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Un jardín en Brujas- Charles Bertin

Publicado el 07 junio 2016 por Rusta @RustaDevoradora

Un jardín en Brujas- Charles BertinEdición:Errata naturae, 2015 (trad. Vanesa García Cazorla)Páginas:152ISBN:9788415217947Precio:15,50 €
Un jardín en Brujas(1996), un breve memoir del escritor belga Charles Bertin (1919-2002), me acompañó durante dos noches. Utilizo este verbo, acompañar, porque, y aun a riesgo de sonar cursi, uno no lee este libro como un espectador que mira los hechos desde la distancia, ajeno a ellos, frío. Esta obra suscita complicidad: comparte una experiencia personal que nos empuja a buscar entre nuestros recuerdos, a recuperar esas instantáneas de la infancia que evoca con nostalgia. La narración comienza así: «Anoche sentí ganas de ir a saludar a mi abuela». La abuela del autor, Thérèse-Augustine, es la protagonista de este texto, en el que Bertin rememora los veranos en su casa con jardín de Brujas, en el periodo de entreguerras. Bertin lo escribió cuando él mismo ya era un hombre anciano de vuelta de todo, lo que le permite no solo evocar sus recuerdos infantiles, sino ponerse en el lugar de Thérèse-Augustine para comprenderla como persona y no solo verla como su abuela.Un jardín en Brujas- Charles BertinAbundan las novelas dedicadas a la figura de la madre (épicas de la maternidad, podrían llamarse), pero no tantas a las abuelas, que suelen aparecer como personajes secundarios en las historias familiares. Aquí, no obstante, solo importan la abuela y su nieto: los veranos compartidos por los dos, las confidencias, las risas, los paseos por la ciudad. Es un lugar común decir que los abuelos tratan a sus nietos con mucha devoción y cariño. En parte, Thérèse-Augustine se comporta de este modo: una abuela entregada, volcada en el cuidado del muchacho. Es viuda y tiene a los hijos lejos, por lo que se encuentra bastante sola y, durante las vacaciones, convierte al niño en el centro de sus atenciones. Se puede decir que viven el uno para el otro, conforman una relación intergeneracional en la que ambas partes se influyen: el pequeño Bertin descubre el mundo de los adultos a través de su abuela, y ella se acerca a la infancia que, por generación, no pudo vivir como hubiera querido. Y en esto reside su singularidad: la abuela no pudo proseguir con sus estudios por ser mujer. Tenía que dedicarse a la casa, a cuidar de la familia. Junto a su nieto, trata de quitarse esa espina.Thérèse-Augustine se convierte en la compañera de juegos y aprendizaje de su nieto. No se limita a distraerlo, sino que estudian juntos, le descubre el arte y la literatura (esas lecturas de aventuras de la infancia, tan estimulantes: Jules Verne, Daniel Defoe…), y ella aprende a su vez, se divierte, sacia su curiosidad. Llaman la atención sus métodos de enseñanza, una verdadera lección de ingenio para que su nieto se lo pase bien y no los perciba como algo aburrido o fastidioso. A pesar de su indudable inteligencia, ella siempre se muestra modesta, niega su capacidad para hacer cualquier tipo de actividad mínimamente intelectual (como escribir), pero lo cierto es que se desenvuelve muy bien en ello. Thérèse-Augustine, en definitiva, es una mujer hecha a sí misma: encarna a esas personas que no pudieron estudiar ni moverse en ambientes cultos, pero que, lejos de resignarse, se han esforzado, por su cuenta y a su manera, para alimentar esa mente hambrienta de conocimiento. Además, lleva a cabo una «misión»: le narra a su nieto sus memorias, para que no olvide sus orígenes y valore las oportunidades que él sí tendrá. Una excelente forma de conectar pasado y futuro.

Un jardín en Brujas- Charles Bertin

Charles Bertin

Un jardín en Brujasme parece un libro muy fácil de disfrutar. En gran medida, esto se debe a la fluidez de la lectura y a la simpatía que nos suscita el personaje, pero sería injusto apreciar solo su vertiente más emotiva. Sería injusto, porque Bertin demuestra una gran habilidad para hacer algo no tan común: mostrar a su abuela como mujer, y no solo como su abuela. Estas páginas tan hermosas también son un fino análisis de la personalidad de Thérèse-Augustine, de su vulnerabilidad, de sus frustraciones, de todo aquello que en teoría queda fuera de la mirada de un nieto, hasta que este nieto vuelve a pensar en ella cuando se ha hecho adulto. Hay una escena muy significativa: de niño, encontró unas novelitas eróticas escondidas en la casa. Dio por hecho que pertenecían a su abuelo, pero reconoce que años más tarde se planteó que tal vez las habían leído juntos, el abuelo y la abuela. La memoria, pues, se acompaña de la lucidez del presente para redescubrir a Thérèse-Augustine y compartir su testimonio con los lectores. Una obra intimista y tierna, sí, pero sin sentimentalismos, escrita con la prosa depurada y precisa de un narrador consumado, y con la verdad de la buena literatura.

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