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Turbado y ofuscado

Por Ninyovampiro @ninyovampiro
Turbado y ofuscado
Pregunta de orden secundario: ¿se puede hablar de Cegador habiendo leído el libro sólo una vez? No sé si se debe, pero poderse, se puede. De todas formas, por si sirve de excusa, prometo que lo volveré a leer. Probablemente seguiré sin entenderlo, pero ciertos lectores no leemos a Cartarescu para entenderlo (es más, me atrevería decir que no queremos entenderlo), sino para dejarnos hipnotizar por su prosa. Lo cierto es que este libro requiere, exige, ordena y manda una relectura inmediata, pero antes de ello voy a intentar aclarar un poquito mis ideas.
Pregunta fundamental y que tarde o temprano el mundo de la literatura tendrá que plantearse: ¿se puede comparar a Cartarescu con algún otro escritor contemporáneo? Esto tendréis que contestarlo vosotros, porque yo no leo mucha literatura contemporánea. Sin embargo, aunque quizá por la rabelaisiana imaginación de ambos así como por su aura de autor de culto me viene a la mente Murakami, creo que cualquier paralelismo entre los dos termina ahí. Así que, admitiendo mi desconocimiento en materia de autores contemporáneos, me atrevo a afirmar que Cartarescu es incomparable.
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Pero un momento, que ser incomparable tampoco es necesariamente un elogio. Puede querer decir que eres un bicho raro. Muy, pero que muy raro. Que a veces no hay quien te entienda. Que parece que escribas sólo para ti, y te traigan al fresco el desasosiego y la frustración que le causas al lector. Y sobre todo, y lo peor, que nadie sabe por dónde vas a salir la próxima vez.
Algunos escritores se convierten desde sus inicios en autores de culto y luego pasan a ser fenómenos de ventas. ¿Cómo? A base de talento, indudablemente, y de darle siempre al lector lo que espera de él. El problema es que, con frecuencia, la fórmula se agota. Ahí está, por ejemplo, mi antaño admirado Auster, al que no leo desde hace años porque con cada libro suyo que sale pienso "ufff, ¿otro más?". El ya mencionado Murakami, a quien todavía leo con gusto, debe ir con cuidado si no quiere caer en la misma trampa.
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No creo que lo haga con el fin de evitar la repetición, sino simplemente porque él es así de raro, pero el caso es que Cartarescu es todo lo contrario de esos autores que, para bien o para mal, nos cuentan siempre la misma historia. Libros como por ejemplo El ruletista y Por qué nos gustan las mujeresparecen escritos por dos autores completamente diferentes. Quien tras leer el primero se compre el segundo esperando encontrar en él algo parecido acabará yendo a quejarse a la librería, y a decir que el nombre del autor que hay en la portada debe de estar mal (de hecho, situaciones parecidas han tenido lugar con un tal Ryuki Murakami, lo cual ha provocado la devolución de más de un regalo de cumpleaños). Porque cada libro de Cartarescu es impredecible. ¿He dicho cada libro? ¡Cada capítulo! ¿He dicho cada capítulo? ¡Cada página! Y así, en una reducción ad infinitum.
Turbado y ofuscadoImágenes de Bucarest antes del terremoto del 77 y la demolición posterior
Normalmente, cuando leo un libro que luego me propongo reseñar, voy tomando notas en el punto de lectura. Suelo acabar, según la extensión del libro, con cuatro o cinco marcapáginas totalmente garrapateados. Con Cegador, sin embargo, no tomé más que cuatro notas, que hoy no me sirven para nada. Y si no tomé más, fue por dos razones: en primer lugar, porque cuando uno toma notas para lo que va a escribir más adelante, tiene que tener una idea aproximada de qué es lo que quiere escribir, algo totalmente imposible cuando cada página te descoloca completamente y no tienes ni idea de adónde te quiere llevar el autor. Y en segundo lugar, el carácter hipnótico (y es que no se me ocurre un adjetivo mejor) de la prosa de este rumano genial hace que cualquier interrupción de la lectura para tomar una nota se convierta casi en un sacrilegio.
Como veis, entre Murakamis y anécdotas del reseñista aficionado, voy aplazando el duro momento de empezar a hablar de Cegador. Bueno, valor...
Empecemos con algunos datos reales y objetivos. El libro publicado por Funambulista es tan sólo la primera parte de una trilogía que en rumano se titula Orbitor. Decía Cartarescu en una entrevista que se trata una novela con forma de mariposa. Así, la parte que nos ocupa se titula El ala izquierda, publicada en 1996, a la que siguen El cuerpo (2002) y finalmente El ala derecha (2007). Se trata, pues, de una obra más que ambiciosa que ocupa alrededor de 1.500 páginas. Si no me equivoco, Impedimenta va a publicar la trilogía completa, lo que se me antoja será un auténtico acontecimiento literario.
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Cegador empieza de una manera bastante proustiana, con el narrador, "un adolescente demacrado y enfermizo", que se pasa las noches en vela observando Bucarest desde su ventana. A través de sus recuerdos, sueños y reflexiones, y descripción de un Bucarest desaparecido, nos vamos adentrando en la historia de su familia,
Me encontré de pronto revolviendo en los exiguos archivos de la familia, custodiados en un antiguo bolso de mi madre, de cuando era soltera, un bolso de tiras, granate, de piel artificial con las escamas casi totalmente desdibujadas.
y la novela empieza a deslizarse al terreno del recuerdo, pero un recuerdo difícil de separar de los sueños y de la historia imaginada.
Después de aquellas tardes, que habían llegado a convertirse  en el aire que respiraba mi vida solitaria y frustrada, después de aquellos paseos de topo por el continuum realidad-alucinación-sueño como a través de un triple reino inexplicable, me metía en la cama y tomaba al azar uno u otro de los libros amontonados por el suelo, apoyados en el baúl.
La historia imaginada emparenta Cegador con Armonía celestial, del húngaro Esterházy, con la que comparte el recurso literario (¿o hay que llamarlo poder sobrenatural?) del autor para introducirse en la memoria de sus padres y abuelos. Y más allá todavía, porque la mancha con forma de mariposa que tiene en la cadera la mamá del Mircea narrador, éste recuerda haberla visto desde el útero materno.
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Y de repente, en mitad de este agradable paseo desde el viejo Bucarest de antes del terremoto del 77 y la posterior demolición de barrios enteros, a la mente del joven Mircea, y de ésta a los recuerdos de su madre, nos dice el narrador:
Ovillado como un feto en un vientre de lana vieja y paja crujiente, devorado por docenas o centenares de pulgas, soñaba los sueños de mi abuelo, cuya cabeza canosa descansaba al lado de la mía. (...) En mi sueño sentía, bajo aquel manantial de luz, que mi propia calavera se volvía transparente, y los hemisferios arrugados de mi cerebro, envueltos en su membrana, parecían dos semillas de nuez verde aún no cuajadas(1) (...) Me zambullía entonces en una Escitia delirante.

Comienza entonces un capítulo magistral en el que nos remontamos unas cuatro generaciones y nos trasladamos a Bulgaria. Allí asistimos al viaje que emprendió el clan de los Badislav, antepasados del narrador, desde Bulgaria a Rumanía, sobre un congelado Danubio. El motivo del peregrinaje hay que buscarlo en el regalo que les había hecho una tribu de gitanos:
Aquel fue el año de la adormidera.
Los estragos que causó entre los Badislav esta "planta del opio", cuyas semillas dejaron los gitanos antes de desaparecer de la noche a la mañana, nos brinda párrafos como éste:
Los espectros forzaban la entrada de los aposentos y luego iban a las habitaciones donde, bajo los ojos de las madres, que creían que estaban soñando, arrancaban de las cunas a los niños fajados en sus paños y rompían a dentelladas su carne tierna, salpicando de sangre delicada el suelo de arcilla. Agarraban a las mujeres, las montaban a horcajadas sobre las banquetas, las penetraban con su gusano negro, ictifálico, que volvía a erguírseles por primera vez desde tiempos inmemoriales.
La orgiástica batalla que se libra entre ángeles, demonios, duendes, dragones no hace sino anticipar los rituales satánicos que nos estremecerán unas doscientas páginas más adelante, y unos miles de kilómetros al oeste, concretamente en Nueva Orleans. Y uno se pregunta si los guinistas de aquella serie titulada True Blood no leyeron a Cartarescu, porque algunas de sus imágenes se le parecen hasta en el detalle de esos ojitos negros.
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Pero al capítulo del paso de los Badislav sobre el Danubio congelado le sigue uno sobre filosofía oriental.
Bajo el diafragma está Muladhara enroscado como una serpiente sobre el hueso sacro inervando las serpientes en la pulpa con los cuatro pétalos de luz graisienta. Más abajo, en la cintura, está Svadhisthana con sus seis pétalos multicolores, reina de los riñones y la vejiga, de las células de Leyding y del recto, zona de la voluntad y de la vitalidad.

Esta fascinación de Cartarescu con la anatomía (y con las atrocidades que se le pueden infligir), que culmina en unas líneas de antología sobre -una vez más y como en Lulu- la larva y el gemelo, nos conduce al siguiente capítulo, que empieza de esta guisa:
Mi madre tenía en la cadera izquierda una gruesa mancha, de un rosa violáceo, en forma de mariposa.
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 Maravilla ver la facilidad con que Cartarescu hilvana imágenes y escenas tan dispares, momentos tan alejados entre sí, y, llamémoslo así, esas "fuentes narrativas" tan diversas como son sueño, memoria e imaginación. La fusión de estos elementos constituye no sólo uno de los motivos centrales de la obra, sino su objetivo último. Desde la desencantada y casi perturbadora clarividencia que le otorga su madurez, el narrador nos cuenta cómo años atrás, en otra ciudad que era la misma y otro cuerpo que sigue siendo el suyo, se sintió como si lo hubieran dejado caer desde las alturas en mitad de la adolescencia. La novela es, pues, entre otras muchas cosas, la búsqueda de la iluminación, del sentido de su existencia. En palabras del propio Cartarescu, Cegador "es una novela total, una novela sobre todo un gran arco entre lo divino y lo humano."
¿Quién soy? ¿Quién fui? ¿Cómo es posible? ¿Por qué nací? ¿Qué significa toda esta locura, toda esta comedia, toda esta prestidigitación? ¿Por qué salí de un útero de mujer en un punto concreto en medio de un polvo de estrellas? ¿Por qué soy capaz de comprender esta demencia?
Pero si nos acercamos demasiado a ella, la iluminación puede cegarnos. Y unos capítulos más tarde, ya en Nueva Orleans y en una de esas escenas con las que Cartarescu gusta de espeluznarnos, veremos una de las muchas formas en que se puede enceguecer a un Ícaro con alas de mariposa.
Turbado y ofuscadoLa demolición que transformó la ciudad
Apenas he hablado de las primeras cien páginas de esta novela, y estoy de nuevo tan maravillado como durante su lectura. Pese a no mencionar más que un par de entre el aluvión de ideas, personajes e imágenes que contiene esta obra, he intentado dar una idea aproximada del tipo de libro ante el que nos encontramos, pero la verdad es que se me acaban los superlativos. Baste decir que los elogios que le he dedicado no son sino una fracción de los que merece, y que cada línea de Cegador es... ¡ay, cómo decirlo!
Turbado y ofuscado
 Según el diccionario, cegar, aparte de "quitar la vista a alguien" es también "turbar la razón, ofuscar el entendimiento", y vemos que dicho verbo, a diferencia de deslumbrar, no tiene la connotación de "asombrar, encantar, fascinar". Para mi sorpresa, tras consultar el diccionario descubro que el título original, Orbitor, parece estar más cerca de deslumbrar que de ofuscar el entendimiento. Sin duda han sido razones comerciales las que han hecho que la editorial desechara el título "Deslumbrante" (también en inglés la obra se conoce como Blinding, y no como "Dazzling"), pero en todo caso ha sido una decisión acertada: los buenos libros pueden deslumbrar; las obras maestras turban la razón.
(1) - Para aquellos a los que les gusten los jueguecitos: nos dice el autor en una entrevista que en cada página de Cegador puede el lector encontrar un pequeño objeto con forma de mariposa.

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