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Una de espías de verdad

Publicado el 02 enero 2012 por Josep2010

Una de espías de verdadDe vez en cuando aparece alguna película que va contracorriente casi despreciando las más probadas fórmulas de la comercialidad y nos devuelve, a los más veteranos, la sensación que todavía se pueden hacer películas de acción en las que la física es una parte complementaria pero no la principal para mantener la atención del espectador, prefiriendo sostener la acción a base de meros actos de investigación que son ejecuciones de decisiones mentales producidas tras un ejercicio mental en el que se toman riesgos y se descartan probabilidades.
Como en la vida real, vaya, dotando de una normalidad aparente ciertas actividades que pertenecen a círculos restringidos y que se desarrollan intentando pasar absolutamente desapercibidas, sin ruido ni alharacas vanas.
Intriga perteneciente a la fecunda cosecha de John Le Carré, padre literario del hermético George Smiley, la investigación, averiguación de identidad y detención de un infiltrado agente doble en las más altas instancias del servicio de espionaje británico obtuvo a finales de los años setenta del siglo pasado gran éxito en la televisión, de lo que ya queda constancia en este bloc de notas en un momento en el que no me podía imaginar que llegaría a ver en pantalla grande la misma trama.
Así ha sido pues Tomas Alfredson, basándose en un guión escrito por Peter Straughan y Bridget O'Connor (a la que se dedica la película a causa de su fallecimiento antes del estreno) rodó una versión cinematográfica titulada como la novela Tinker, tailor, soldier, spy, traducido su titulo como era de esperar al castellano como El topo, en la que se la ingenia para reducir a poco más de dos horas una compleja trama que en la serie televisiva alcanza casi siete horas.
Las comparaciones son odiosas y además, cuando se trata de medios distintos, inútiles: la película recién estrenada en diciembre pasado no tiene ninguna posibilidad de competir en detalle con la mini serie televisiva ni con la novela, porque el lenguaje, sometido a la durción, forzosamente debe ser distinto.
La película de Alfredson mantiene el esqueleto de la trama ideada por Le Carré sin cambiar apenas nada de lo principal, ni siquiera los nombres de los personajes, lo que representa una gran ventaja para los espectadores que o bien han leído la novela o bien, como es mi caso, disfrutaron en su momento -y quizás también en más de una ocasión, posteriormente- de la serie televisiva: el conocimiento previo de la trama sin duda ayudará bastante al momento de apreciar en su justa medida la película: en este caso, no puedo meterme en la piel de quien se enfrente a la intriga partiendo de cero y me queda la sensación que el forzoso uso del flashback y la elipsis quizá aturulle un poco al espectador desprevenido y con toda seguridad no será del agrado del habitual de las películas de espías que se limitan a liarse a mamporros y dar saltos y piruetas propias de un circo digital.
Es evidente que la inspiración de Alfredson se halla fuera de la post modernidad que pretende convencernos que los estilos videocliperos y la trepidante cámara en mano son lo más de lo más, porque el sueco se decide por una forma de rodar absolutamente tranquila, dejando que el fastuoso elenco encabezado por Gary Oldman como George Smiley y Benedict Cumberbatch como su brazo ejecutor Peter Guillam desarrollen sus composiciones con el debido espacio, calma y tranquilidad para que todos podamos disfrutarlos.
Una de espías de verdad
(Por cierto, apuntar nota: a la que salga el dvd deberé espabilar para poder verla en v.o.s.e.)
Ese muy británico elenco en el que la mujer apenas tiene cabida -nos hurtan incluso la concurrencia de la conflictiva esposa de Smiley- es una baza considerable a tener en cuenta ya que las excelentes actuaciones sostienen no poco el metraje otorgando una pátina de verismo en una trama poco usual en estas épocas en las que el trabajo gris y concienzudo, lento y constante, parece no tener cabida: cuando las películas de espionaje son espectaculares pero carecen de intriga, ofrecer un retrato impregnado de realismo de las vicisitudes que ocurren en un ambiente más propio de una triste oficina, repleta de funcionarios tópicos que se distinguen por jugar con papeles que contienen información supuestamente valiosa para los intereses de una nación, siendo así que su defensa no se mantiene a base de ráfagas de tiros, es casi una osadía revolucionaria que nos devuelve a la juventud cuando en los muros se podían leer pintadas en las que se decía: la imaginación al poder.
Esta película no es pues aconsejable para quienes busquen escenas de violencia física, peleas coreografiadas y tiroteos, porque les decepcionará; tampoco es una película portadora de mensaje político subliminal y me atrevería a decir que a causa de la densidad de la trama y de su previo conocimiento a los guionistas les ha resultado imposible mantener los trazos psicológicos -leves, pero existentes- que definen a los personajes, quedando, eso sí, el interés de la intriga y la construcción de los consecutivos hechos que encadenados con mucha eficacia conforman una historia que engancha desde el primer al último minuto, manteniéndose la tensión gracias al buen pulso cinematográfico de Alfredson que se sirve de la música compuesta por Alberto Iglesias para puntuar alguna escena.
En definitiva, una película recomendable incluso para quienes ya conozcan la trama y sepan de antemano quien es el topo; es probable que después, les apetezca ver la serie y leer la novela de John Le Carré y soñar con que pronto, veremos en cine a La gente de Smiley...
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