra”

Resulta que en los asientos de la derecha, en la fila de dos asientos, iban dos adultos con una niña…pero es que era un ángel!  Supuse de inmediato que eran una familia, el padre, la madre y el ángel…la niña. No había nadie dentro de aquel autobús que no tuviera que ver con ella, su forma de mirarlos a todos, sus gestos, la divinidad de su inocencia, la caricia en cada gesto que regalaba, la paz que trasmitía en cada movimiento de sus hombros… aun hoy me resulta indescriptible.

Cada vez que el autobús se detenía en una parada, las personas que estaban afuera se veían involucradas con su sonrisa, y para ese entonces, ya ni siquiera recordaba que iba a Alajuela por dinero, estaba sumergido en el milagro que construía desde el movimiento de sus cejas, desde el roce de su ternura, desde la esperanza de sus ojos, rendido ante el alcance de su paz.

“Lo divino se vistió de niña y me mostró toda su grandeza, y no supe ni su nombre, solo sé que vive en Grecia, diez minutos son tan pocos cuando observas la inocencia, lo bello siempre dura poco, como el encuentro con su pureza…”

El autobús hizo la última parada, y la emoción que me había invadido se quedó colgando de un latido… porque vi a los padres decirse algunas cosas en el lenguaje de los mudos…por señas. Mi corazón se derrumbó. Porque entendí de dónde provenía toda la elocuencia de sus gestos, la forma tan dulce de expresarse con todo su cuerpo, el milagro que regalaba a cada instante con solo esbozar una sonrisa, era una niña-aprendiz de ángel y sordo muda, que no necesitaba nada más que su vida para hacernos felices a todos.

“Vive en el mundo de los silentes, donde las palabras son prohibidas, no las necesita, tiene por lenguaje su encanto, en diez minutos de su existencia desde su mundo me dijo tanto, con su ternura, su inocencia, su magia y su imposible canto…

Ay si la pudieran ver, repartiendo besos por doquier, a cuanta gente la observaba, ay si la pudieran ver, decir “te quiero” solo con ser y sus dos manos contra el alma…y nosotros que tenemos tantas formas de decirlo, callamos sentimientos y por orgullo no lo hacemos…”

Ese día regresé a mi casa con su rostro grabado a fuego en mi memoria, porque no iba a haber manera de olvidarla, porque de milagros como ese uno jamás se aleja, de emociones así nunca se sale ileso.

Diez años después me topé con una señorita de trece o catorce años a la salida de una heladería en el centro de Alajuela, y al mirarla descubrí la magia que me hizo tanto bien aquella tarde en el autobús, reconocí la gracia de un ángel que renunció a sus alas para curar heridas, para sanar al mundo…y caí en la más cruel de las realidades, porque quise decirle que por ella sonreí, que por ella yo había  aceptado que los ángeles se quedan en la tierra, pero no pude decirle nada, solo la vi por unos tres segundos…o talvez cuatro, los que tardé en recordar que ni siquiera sé su nombre, y me ahogué de nuevo en su mirada de profundidad del mar, en el océano de su silencio, y volvieron a nadar en el fondo de sus ojos los delfines.

Y a decir verdad, lo que vi en sus ojos ni siquiera fue un silencio.

-Solo un océano…de los que se roban los ocasos, de los que absorben el rocío agridulce de las noches, de los que se beben las lunas y ahogan soles y horizontes, de los que lloran miel y determinan la dirección de los girasoles, de los que ralentizan el tiempo y parten en dos el corazón de los hombres.

Y yo también descubrí que se podía hacer canción.

Escucha “Si la pudieran ver” ]

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