Revista Opinión

Una gabarra surcando el Segura

Publicado el 13 abril 2024 por Manuelsegura @manuelsegura
Una gabarra surcando el Segura

La tarde del primero de mayo de 1983 recuerdo que me encontraba saliente de un servicio de suboficial de guardia en el Regimiento de Infantería Badajoz número 26 de Tarragona. Y que estaba en la cantina del cuartel, pegado a un pequeño transistor a pilas, merendando y escuchando el desenlace de la última jornada del campeonato nacional de Liga. En el Insular canario, el Athletic Club de Bilbao se medía a la Unión Deportiva Las Palmas. Y en el Luis Casanova, el Real Madrid al Valencia. Rojiblancos y merengues se jugaban ese domingo aquella Liga 82-83. Canarios y ches, el descenso a Segunda o la salvación.

El Athletic ganó goleando 1-5 a Las Palmas, mientras el Madrid cayó por 1-0 ante el Valencia. Los bilbaínos se proclamaron campeones; los merengues, subcampeones; los valencianistas se salvaron y los canarios, descendieron. Cuando el árbitro pitó el final en Mestalla, comencé a dar saltos de alegría como un poseso, hasta el punto de que un compañero de Fuerteventura que me conocía se me acercó alarmado, me preguntó por el motivo de mi júbilo y, cuando se lo expliqué, me espetó con su acento meloso: «¿Un ‘mursiano’ del Bilbao? Si no lo veo, no lo creo».

Aquella misma noche llamé a mi casa desde una cabina telefónica que había en el patio del cuartel. Quería hablar con mi padre, escuchar su voz emocionada y celebrar en la distancia aquel triunfo histórico de nuestro equipo, del que tantas gestas me había relatado. Cogió el auricular mi madre y me dijo, algo mosqueada, que desde hacía horas no sabía nada de él, porque se había marchado con dos amigos, hinchas también del Athletic, a celebrar la victoria, recorriendo los bares del pueblo a la búsqueda de madridistas a los que saludar con efusividad.

En la temporada siguiente, la 1983-84, yo ya había regresado del servicio militar. Tras algo más de un año en el Ejército, intenté normalizar mi vida, me reincorporé a la radio con un prometedor contrato laboral y conocí a una joven que tiempo después se convertiría en mi mujer. El Athletic reverdeció sus laureles ganando otra vez el campeonato, al derrotar en el último momento a la Real Sociedad, en San Mamés, por 2-1, en un partido agónico, y de nuevo con el Madrid pisándole los talones.

El 5 de mayo de 1984 el Athletic disputó, en el Santiago Bernabéu, la final de la Copa del Rey al FC Barcelona de Diego Armando Maradona y Bernd Schuster. Aquel sábado vi el partido por televisión, en mi casa, con mi padre y mi hermano pequeño. Recuerdo el salto que dimos cuando, a los pocos minutos de iniciarse el choque, Endika marcó el gol que nos daría la victoria. Y lo que sentimos al final, luego de comprobar el mal perder de algunos azulgranas, provocando una violenta trifulca tras decretar el colegiado murciano Ángel Franco Martínez la finalización del encuentro. Cuando se calmaron los ánimos, Dani Ruiz Bazán, el gran capitán de aquel equipo ‘txapeldun’, subió al palco y recogió el trofeo de manos del rey, mostrándolo orgulloso a la afición rojiblanca que mayoritariamente llenaba los graderíos del coliseo madrileño. Fue la inolvidable temporada del doblete: Liga y Copa.

Esa foto ha permanecido archivada en mi retina durante 40 años, como referente del último zarpazo del león, hasta que este pasado 6 de abril Muniain hizo lo mismo en el estadio sevillano de La Cartuja. Cuando Iker levantó la Copa, pensé en mi padre y en sus dos amigos, todos ya ausentes, que aquella noche del 83 la liaron parda festejando la victoria liguera por los bares del pueblo, tras 27 años de sequía, pues el Athletic no ganaba una Liga desde 1956 con Carmelo, Garay o Gainza todavía en sus filas. Por eso, cuando esa noche de sábado, al filo de la una de la madrugada, Berenguer marcó el penalti decisivo, me abracé a mi hijo como mi padre hubiera hecho conmigo, acaso para subirnos metafóricamente a una gabarra que surcara no la ría de Bilbao sino el cauce del Segura, porque los del Athletic, ya se sabe, nacemos donde nos da la gana.

Solo aquellas personas que entienden el fútbol con intensidad y pasión inusitadas comprenderán esto. Y es que, como expresa un personaje refiriéndose a otro en ‘El secreto de sus ojos’, la película de Juan José Campanella basada en una obra de Eduardo Sacheri, «el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión… Pero hay una cosa de la que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión». Creo que esa es la clave para tener a los casi 62 años la misma ilusión que tuve a los 22. Y que, al fin y al cabo, en eso consista todo para seguir adelante, sin perder el aliento, en el combate diario por la vida.

[‘La Verdad’ de Murcia 13-4-2024]


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