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Todo es cine: de Orson Welles a 'Saló...'

Publicado el 06 enero 2012 por Manuelmarquez
Todo es cine: de Orson Welles a 'Saló...'* Esta entrada fue publicada originariamente en mi antiguo blog —El (viejo) glob de Manuel—, y bajo la etiqueta "Grageas de cine", el 19 de febrero de 2006.-
- Veo un documental de corta duración (apenas 25') que, formando parte del paquete de extras de una edición no excesivamente brillante de su película El cuarto mandamiento (The magnificent Ambersons), y bajo el título de Hollywood remembers, efectúa un recorrido somero y sintético, muy sintético, por la carrera cinematográfica de Orson Welles. Aun cuando, insisto, su calidad no es muy alta, no se le puede dejar de reconocer el mérito de haber incluido en tan magra duración una panorámica completa de la obra de un genio tan proteico, excesivo y corrosivo como fue el señor Welles, hombre capaz de aglutinar en su persona todos los excesos y todas las salidas de tono que siempre se han podido esperar de aquellos genios artísticos a los que su tiempo -¿y qué tiempo no les hubiera venido con idéntico tallaje...?- les venía corto, estrecho y, definitiva y ridículamente, pequeño. En cualquier caso, ahí está lo que verdaderamente importa, eso que ya nadie nos puede arrebatar: sus películas, pocas, pero de tan extraordinario valor, que compensan sobradamente con su calidad ese escaso volumen. Tiempo y ocasión habrá, amigos lectores, para entrar en comentarios más detenidos sobre todas y cada una de ellas: más allá de los millones de litros de tinta que se hayan podido verter acerca de las mismas, siempre es un placer incidir, una vez más, en sus innumerables y enormes bondades.
- Les hablaba, en las grageas de la pasada semana, de una "batallita" relacionada con mi acercamiento al cine de Pier Paolo Pasolini, y les hacía un breve apunte acerca de mi (un tanto "complicada") experiencia con uno de sus títulos más señeros, Saló o los 120 días de Sodoma. Corrían los primeros años de la decada de los 80' del pasado siglo, y, muy cerquita de mi casa -del domicilio de mis padres-, en Córdoba (España), se encontraba la Escuela de Magisterio, en la que, por obra y gracia de un auténtico loco por todo lo que tuviera que ver con el celuloide, Martín Cañuelo (aun a día de hoy, un auténtico romántico, un hombre que mantiene abiertos, contra viento y marea -es decir, contra la especulación inmobiliaria más galopante...-, tres cines de verano en pleno casco antiguo de la capital cordobesa: hacen falta muchos cojones -con perdón-, y no sólo metafóricos, para aguantar ese tirón: vaya desde aquí mi más sentido homenaje, que se lo debía, don Martín...), funcionaba un cine-club que, visto en perspectiva, y haciendo memoria (con la única neurona aún en funcionamiento), ofrecía una programación de auténtico lujo -la nómina de títulos, tanto en cantidad como en calidad, te empuja, comparada con la cartelera de cualquier sala comercial de hoy día (y aun siendo consciente de que se trata de cosas distintas...), a hartarte de llorar sin consuelo alguno-. Bien, uno de esos títulos, que asistí a ver en compañía de la que por entonces era mi novia (que, además de unos gustos cinematográficos bastante "ratitos", también terminó demostrando su inmensa torpeza: acabó casándose conmigo...), fue, precisamente, Saló... Me considero una persona (y creo que la experiencia acreditada respalda, en la práctica, tal consideración), con bastante aguante (lo que comúnmente se suele calificar de "estómago"...) para encajar imágenes de inmensa dureza, sea tal dureza de la índole que sea (sexual, violenta, afectiva...), y ya se trate de imágenes reales o ficticias (difícilmente me habrá visto nadie apartar la mirada del televisor ante los disparates que ofrece, a diario, cualquier informativo). Pero aquel día no pudo ser: los gironi del sexo y de la mierda, mal que bien, conseguí soportarlos, pero, ay, los de la sangre fueron superiores a mi capacidad de resistencia. Mi novia salía del salón de actos donde se proyectaban las películas justamente en su comienzo, y yo lo hacía segundos después, al borde del... en fin, creo que los detalles escatológicos son perfectamente evitables sin que ustedes, amigos lectores, me puedan reprochar autocensura, es sólo cuestión de no apurar el trago del mal gusto.
En cualquier caso, no lo considero, ni muchísimo menos, una asignatura pendiente: no tengo el más mínimo interés (y, por tanto, no creo que vaya a reincidir en ello) por volver a intentarlo. Sencillamente, todo tiene un límite. Tengan ustedes feliz semana, amigos lectores.
* Grageas de cine VI.-
* Antecedentes penales-El (viejo) glob de Manuel XIV.-

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