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The long and winding road

Publicado el 02 octubre 2014 por Ana Ana Vázquez @AnaVazquez39

Supe que Juan me había dejado de querer antes —incluso— que él. La relación se deterioraba por días. Mi matrimonio hacía aguas. Lo sabíamos los dos, pero no hacíamos nada para remediarlo. En realidad —y me lo preguntaba a diario, mientras tomaba café, regaba el jardín o miraba al techo— ¿qué se puede  hacer cuando se acaba el amor?  Eran pequeños indicios que se fueron convirtiendo en pronósticos, síntomas y destellos cada vez más grandes. Ya no dormíamos abrazados. No nos dábamos el beso de buenos días. Las nimiedades que antes pasábamos por alto ahora eran irritantes. Y —lo peor de todo— comíamos, cenábamos, veíamos la tele… en silencio, porque no teníamos nada que decirnos y, porque, cualquier cosa que hablásemos se convertía en el inicio de una tormenta.
Eso fue el preámbulo de su infidelidad. Jimena siempre me dijo que se lo puse a huevo, pero lo que jamás pude perdonar no fue el engaño en sí mismo, sino su traición, su mentira, la deslealtad y —sobre todo— la trama urdida de mentiras incontables, para que yo no me enterase de que se estaba follando a la mujer de su socio, en mi casa de Madrid.
Lo supe esa Nochevieja en mi casa. Lo supe desde el primer momento. Desde el segundo cero. Desde que vi en los ojos de Juan la misma expresión con la que me miró el día que nos conocimos. Y desde ese instante entendí que yo ya no era nada para él. Que por mucho que me empeñase, por muchos juegos malabares que  intentase hacer, le había perdido. Para siempre.
La miró como una vez me había mirado a mí. Y en ese preciso instante tiré la toalla, me rendí a la evidencia y me negué a luchar contra lo inevitable. Porque no se puede obligar un sentimiento. El amor no es una exigencia ni una imposición. Y por más que intentaba explicárselo a Jimena ella se revolvía, me llamaba imbécil y me instaba a que luchase por mi matrimonio. Pero yo no podía. No quería. Y —sobre todo— no me quedaban fuerzas para la lucha.

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