Revista Cultura y Ocio

Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.

Publicado el 03 enero 2010 por Almargen
Realizo esta primera entrada de 2010 sobre una plantilla nueva. Como el lector asiduo podrá comprobar, he cambiado la imagen global del blog. He pretendido hacerlo más funcional, más legible, mejor estructurado. No sé si lo he conseguido. En todo caso, aplico un lema: "año nuevo, nueva imagen.... del blog". Eso sí: manteniendo la línea "al margen" que lo ha caracterizado desde que, en abril de 2007, viera la luz. Por tanto, bienvenidos a todos a esta entrada cuya escritura comienzo en la noche/madrugada del 2 al 3 de enero del recién inaugurado 2010.
El fin de un año y el comienzo de otro suele ser un tiempo de reflexión, de recapitulación sobre lo vivido, o lo escrito, o lo no vivido o lo no escrito. Depende. En este caso, mi reflexión tiene a un proyecto como excusa y objetivo: pienso en Bartleby Editores, la pequeña editorial que cumplirá en 2010 doce años en la que tengo el honor de dirigir, casi desde su origen y en calidad de colaborador "militante", la colección de poesía. Echar la vista atrás y recordar aquella tarde de octubre, o noviembre de 1997, en que Pepo Paz apareció en el pequeño estudio de Europa FM donde emitíamos el mítico programa Libromanía (mi recuerdo para Paco Solano, Ángel García Galiano y Blanca Navarro, entusiastas aventureros de las ondas en aquella época en que éramos más jóvenes) supone un ejercicio de memoria, sin duda. Pero también es un acto imprescindible para recapitular.
Pepo, a quien ninguno de los que estábamos allí tenía el gusto de conocer, fue a presentar el proyecto, a poner sobre la mesa del estudio dos libros hermosos y valientes (editados de forma manifiestamente mejorable, todo hay que decirlo) de dos autores cubanos: de José Kózer, poeta, el primero: Dípticos. De José Lezama Lima, narrador universal, el segundo (sus cuentos completos, titulado La Habana caleidoscópica). Eran pequeños libros (pequeñas joyas) que todavía no contaban con la envoltura y el diseño que un par de años después se harían seña de identidad de Bartleby (seña que, en lo esencial, todavía se mantiene) pero que por la altura de su contenido podían perfectamente competir con los mejores títulos de las más consolidadas editoriales del país. Pepo Paz, a quien acompañaba un socio cuyo nombre no recuerdo y que se perdió poco después en aventuras no editoriales, llegaba con la timidez de quien se inicia en una labor llena de secretos y de dificultades. He de decir, antes de proseguir y como aviso para navegantes, que el libro de Kózer, Dípticos, ha sido el único libro de poesía de Bartleby que he reseñado en Babelia en los últimos doce años.
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
 Vista de Garagantilla. Lugar de nacimiento de algunos prouyectos Bartleby
No sé a través de qué mecanismos (creo recordar, pero sin seguridad alguna, que gracias a una gestión de Luis Cicuéndez, poeta, o de María José Parejo, hoy periodista en RNE, o quizá de Ana Manzano, hoy bloguera y pintora de iconos medievales), Pepo Paz me ofreció la posibilidad de dirigir la recién nacida colección de poesía. Los tres títulos siguientes, todavía con el diseño primitivo, fueron de poetas muy jóvenes o con poca obra publicada: Eduardo Moga, el citado Luis Cicuéndez y Salustiano Martín. Pepo y yo, durante aquellos días, nos reunimos innumerables veces. Recuerdo largas comidas en el comedor de la Asamblea de Madrid, o cafés urgentes en algún bar próximo a Pueblo Nuevo, barrio en el que ambos habíamos echado raíces en nuestra infancia (más reciente la suya, casi remota la mía), en las que soñábamos el futuro de Bartleby, barajábamos nombres de poetas nuevos y menos nuevos y debatíamos, con un entusiasmo casi infantil, sobre el sentido de la liteatura, sobre las finalidades del proyecto, hasta que logramos afinar un par de principios básicos que se han mantenido a lo largo del tiempo: el primero, que la editorial debía aspirar a todo, no podía quedarse embarrancada en el arenal en que se quedaban tantos proyectos editoriales independientes; el segundo, que su independencia era básica: no podía financiarse gracias a premios institucionales, o de cajas de ahorro, o de otras entidades. Así, inició una nueva etapa, con un nuevo diseño del que es "culpable" Sandra Zavala, tirando muy alto: la totalidad de la poesía amorosa de Manuel Vázquez Montalbán (que estará, seguro, en los cielos de los rojos más honestos), recogida bajo el título Ars amandi,  y dos libros de la gran escritora canadiense Anne Michaels, El peso de las naranjas/Minner's Pound.
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
 La Ciudad Lineal en los 60
Así fue cobrando forma un proyecto que ya venía de antes pero que poco a poco fue perfilándose, con un trabajo infinito, en lo que es hoy. Casi doce años después de aquellos días, Bartleby es un proyecto consolidado en el que Pepo Paz pone, junto al talento, el riesgo económico, la hipoteca y un trabajo sin horas, extendido durante mañanas, tardes, noches y madrugadas. Y quien esto escribe, en sus ratos libres combinándolo con sus labores literarias (noches, madrugadas y fines de semana, vacaciones también), pone algo de trabajo y lo que puede de talento (si lo hay) junto a dosis infinitas de entusiasmo.
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
Bartleby es una editorial independiente llena de ideas, con una plantilla unipersonal (el único asalariado -por llamarlo de alguna forma- es Pepo Paz, quien, además, dirige ejecuta el activísimo "departamento de comunicación y marketing") y cientos de posibilidades de edición: todas ellas de calidad gracias a la tenacidad en la búsqueda de nuevos títulos, a la apertura de miras a la hora de sondear nuevas líneas y nuevos nombres y a una ambición sin límite a la hora de aspirar a contar en su catálogo con los mejores: no en vano, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Martínez Sarrión, Caballero Bonald, Donoso o Gamoneda conviven en él con Soyinka, con Sylvia Plath, con Szymborska, con Sharon Olds, con Peter Hanke, con Raymond Carver o con Auden. Son algunos nombres a los que se podrían añadir los de jóvenes poetas españoles, voces nuevas que se han incorporado a nuestra literatura a finales del siglo XX y en este siglo XXI que no sólo han aportado savia nueva y títulos innovadores (Julieta Valero, Marcos CanteliIsabel Pérez Montalbán, Xoán Abeleira, Julia Piera, David González...), sino que han contribuido a la recuperación, desde la mirada joven del presente siglo, de títulos casi olvidados (y, a la vez, de un alto nivel de calidad) de nuestros poetas mayores en la serie Lecturas21.
Como la poesía limitaba el campo editorial de Bartleby, Pepo Paz decidió un buen día consolidar una línea en la que había trabajado en la prehistoria bartlebiana: la narrativa. Lorenzo Dávila, profesor y arquitecto y escritor en sus ratos libres, diseñó la nueva portada y, con la nueva etapa de la colección de narrativa llegaron Niall Williams, Haroldo Conti, Adalbert Stifter, John Steinbeck, Briggitte Reimann, y autores nuevos o poco conocidos como Crespo Massieu, Giovanna Rivero o Justo Sotelo.
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
Comparto con Pepo Paz la afición por los tranvías
De esa labor, casi siempre callada y tenaz, se ha derivado un final de año 2010 gratificante: la votación de los 50 críticos y colaboradores de Babelia ha situado 2 libros de Bartleby entre los 10 mejores del año; El Cultural, de El Mundo, ha situado uno entre los diez; Público, otros dos entre los 10, y uno de los más prestigiosos periodistas culturales de El Periódico de Cataluña, Albert Espinosa, ha colocado también un libro de Bartleby entre los mejores del año además de situarlo (me refiero a Aquí, de Szymborska) en tercer lugar en la lista de llos mejor traducidos en 2009. Las portadas de los tres títulos mencionados en esas publicaciones se reproducen en este post. En definitiva, el listón de 2008, con Sylvia Plath y Haroldo Conti situados en la lista de Babelia, ha sido superado sobradamente.
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
Sé que habrá quien busque motivaciones distintas en el colofón (al día de hoy) de esta historia, pero en ella, dentro y fuera, en lo visible y en la trastienda, sólo hay trabajo, talento, pasión por la literatura y una tenacidad a prueba de bombas, de hipotecas y de baches económicos. Y más allá, como línea conductora de una realidad que ha ido haciéndose día a día y título a título, una amistad crecida de manera lenta y natural entre el editor-empresario y este modesto director de la colección de poesía. Una amistad llena de afinidades: la querencia por la Ciudad Lineal y su memoria de lugares abolidos, la evocación de los tranvías y de los crepúsculos junto al barrio de Las Cárcavas,  la sierra norte y sus rincones apenas visitados en los que todavía respira un tiempo perdido, Marsé y sus Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí, el Real Madrid, la compasión por los desheredados, el origen humilde, arraigado en barrios casi limítrofes de una ciudad desarrollista, el eterno retorno a los paisajes de la infancia (en gran medida, desaparecidos) y, siempre, la extraña erótica que aporta el proceso en virtud del cual un simple manuscrito pasa a la condición de libro. La portada, el tipo de letra y su tamaño, la caja y los márgenes, el olor de la tinta, son elementos constitutivos de una labor que tiene algo de mágico. Esa labor, que más de una vez me ha llevado a acudir, en viernes por la tarde, sin comer apenas, a alguna inmensa nave perdida en un polígono industrial de las afueras de Madrid en busca de los primeros ejemplares de un libro largamente soñado, es la que da sentido a las horas sin sueño, a los amaneceres en vela, a la pasión por la literatura. A Bartleby Editores.

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