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Tenemos que hablar de kevin (2003), de lionel shriver y de lynne ramsay (2011). la mala semilla.

Publicado el 10 abril 2016 por Miguelmalaga
TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN (2003), DE LIONEL SHRIVER Y DE LYNNE RAMSAY (2011). LA MALA SEMILLA.Eva es una mujer feliz y realizada, una emprendedora que hace lo que más le gusta, viajar a destinos exóticos (España incluida) y escribir guías que publica su exitosa editorial. Junto con su esposo Franklin forma una de esas parejas cuyos miembros tienen una forma de pensar antagónica (ella es liberal, él es conservador), pero que se complementan perfectamente, pues lo esencial en su vida es al amor mutuo. Eva y Franklin lo tienen todo y creen que con el nacimiento de su primer hijo llegará la culminación de su felicidad. Pero algo empieza a ir mal para ella ya desde el mismo embarazo. Parece como si su hijo quisiera causarle dolor, como si la culpara del hecho de haber venido al mundo. Desde bebé Kevin se muestra como un ser problemático, por sus incesantes berridos y falta de respuesta emocional al contacto con su madre. En este sentido Tenemos que hablar de Kevin casi roza el género del terror, esas novelas acerca de niños poseídos que instalan el mal en un hogar feliz. Aunque Shriver escribe una novela que se inscribe en el realismo, el hecho de que sea la madre la narradora - en forma de cartas que escribe a su marido ausente - hace que el punto de vista de los hechos sea muy subjetivo.
Para Eva, que tantas aventuras ha vivido en tantos países, la maternidad va a constituir su auténtico viaje al extranjero. A pesar de sus esfuerzos, de su paciencia, Kevin tiene una naturaleza malvada y maquiavélica. Sus planes para hacer la vida de la pareja cada día más difícil se van volviendo más complejos conforme pasan los años, hasta el punto de que acaban afectando gravemente a su hermanita. Franklin, un hombre que siempre ha creído en el sueño americano, se niega a ver quien es realmente su hijo y siempre se acoge a cualquier excusa para justificar la actitud de Kevin. El papel de Eva se vuelve así doblemente trágico: es una Casandra cuyos ojos son los únicos que pueden contemplar en todo su esplendor la oscura naturaleza de su hijo, mientras libra una lucha interior para comportarse conforme a lo que la sociedad espera de una buena madre. Pero su desesperación ante la inmensa injustica de este suceso azaroso, de haber dado a luz a un chico tan especial como maligna la desorienta inevitablemente, instalando en su interior un permanente complejo de culpa:  
"Traté de castigar a Kevin durante buena parte de los últimos dieciséis años. Y, para empezar, ninguno de los castigos que le impuse le importó en lo más mínimo. ¿Qué puede hacerle el sistema de justicia juvenil del estado de Nueva York? ¿Enviarlo a su cuarto? Ya lo intenté. Y le daba igual, porque nada de lo que había fuera de su cuarto, ni dentro de él, si a eso vamos, le interesaba en lo más mínimo. ¿Habría ahora alguna diferencia? Y difícilmente conseguirán que se avergüence de lo que hizo. Eso sólo se puede lograr de personas que tienen conciencia. Sólo es posible castigar a quienes tienen esperanzas que se puedan frustrar o vínculos afectivos que se puedan cortar, a personas que se preocupen por la opinión que tengan de ellas los demás. Sólo se puede castigar a quienes aún conservan algún resto de bondad."
Porque en plena adolescencia Kevin acaba revelándose como un asesino de masas psicópata, uno de esos seres incomprensibles que copan titulares de los telediarios y de los que acaban saliendo imitadores. Su plan para castigar a la comunidad en la que vive y a la vez hundir irremisiblemente a su madre en el peor de los infiernos para el resto de sus días es tan brillante como siniestro. Las mejores y más estremecedoras páginas de Tenemos que hablar de Kevin coinciden con la ejecución de dicho plan, la obra fría y milimétrica salida de la mente de un asesino nato. A pesar de que la novela de Shriver pueda parecer en ocasiones larga e incluso reiterativa, es indudable que su construcción formal y la manera de dosificar su información son magistrales. Además, también ofrece una reflexión acerca del morbo que producen en el gran público seres como él. El mismo Kevin lo sabe y sus palabras al respecto son muy lúcidas cuando tiene ocasión de explicarse frente a un periodista. A pesar de que su caso es claramente fruto de la naturaleza, no de la sociedad, el psicópata ha aprendido las mínimas normas de convivencia para mezclarse discretamente entre sus compañeros hasta que llegue el momento de ejecutar su obra maestra criminal, un proyecto que, si nos fijamos bien, parece haber estado anhelando durante su entera existencia.
La adaptación cinematográfica de Lynne Ramsay es, lógicamente, más sinténtica y también más efectista que la novela. A pesar de que deja algún que otro detalle importante sin explicar, la película de Ramsay sale airosa en su apuesta por ir mezclando diferentes ejes temporales para contar la historia y motivaciones de Kevin. A que la experiencia de su visionado sea satisfactoria ayudan, y mucho, las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas. 
Para terminar, una curiosa reflexión de Lionel Shriver, un tanto insólita en estos tiempos, pero que puede servir perfectamente como  complemento al terrible mensaje de su novela: el hecho de tener hijos no es garantía de felicidad (aunque en la mayoría de las ocasiones lo sea):
"Durante mis años fértiles, he tenido todo el tiempo del mundo para tener hijos. Tuve dos relaciones estables, una de ellas desembocó en un matrimonio que aún continúa. Mi salud era perfecta. Podría habérmelo permitido desde el punto de vista económico. Simplemente, nunca los he querido. Son desordenados, me habrían puesto la casa patas arriba. Son desagradecidos. Me habrían robado buena parte del tiempo que necesito para escribir libros."

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