Revista Comunicación

Somos madres, mantenemos nuestra casa limpia y pura: Mujeres como “Dios manda”

Publicado el 14 noviembre 2011 por Magarcia

 

El modelo patriarcal franquista, inspirado por los cánones de la Iglesia, redujo cruelmente el marco de actuación de la mujer, constriñéndolo a la esfera de la reproducción y del cuidado de la prole.

Somos madres, mantenemos nuestra casa limpia y pura: mujeres como “Dios manda”

Recuerdo con especial tristeza aquel final de la década de los 60 en España, cuando yo, siendo apenas una niña, observaba con una inmensa curiosidad los hábitos, costumbres y comportamientos de todos los que me rodeaban.

Eran esos tiempos donde cada persona, hombre o mujer, tenía establecido su papel social, de conformidad con los principios imperantes; donde la dignidad, el prestigio y el reconocimiento estaban estrechamente ligados al cumplimiento estricto de ese papel; donde ser como “Dios manda” se convertía en la excelencia personal, involucrada en lo social, quedando excluida de ese insigne título, cualquier otra manifestación intelectual o vital. Eran los tiempos de la dictadura franquista, cuyo ocaso empezaba su andadura.

El modelo del patriarcado estuvo presente durante los cuarenta años de franquismo español. Este modelo social, ajeno a cualquier fundamento biológico, e inspirado por los cánones y principios de la Iglesia Católica, determinaba conductas y roles, reduciendo, en lo que se refiere a la mujer, su marco de actuación humano a la esfera de la reproducción y del cuidado de la prole. En este periodo, todos los derechos reconocidos a las mujeres en el corto espacio de vida de la Segunda República, fueron eliminados en aras al mantenimiento y fortalecimiento de la familia tradicional que, de esta forma, se convertía en fundamento de la nación española con las consiguientes consecuencias en las estructuras sociales y económicas del momento.

Somos madres, mantenemos nuestra casa limpia y pura: mujeres como “Dios manda”

Así, la mujer como “Dios manda”, alcanzaba su máximo esplendor en la dictadura franquista, siendo separada del mundo laboral, social y económico para constreñirla a la maternidad y cuidado del hogar. No muy lejos quedan los postulados de la Sección Femenina para mantener e impulsar el desenvolvimiento del “auténtico” papel de la mujer, al amparo de los pilares nacionales y católicos imperantes.

Uno de esos postulados, amparados jurídicamente por el Estado y alentados por la Iglesia, era premiar a las familias numerosas, castigando a aquellas parejas que utilizasen algún sistema de contracepción. La mujer debía engendrar y criar a todos los hijos que Dios le mandase, en el marco y con las exigencias de la familia tradicional católica, entre las que destaca, la de asimilarla con los menores de edad, tanto a efectos sociales, como jurídicos.

El Fuero del Trabajo liberaba a la mujer casada del trabajo, además de prohibirle, en general, ejercer una serie de profesiones, como abogada del Estado, notaria o diplomática.

En términos globales y, sin perjuicio de la evolución que el propio periodo franquista tuvo para con la actividad y derechos de las mujeres, el ideal de la mujer “como Dios manda” siempre se instaló en el sacrificio, la obediencia y la subordinación con respecto al hombre. Como reza el tercer mandamiento dictado por el Arzobispo de Granada, Agustín Parrado, en junio de 1937, “La mujer española y cristiana no admitirá la compañía de ningún hombre con quién no la una un parentesco muy próximo y jamás se permitirá pasear del brazo de un hombre”.

Afortunadamente, ya no tenemos una dictadura. Nuestra Constitución Española y, por ende, nuestro espacio democrático, tiene casi 33 años de edad y la mujer ha conseguido evolucionar en sus posiciones de una forma determinante. Pero queda mucho por hacer. Y los postulados de aquélla Sección Femenina, soportados, en su momento, por el Estado y la Iglesia, pudieran seguir amparados por una confesión religiosa que, lejos de desaparecer, sigue alimentando e impregnando las acciones de los poderes políticos en el marco de un Estado aconfesional. No bajemos la guardia.

 


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