Revista Cultura y Ocio

Taonos, Libros de Fantasia

Por Igork
La HuídaTAONOS (XV)Relatos de fantasia épica15 de 21

Taonos, Libros de Fantasia

By Igor.


   La retaguardia, los supervivientes, dejaron caer un sinfín de objetos, dejando tras ellos una huella hecha de desperdicios y pequeños tesoros. El río les daba una tregua, pero todos sabían que ésta no sería generosa. Casi a la carrera, el grupo abandonó las Gargantas del Diablo y el Paso del Norte para no volver jamás.
A la altura del Bosque del Hierro, la tropa se encontraba al borde de la extenuación y las piernas de jóvenes y veteranos eran un amasijo de dolor. Descansaron, retomando luego el sendero a marchas forzadas, aunque sin correr, ya que el peso de sus gigantescos escudos y armas les impedían mayor agilidad. Únicamente los escuadrones de hostigadores, reclutados en las sierras del norte y del oeste, protegidos con ligereza, parecían capaces de soportar un trote rápido. Se repartieron las últimas provisiones que la tropa devoró mientras seguían descendiendo, ignorando las traiciones del andar cansado cuesta abajo. Desde el este, la noche avisó que los cubriría pronto con su velo teñido de incertidumbres.
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   El gobernador encabezaba la marcha, seguido por la última falange y algunos arqueros. A pesar de su juventud, sentía su corazón como un martillo atronador, y su cuerpo como un lastre que lo hundía en la nieve del camino. Las laderas de los valles se desdibujaban, el mundo parecía fundirse en un mismo color. Resistía la tentación. Su instinto le pedía lanzar el escudo, desabrocharse las correas de la coraza, correr hasta caer consumido por el esfuerzo. Procuraba recordar su hogar, su mujer embarazada, tierna, rebosante, a punto de hacer estallar una nueva vida, un llanto. Buscaba valor y fuerzas en lo más profundo de sus recuerdos. Él era el primero entre los suyos. Ellos no debían percibir que se sentía a punto de desfallecer. Bajo los estertores morados del crepúsculo, en ese sendero de piedras, hielo y nieve, retumbaban las pisadas de más de mil soldados que, como un único cuerpo, estremecían la soledad de los riscos. Perdido en sus divagaciones, casi no se dio cuenta que uno de los capitanes de los hostigadores requería su atención.—¿Alguna novedad? —preguntó, sin detener la marcha.—Los tenemos encima… Llegan con lobos.
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—¿Tan pronto? Por todos los dioses, la crecida poco los ha retenido.—Son grupos pequeños, escuadrones de caza. Batidores.El veguer esbozó una sonrisa siniestra y dejó de caminar. Buscó algo entre las sombras y señaló un montículo a su derecha.—Lobos y montañeses de cuchillo rápido… Para desgarrar nuestros pescuezos mientras escapamos. ¿Creen que vamos a correr hasta la extenuación? Poco conocen al hombre de la llanura. Subid hasta arriba para evitar sorpresas. ¡Soldados! —gritó a la tropa—. La falange en línea de a tres, arqueros, detrás. Hostigadores en los flancos. ¡Diablos! Haremos rodar unas cuantas cabezas. ¡Agarrad vuestras lanzas como si fueran vuestros hijos! Antes de llegar a Taonos debemos dispersar a los más rápidos.
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