Revista Cultura y Ocio

'Une religion, c’est une lunette pour voir l’étoile', Victor Hugo

Por Peterpank @castguer

Une religion, c’est une lunette pour voir l’étoile (Victor Hugo)

No es de extrañar en absoluto que España haya tenido que luchar con el tópico de que cada español lleva dentro un clérigo. Es que la cuestión clerical ha sido un largo y agónico inconveniente en nuestro desarrollo a lo largo de la Historia. La costumbre de la Iglesia ha sido la de convencer en contra de la voluntad de la persona que ha acudido por imposición a escuchar. Eso no es una religión. Ser practicante de una religión lleva implícita la libertad de querer estar ahí, de estar convencido de lo que uno cree, de las doctrinas, del espíritu, de la filosofía de aquella y de los ritos de esta. Como sea, uno debe elegir sumergido en su espiritualidad íntima, personal e intransferible. Pero esto no es así en el caso del catolicismo que en nuestra tierra ha impuesto contra corriente su voluntad y se ha encargado a lo largo de muchos siglos de educar, de confundir de “formar” a la persona. Y claro, como es irreal y anti natura pues se da el caso de que mientras en Europa estaba el pueblo aprendiendo a leer nosotros estábamos bajo el yugo papal. Injusticia inmunda. Mientras en nuestra vecina Francia las ideas de los filósofos que aquí estaban prohibidos cultivaban las mentes hacia una autodeterminación o hacia una revolución, nosotros seguíamos con el yugo eclesiástico que ha torturado a millones de almas. Célebre ha sido el ejemplo de Lamennais, gran filósofo y teólogo de cuya doctrina hay hoy todavía seguidores de sus preceptos enormemente modernos. Por poner un ejemplo en el siglo XVII de siete millones y medio de españoles, 500.000 eran curas y frailes lo que daba un resultado de un religioso por cada 14 españoles. Aunque el pueblo se ría del Papa, reyes, gobernantes son súbditos del Vaticano y con ello le dan un lugar hasta hoy insólito que tampoco ha cambiado gran cosa  al cambiar a un estado laico, porque la amenaza moral y subconsciente está ahí siempre y son los mismos dirigentes de la clerigalla quienes salen a la palestra para dar sus opiniones con respecto a las decisiones políticas del país. Tienen, incluso, sus programas de tele y radio que muchos siguen y siguen, y mucho autor que ya son vasallos  de ellos. Es una institución que se nutre doblemente. No solo tiene sus beneficios con el Estado y el dinero que reciben de él, sino que además han tenido comida la moral a muchos de los practicantes que sin su diezmo estaban sin duda excluidos de la salvación eterna. Por este medio han recabado muchos tesoros.

Ya en el XIX Victor Hugo entre otros había dicho: “España era el primero de los pueblos; pero tuvo la desgracia de vivir a la sombra de dos enemigos: el Rey y el Papa, y ésa fue su muerte…”. Pero el dolor no solo ha estado ahí. Ha estado en cómo la clerigalla ha educado falsamente a las gentes, se entiende, a los que tuvieron la oportunidad de educarse. Una de las técnicas mas frecuentada era la herejía. Todos los pensadores laicos eran herejes y no se estudiaba otra cosa que Santo Tomás de Aquino con su Summa,y solo a ésta se le rendía la devoción absoluta, como han odiado y destruido toda posibilidad de alzar el cuello todos los catedráticos laicos de las universidades, muchos exterminados de diferentes y variopintas maneras. Una eminencia filosófica de la época el padre Albarado que era lo que llamaban entonces “un pozo de ciencia” sentaba esta proposición en una disertación teológica: “Vale más errar con San Agustín y Santo Domingo, que acertar con Descartes”. Ahí estaba todo dicho.

Qué felices tiempos eran aquellos –muestra y ejemplo de la mejor convivialidad social moderna- cuando caminaban y convivían musulmanes, judíos y cristianos, compartiendo conocimiento cada quién en sus dominios. Qué gran lección era aquella de nuestros antepasados que lograron un país inigualable, sabio, evolucionado. El genio nacional libre de las trabas de fanatismo marchaba a la cabeza del mundo, industrialmente, con la fabricación de cueros, lanas y sedas; agrícolamente con la pericia del labriego infiel que convertía en jardines las llanuras de Valencia, Murcia y Granada; intelectualmente, con la famosa aljama de Córdoba, adonde acudían cristianos de Europa para recoger de labios de los maestros sarracenos los restos del saber griego, casi perdido bajo la inundación de la barbarie estética.

Jovellanos o nuestro Baltasar Gracián que en la época y en la actualidad francesa, hoy también, eran considerados como pensadores de primera línea, fueron sepultados en la tumba del olvido en un país donde la caza del hereje se convirtió en lo primordial de los perseguidores. A partir de ahí, todo absolutamente todo fue condenado y a todos se torturaron. Vergüenza nacional es para todos el tribunal de la Inquisición, único, bestial, satánico, inhumano, pero que torturó a miles de personas con los peores de los recursos que tan solo unas mentes tan “espirituales” podían proponer como exterminio. Ahora igualmente el Papa hace teología del satanismo pedrastra practicado por sus secuaces y que ya no pueden en ningún caso ocultar. Pero, lo peor es que el horror está ahí. ¿Quién va a redimir lo hecho?

Rosa Amor del Olmo


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