Revista Opinión

V. 1889: Don Pedro II.

Publicado el 15 septiembre 2018 por Flybird @Juancorbibar

PEDRO DE ALCÂNTARA JOÃO CARLOS Leopoldo Salvador Bibiano Francisco Xavier de Paula Leocádio Miguel Gabriel Rafael Gonzaga de Habsburgo y Braganza, más conocido como don Pedro II, gobernó Brasil durante 49 años, tres meses y 22 días. En el siglo XIX, sólo la reina Victoria, de Inglaterra, permaneció más tiempo en el trono que él, un total de 63 años, siete meses y dos días. Cuando asumió el trono, el día 23 de julio de 1840, era un adolescente todavía imberbe. No llegaba a quince años. Al ser depuesto por la República, en 1889, a dos semanas de cumplir 64 años, era un señor de barba blanca, semblante cansado y mucho más envejecido de lo que denotaría su edad real, como se verá con detalle en otro capítulo de este libro. Padecía diabetes, dependía de cuidados médicos permanentes y, en algunas ocasiones, ni siquiera tenía fuerzas para levantarse y vestirse solo.

     Al final de casi medio siglo en la conducción de los destinos brasileños, dejaba un legado impresionante. La unidad del país estaba, finalmente, consolidada. La esclavitud había sido abolida el año anterior. El Imperio se había enfrentado a rebeliones regionales y guerras externas manteniendo siempre el mismo sistema representativo, con la realización ininterrumpida de elecciones. La Constitución y los reglamentos básicos también habían permanecido los mismos, sin rupturas. Sería ése, hasta hoy, el conjunto de leyes más duradero de toda la historia brasileña. Había un sistema judicial en funcionamiento, en que las personas tenían derecho de defensa y nadie era condenado sin juicio previo. La prensa gozaba de libertad de expresión. Como se vio en el capítulo anterior, muchas de estas atribuciones eran más aparentes que reales, no obstante, gracias a ellas, Brasil se mantuvo como una nación relativamente estable, al contrario que sus vecinos, dominados por caudillos y permanentemente envueltos en golpes de estado y guerras civiles.

     Don Pedro II era un hombre tímido, alejado de fiestas, bailes, ceremonias públicas y eventos sociales. A primera vista, causaba una buena impresión con su cabello rubio, los ojos muy azules, su estatura imponente y la barba cerrada, que le daban un aire pragmático y circunspecto. Bastaba que abriese la boca para que esa buena imagen inicial rápidamente se desvaneciese: su voz era aflautada, fina y aguda, como de falsete, más propia de un adolescente en el inicio de la pubertad que de un adulto. Los días de ceremonia, aparecía con medias de seda, dejando a la vista unas piernas muy finas, que desentonaban de su físico aventajado. Se vestía de negro y siempre se dejaba fotografiar con un libro en las manos, como indicando que, en un país carente de cultura y educación, el soberano era un ejemplo a ser seguido. Él mismo, sin embargo, se encargaba de infravalorar sus dotes culturales diciéndose producto más del esfuerzo que del talento intelectual. “Cada vez reconozco más que sé mucho menos que mucha gente y que no es por la inteligencia por lo que me distingo, aunque con mucha perseverancia todo lo puedo aprender”, afirmó en 1879 en una carta a su amiga la condesa de Barral.

     Hasta fallecer en el exilio la madrugada del 5 de diciembre de 1891 en un modesto apartamento de un hotel en París, Pedro de Alcântara, como le gustaba ser llamado, llevó en un solo cuerpo dos personajes distintos. El primero fue el ser humano de carne y hueso, cuya existencia estuvo siempre marcada por la tragedia familiar, por la orfandad de padre y madre y por la carencia afectiva desde la más tierna edad. El segundo fue el mito, soporte de un imperio del Nuevo Mundo y de un Brasil que, en determinados momentos, necesitó desesperadamente de un símbolo que lo condujese hacia el futuro en medio de amenazas de ruptura de toda clase. Don Pedro incorporó estos dos personajes y con ellos convivió con cierta dificultad, según revelan sus cartas, diarios y apuntes en los márgenes de los muchos libros que leyó y anotó. También fue ésa la impresión que dejó en los diplomáticos y otras personalidades que lo visitaron en Rio de Janeiro. “El emperador no habla nunca”, se extrañó el francés conde Suzannet. “Te observa con mirada fija y sin expresión. Te cumplimenta o responde sólo con un meneo de la cabeza o un movimiento de la mano. Nos deja una impresión desagradable este príncipe (…) que parece tan triste y tan infeliz”.

     Pedro, el hombre de carne y hueso, nació con 47 centímetros la madrugada del 2 de diciembre de 1825. Era el séptimo hijo del emperador Pedro I y de la emperatriz Leopoldina y el tercer príncipe varón de la dinastía portuguesa de los Braganza que nacía en Brasil. Los dos primeros, Miguel y Juan Carlos, murieron apenas recién nacidos, pareciendo confirmar una antigua maldición que, según se decía, acompañaba a la familia Braganza. Según esa leyenda, todos los primogénitos varones de la casa real morirían antes de asumir la corona – lo que de hecho ocurrió hasta la Proclamación de la República en Brasil, en 1889, y en Portugal, en 1910. Además de Miguel y Juan Carlos, Pedro y Leopoldina tuvieron hijas. Maria da Glória, la mayor, sería reina de Portugal, con el nombre de Maria II. Después venían Januária Maria, Paula Mariana y Francisca Carolina. Finalmente, cuando el matrimonio de los padres ya estaba roto por el escándalo del romance del emperador con Domitila de Castro Canto e Melo, la marquesa de Santos, nació el pequeño Pedro de Alcântara. Su madre, Leopoldina, moriría al año siguiente, maltratada por su marido e inmersa en una crisis de depresión y abandono que escandalizó a Europa.

     Pedro II, el mito, comenzó a entrar en escena el día 7 de abril de 1831, fecha de la abdicación de su padre al trono brasileño. Aquella madrugada, don Pedro I se refugió a bordo de un barco inglés y zarpó hacia Europa, en compañía de su segunda mujer, la emperatriz Amélia, mientras las calles de Rio de Janeiro eran tomadas por la multitud que exigía su caída. Su imagen de héroe de la Independencia, conquistada nueve años antes en las orillas del riachuelo Ipiranga, en São Paulo, había sido corroída por los escándalos de su vida personal, por su carácter autoritario y por el imposible equilibrio entre los intereses brasileños y portugueses que decía defender. Al partir, dejaba atrás, en el Palacio de São Cristóvão, al pequeño Pedro II, de cinco años, acompañado de tres de las cuatro hermanas mayores. Los niños estaban durmiendo cuando la pareja imperial se esfumó en la oscuridad hasta la vecina playa de Caju para embarcar en el navío inglés. Padre e hijo nunca más se reencontraron. En su lugar, intercambiarían cartas repletas de sufrimiento y emoción hasta la muerte de don Pedro en Portugal, tres años más tarde. “Tengo tanta nostalgia de Su Majestad Imperial y tanta pena de no besarle la mano”, decía una de esas cartitas, en que la letra menuda del emperador niño aparece trémula e insegura. En otra, atormentado por la añoranza, le pedía a su padre que le mandase un mechón de su cabello como recordatorio.

     Brasil vivía una fase turbulenta, envuelto en las revoluciones regionales del periodo de la Regencia. Todo hacía prever el desastre. La posibilidad de que el país se mantuviera unido era mínima. A falta de cualquier otro eslabón capaz de asegurar la integridad nacional, le cupo a aquel chico triste y delgaducho ser el depositario de todas las esperanzas de los brasileños en aquel momento. “Este niño es el único entre los brasileños que une el presente al pasado”, observó el botánico francés Auguste de Saint-Hilaire, que en aquella época recorría Brasil.

     Llamado el “huérfano de la nación”, fue, desde la infancia, un hombre prisionero de su propio destino, objeto de intrigas que hacían de él un instrumento en el juego del poder de la corte de Rio de Janeiro. Tuvo que conformarse. Al embarcar hacia Europa, don Pedro I nombró como tutor de su hijo al santeño José Bonifácio de Andrada e Silva, un hombre sabio, determinado y experimentado, cuya actuación en 1822 le valió el título de Patriarca de la Independencia. La estatura política de Bonifácio, sin embargo, era insoportable para una parte de la élite brasileña, que lo miraba con desconfianza y lo quería lejos del trono. Apartado de la tutoría en 1833, el Patriarca fue encarcelado por “conspiración y perturbación del orden público”. Le acusaron de liderar un complot para traer a don Pedro I de vuelta a Brasil. Juzgado en rebeldía y absuelto después de dos años, Bonifácio se retiró al exilio voluntario en la isla de Paquetá, en la bahía de Guanabara, hasta morir, en 1838, desengañado con el rumbo del país que ayudó a crear.

     Segundo tutor de don Pedro II, el fluminense Manuel Inácio de Andrade Souto Maior Pinto Coelho, marqués de Itanhaém, al asumir el cargo preparó una detallada normativa, que todos los encargados de la educación y de la rutina del joven emperador debían seguir al pie de la letra. Esta rigurosa rutina de estudios y ejercicios diarios iba desde las siete de la mañana, hora de despertar seguida de aseo y oración, hasta las diez de la noche, hora de apagar la luz e irse a dormir:

Ocho horas: comida, evitando que el niño coma demasiado. Refacción hecha en presencia del médico;

Desde las nueve horas hasta las once y media: clases, estudio, descanso. Pequeños juegos dentro del Pazo. Aseo para el almuerzo;

A la una de la tarde, almuerzo, en presencia del médico, del chambelán y de la camarera mayor, quienes tienen como deber entretener la conversación, evitando al mismo tiempo que derive hacia asuntos desagradables, y procurando que se encamine, preferentemente, al tiempo o a asuntos científicos. Ningún criado, ni particular, tiene autorización para dirigirse al príncipe. Sólo pueden responder a sus preguntas. Después del almuerzo, todos deben empeñarse en que el niño no haga esfuerzos exagerados, no salte, no corra, no se duerma, no se altere.  

Paseos por el jardín cuando el tiempo lo permita. Estos paseos deberán comenzar a las cuatro y media de la tarde y terminar a las cinco. Ya sea a pie , ya a caballo, los ejercicios deben ser moderados. Si después de estos ejercicios el príncipe estuviere sudado, nuevo aseo, cambio de ropa y, después, lectura de pequeños cuentos.

A las ocho de la noche: oraciones.

A las nueve: cena.

Después de la cena: lectura hasta las diez de la noche.

A las diez, apagar la luz y dormir.

     Todo estaba regulado y controlado. Los médicos cuidaban de la temperatura del baño. Las camareras, de la ropa, que siempre debía combinar con la estación del año y la temperatura ambiente. El emperador niño sólo podía visitar a sus hermanas después del almuerzo, cuando el cuarto de ellas ya estuviese arreglado y no hubiese ninguna pieza íntima de vestuario femenino a la vista, según instrucciones expresas de fray Pedro de Santa Mariana e Sousa, que tenía a su cargo los aposentos de don Pedro. Venido del Seminario Mariano de Olinda, el fraile era un hombre estrictamente riguroso. A sus 51 años, en 1833, cuidaba de la orientación espiritual del príncipe y era también su profesor de latín y matemáticas.

      Los diputados supervisaban la educación del emperador en los informes periódicos que sus maestros enviaban a la Cámara. El de 1837 anunciaba que hablaba y escribía francés y leía y traducía inglés. El de 1838 decía que era un estudiante dedicado y disciplinado. El del año siguiente informaba que el alumno dominaba bien el latín y que había dejado todos los juegos para sólo leer y estudiar. Con siete años, ya era capaz de conversar en inglés con el diplomático británico Henry S. Foxe, que lo visitó en el Palacio de São Cristóvão. Hizo de los idiomas extranjeros una de sus pasiones. Al llegar a la edad adulta, podía comunicarse en seis idiomas, además del propio portugués, según declaraciones de la princesa Teresa de Baviera, que lo visitó en Rio de Janeiro: francés, inglés, alemán, italiano, español y provenzal. También estudió griego, latín, hebreo, ruso, árabe, sánscrito y tupi-guaraní. En el mismo navío que lo llevó al exilio, en 1889, mientras el mundo parecía desmoronarse a su alrededor, dedicó parte del tiempo a traducir del alemán al portugués El canto de la campana, poema de 426 versos de Friedrich Schiller.

     Tenía la salud precaria. Como su padre, sufría de epilepsia, síndrome que hace al paciente perder el conocimiento y debatirse en convulsiones. Hay registros de varios ataques entre 1827 y 1840. En 1833, tuvo una crisis nerviosa, de origen desconocido, aunque aparentemente causada por la carencia afectiva. En octubre de 1834, semanas después de recibir la noticia de la muerte de don Pedro I en Portugal, tuvo “un ataque de fiebre cerebral” seguido de “frecuentes dolores de estómago”, según relatos de la época. La recuperación fue lenta y difícil. Algunos llegaron a dudar que sobreviviese. “El niño continua con la salud débil, de índole nerviosa”, registró en 1835 su tutor, el marqués de Itanhaém.

     En ausencia de madre y de madrastra, se apegó a Mariana Carlota de Verna Magalhães Coutinho, futura condesa de Belmonte, dama de la corte encargada de su crianza y a quien llamaba Dadama. Era una viuda portuguesa, muy religiosa, que llegó a Brasil con la corte de don Juan en 1808. “Pedro II pasó una infancia tristísima, en la que experimentó carencia emocional y manipulación psicológica”, escribió el historiador británico Roderick J. Barman. “Se refugió en el mundo de los estudios, particularmente en los libros, que le daban placer y una sensación de seguridad”.

     El papel de institución que le estaba destinado desde la infancia hizo que todo le llegara de forma anticipada, como si necesitase envejecer deprisa para dar un aire de seriedad al también joven país entregado a su mando. Así era en el ritual de la corte, en que era tratado como un adulto aunque su apariencia fuese la de un crío. Al conocer el niño a los doce años, en enero de 1838, al príncipe de Joinville, su futuro cuñado por el matrimonio con la princesa Francisca, anotó en su diario: “Sus modos son los de un hombre de cuarenta años”. Así fue también en su coronación, aún en el inicio de la adolescencia, anticipando de forma precipitada una mayoría de edad que, según la Constitución del Imperio, sólo debía llegar a los dieciocho años. En 1840, en vísperas de asumir el trono en el llamado Golpe de la Mayoría de Edad, era un muchacho “alto, de cabello rubio-bronceado, delgado, con ojos azules”, según la descripción de Lídia Besouchet. Al alcanzar la edad adulta, tenía 1,90 metros de altura y la cabeza grande. Sólo la voz fina y aguda desentonaba del conjunto y evocaba una infancia perdida por la precoz orfandad.

     La ceremonia de consagración y coronación, realizada el 18 de julio de 1841, que duró nueve días, fue clausurada con un baile de gala para 1.200 invitados en el Pazo de la Ciudad. El traje del emperador, símbolo de la tropicalización de la dinastía Braganza en Brasil, se componía de un manto verde decorado con ramas de cacao y tabaco cubierto por un amito hecho con plumas de gallito de las rocas. La pieza había sido confeccionada por los indios tiriós para la coronación de su padre, don Pedro I, en 1822. En el año 1860, fue sustituida por otra, hecha de plumas de papada de tucán. El cetro, de oro macizo, medía 1,76 metros, mucho mayor que la estatura del joven emperador. En la cabeza, la corona, con una altura de dieciséis pulgadas, era igualmente pesada y hecha especialmente para la ocasión. “¡Cómo me cuesta el cortejo, cómo cansa!”, reclamó el emperador niño en una anotación en su diario.

     A la prisa de la coronación siguió la del matrimonio, por poderes, en mayo de 1843, siete meses antes de cumplir los dieciocho años. La novia, Teresa Cristina Maria, era tres años y nueve meses mayor que él. Hermana del rey de Nápoles y princesa de las Dos Sicilias, descendía de los Habsburgo y de los Borbón, dos de las casas imperiales más importantes de Europa. Su llegada a Brasil representó una de las muchas decepciones que el emperador acumuló en su vida. A comienzos de aquel año, los diplomáticos brasileños encargados de negociar el matrimonio en Europa le habían enviado tres imágenes de la princesa. En la primera, la que más le llamó la atención, Teresa Cristina aparecía como una joven de rasgos delicados, mirada insinuante, los hombros y el busto generoso orlados por un collar de perlas. Al fondo, la silueta del volcán Vesubio, símbolo de Nápoles. A don Pedro le gustó de inmediato. Al conocerla personalmente en septiembre de 1843, sin embargo, se llevó un susto. Al contrario de lo que indicaban las imágenes, Teresa Cristina era fea, baja, rechoncha y cojeaba de una pierna. Tenía los brazos cortos y las manos regordetas. Su rostro redondo enmarcaba una mirada inexpresiva, en la que destacaba la nariz larga y puntiaguda. Su cabello negro y liso se dividía por la mitad y quedaba prendido en un moño a la moda usada en la época por las matronas italianas.

     La primera reacción del emperador, al verla en el combés del navío que la trajo de Italia a Rio de Janeiro, fue rechazarla. Era tarde. En aquella época, los matrimonios entre príncipes incluían negocios de Estado y no competía a los novios el elegir. Disconforme, el emperador lloró en los brazos de la condesa de Belmonte. “Me engañaron, Dadama”, reclamó. “Él pasó varias semanas negándose a tener relaciones sexuales con su esposa y tratándola con glacial indiferencia”, cuenta el historiador Roderick Barman. Teresa Cristina, por contra, se enamoró de inmediato de su marido. “No hago sino pensar en ti, mi querido Pedro”, le escribió en julio de 1844, durante una breve separación.

     Superadas las dificultades iniciales, don Pedro mantuvo con la emperatriz una relación educada, tibia y protocolaria, como todo lo que envolvía a su personaje mito-institución. La vida de la pareja estuvo marcada por la tragedia desde el inicio. De los cuatro hijos, dos murieron antes de llegar a los dos años – Alfonso, nacido en febrero de 1845; y Pedro Alfonso, que vio la luz en julio de 1848. Se confirmaba de esta forma, una vez más, la temible maldición de los Braganza. Sólo le quedó a don Pedro una descendencia de mujeres. Isabel, heredera del trono y futura regente del Imperio, nació en 1846. Leopoldina Teresa, en 1847, pero ésta sólo viviría hasta los 23 años. La muerte de su segundo hijo causó una profunda conmoción en el emperador, que a él dedicó un soneto repleto de tristeza:

Tuve el más funesto de los destinos

Me vi sin padre, sin madre en la linda infancia,

Y se me mueren los hijos pequeñitos.

     Fuera del matrimonio, don Pedro II tuvo una vida amorosa más movida de lo que hace suponer la historia oficial, pero, al contrario que su padre, consiguió mantenerse siempre discreto, relativamente protegido de la curiosidad pública. Mientras que don Pedro I se enredó en relaciones escandalosas, como el romance con la marquesa de Santos, su hijo consiguió preservar la imagen de marido fiel y serio. Era sólo apariencia, no obstante. La historiadora Lídia Besouchet catalogó una lista de catorce enamoradas conocidas de don Pedro II. El número no es tan grande como el de las amantes de don Pedro I, pero incluye actrices, varias damas de la corte y hasta la mujer del embajador uruguayo, André Lamas. “Viviría enteramente tranquilo en mi conciencia si mi corazón ya fuese un poco más viejo que yo; aún así respeto y estimo sinceramente a mi mujer”, anotó el emperador en su diario entre los años 1861 a 1862, revelando cierta culpa por sus relaciones extraconyugales.

     Muchas de esas pasiones fueron platónicas, más idealizadas que concretadas. Otras dejaron marcas innegables de intimidad que fueron mucho más allá del flirteo casual en los salones de la corte. “Qué locuras cometemos en la cama de dos almohadas”, escribió el emperador el 7 de mayo de 1880 a Ana Maria Cavalcanti de Albuquerque, condesa de Villeneuve, mujer de Júlio Constâncio de Villeneuve, conde del mismo nombre y dueño del Jornal do Commercio. “Ya no consigo contener la pena, ardo en deseos de cubrirte de caricias”. Ella respondía a sus cartas en el mismo tono. “Cada una de tus expresiones tan apasionadas me hacen estremecer de amor”, registró en una de ellas, avisando que incluía en el sobre una foto con el vestido escotado, como él le había pedido. “Yo te amo y soy tuya con toda mi alma”. Nacida en 1843, Ana Maria era nueve años más joven que don Pedro. Con ella el emperador mantuvo encuentros secretos en Bruselas, París y Rio de Janeiro.

     La lista de supuestas amantes incluía a Anne de Baligand, a quien don Pedro envió regalos y cartas apasionadas durante un viaje a Rusia, en 1876; Vera de Haritoff, célebre por su belleza y por los celos que provocaba entre los hombres; Eponine Octaviano, primera mujer de Francisco Octaviano, periodista y político del Partido Liberal, compañero de infancia del emperador. Los archivos guardan cinco cartas de Eponine al monarca, con letra menuda y redondita, comenzando siempre por “Mi Amorcito” o “Mi Queridito”. En una de ellas, reza por la recuperación del emperador porque lo quiere ver “bien fuerte para mi placer”. Al final escribe: “Adiós, querido mío, amor de otras, aún así yo te quiero muchísimo. Acepta mil besos amorosos y el abrazo de la siempre tuya”. Según el historiador José Murilo de Carvalho, sus cartas revelan siempre un toque oportunista. En una de ellas hace peticiones de empleo, para su hijo y para su cuñado. En las anotaciones del diario personal de don Pedro en Cannes, ya en vísperas de su muerte, en 1891, aparece con insistencia el nombre misterioso de Antônia. Según la historiadora Lídia Besouchet, era una prima segunda de don Pedro, nieta de don Miguel, hermano de don Pedro I, con quien habría tenido una relación secreta.

     Ninguna de estas pasiones se puede comparar a la que unió a don Pedro II con la baiana Luísa Margarida Portugal de Barros, condesa de Barral. Nueve años mayor que el emperador, Luísa era una mujer madura, de estatura mediana, piel morena, nariz bien dibujada y grandes ojos negros. Su cabello liso y entrecano le daba un aire de experiencia y sofisticación. Se vestía con estilo y demostraba autoconfianza en los círculos sociales. Además de portugués, hablaba francés e inglés con fluidez y elegancia. Era brasileña de nacimiento, pero había pasado la mayor parte de su vida en los salones europeos. Su padre, Domingos Borges de Barros, vizconde de Pedra Branca, dueño de haciendas en el Recôncavo Baiano, fue diputado en las cortes portuguesas de Lisboa y primer embajador brasileño en París tras la Independencia. En 1837, Luísa se casó con un noble francés, Jean Joseph Horace Eugène de Barral, el conde de Barral. Fue dama de honor de doña Francisca, hermana de don Pedro II y casada con el príncipe de Joinville. En 1856, el emperador la contrató para supervisar la educación de sus dos hijas, Isabel y Leopoldina. Comenzó allí una historia de amor que duraría hasta el final de la Monarquía brasileña y el exilio del emperador en Europa. “Fueron almas gemelas y unidas hasta el final, cuyos corazones no envejecieron”, observó la historiadora Mary Del Priore, autora de una biografía de la condesa.

     La condesa de Barral permaneció nueve años en la corte de Rio de Janeiro y ejerció sobre don Pedro una fascinación como ninguna otra mujer. Fue su mayor y más íntima confidente hasta el final de su vida. Quien más sufrió con esto fue la emperatriz Teresa Cristina, que la detestaba, pero, conforme con su destino de mujer fea e insulsa, disimuló sus sentimientos, haciendo la vista gorda a la obvia pasión de su marido por su rival baiana. El emperador y la condesa intercambiaron centenares de cartas a lo largo de más de dos décadas. Ella le recomendaba que las destruyese, en un vano intento de impedir que sus secretos fuesen revelados. Su deseo fue atendido sólo en parte. Hoy se conocen cerca de trescientas cartas de don Pedro a la condesa y otra noventa de ella para él. Es una correspondencia que revela, como ningún documento o fuente histórica, la dimensión humana del emperador. “¡Adiós, querida amiga! Nada me interesa del todo lejos de ti”, escribió él durante un viaje a Egipto, en 1881. “Veo siempre con inmensa tristeza las habitaciones del anexo del Hotel Leuenroth”, añadió el 23 de febrero de 1876, indicando el lugar de Petrópolis donde, supuestamente, habrían mantenido encuentros íntimos. “Nunca pensé que tendría tanta añoranza de ti”, afirmó el 1 de agosto de 1879. Don Pedro y la condesa murieron el mismo año, 1891, ella en enero, él en diciembre, sin dejar nunca de escribirse y encontrarse cuando sus viajes lo permitían.

     En los primeros treinta años de su reinado, don Pedro II viajó bastante por el territorio brasileño, pero nunca se animó a salir al exterior. En 1845, cuatro años después de la coronación, estuvo en Rio Grande do Sul, en Santa Catarina y en São Paulo (incluyendo una travesía por el territorio del Paraná, que en esa época aún no había conquistado su autonomía). Fue un viaje de gran significado político. El principal objetivo era la provincia de Rio Grande do Sul, que acababa de reintegrarse al Imperio al término de los diez años de la Revolución Farroupilha. Don Pedro recibió los respetos de Bento Gonçalves, jefe de la revolución. Dos años después recorrió el interior del estado de Rio de Janeiro, donde reinaban los barones del café, principales sustentáculos de la Monarquía. Entre 1859 y 1860 visitó la región Nordeste, siendo recibido con fiestas en Paraíba, Pernambuco, Sergipe, Bahia y Alagoas y, antes de volver a Rio de Janeiro, pasó por Espírito Santo. Más tarde, en 1881, iría también a Minas Gerais.

     El primer viaje al exterior fue en 1871, con una hoja de ruta que incluía Europa y Oriente Medio. Al llegar a Lisboa, primera escala del viaje, hubo de permanecer en cuarentena durante diez días debido a una epidemia de fiebre amarilla. El escritor Eça de Queiroz, que lo vio por vez primera en esa ocasión, lo llamó “Pedro de la Maleta”, a causa de una pequeña valija de cuero oscuro que siempre llevaba consigo en los viajes, y quedó encantado al observar la naturalidad con la que se relacionaba con el pueblo en las calles:

En la plaza de Figueira se mezcló con el pueblo y con las vendedoras, a una de ellas compró tres enormes manzanas que él mismo llevó al coche y pagó generosamente con media libra.

     En los documentos oficiales, firmaba como “Emperador”, pero en los viajes al exterior y después del exilio, quería ser llamado, sencillamente, Pedro de Alcântara. “No me trate de Su Majestad”, imploró al periodista James J. O’Kelly, del New York Herald, que lo acompañó en el viaje a Estados Unidos en 1876, año del primer centenario de la Independencia americana. “Me llamo Señor de Alcántara, que es el nombre bajo el que hago mis viajes. Y no me gusta otro tratamiento”. Los viajes al exterior incluirían diversos países europeos, Estados Unidos, Egipto, Grecia, Jerusalén y otras localidades de Asia Menor.

     La compleja personalidad de don Pedro II revela un notable conjunto de herencias familiares. La pasión por la ciencia y por los libros eran un legado de su madre, Leopoldina. De su abuelo, don Juan VI, heredó una característica muy peculiar de la real dinastía de Braganza: el gusto por la carne de pollo. Como se vio en el libro 1808, a don Juan le gustaban los pollitos pasados por manteca, que llevaba en una bolsa atada a la cintura para comer durante sus frecuentes paseos alrededor de Rio de Janeiro. Más elegante, su nieto Pedro II prefería el caldo de gallina y, a ejemplo de su padre, comía deprisa. Las reclamaciones de los invitados eran frecuentes.

     El protocolo de la corte preveía que, una vez terminada la comida, si el emperador se levantaba de la mesa, todos los presentes debían seguirlo. El problema es que, con mucha frecuencia, eso pasaba en el momento en que muchos de los invitados ni siquiera habían empezado a comer. Era común irse con hambre. Por esta razón, algunos, más precavidos, almorzaban o cenaban antes de salir de casa para el encuentro con el emperador. Otros salían de palacio e iban directo al restaurante más próximo. Una de esas cenas, ofrecida al hijo del emperador Alejandro II de Rusia, duró veinte minutos. Don Pedro hizo el brindis y se retiró al salón contiguo. Además de mala, la comida estaba fría y fue mal servida por unos criados vestidos con displicencia, según la declaración de un invitado.

     De su padre, heredó la austeridad en el uso del dinero público. La dotación de la familia real, de ochocientos contos al año, nunca cambió durante todo el Segundo Reinado y acabó corroída por la inflación. Al inicio representaba el 3% del gasto del gobierno central. Al final, quedó reducida al 0,5%. Para no depender del dinero público, recurría a préstamos de amigos y aliados. Fueron 24 préstamos en total. En 1867, mandó descontar el 25% de su dotación presupuestaria como contribución al esfuerzo de la guerra contra Paraguay. También usaba el dinero para costear becas de estudio en el exterior a jóvenes que juzgaba talentosos. En total, 151 estudiantes obtuvieron del emperador ayuda para gastos, 41 de ellos para estudios fuera del país. Entre ellos estaban los pintores Pedro Américo e Almeida Júnior y la carioca Maria Augusta Generoso Estrela, primera brasileña en obtener el diploma de Medicina (formada en Nueva York, porque hasta entonces la enseñanza superior estaba prohibida a las mujeres en Brasil). “Nada debo, y cuando contraigo una deuda luego cuido de pagarla”, anotó don Pedro II en su diario. “Y la contabilidad de todos los gastos de mi casa puede ser examinada a cualquier hora. No acumulo dinero”.

     Como su padre, era también meticuloso en la administración de los negocios públicos. Se implicaba en todo, incluso con los detalles más insignificantes. Esta característica hacía de él “un modelo de empleado público, un burócrata ejemplar, (…) sesudo, metódico, moderado, serio…”, en definición del folklorista de Rio Grande do Norte Luís da Câmara Cascudo. Parecía querer mostrar trabajo, desmentir la impresión de que ocupaba el trono sólo por derecho dinástico, sin hacer esfuerzos. En el año 1857, leyó y anotó más de cuatrocientos recortes de periódicos que llegaban de las provincias con noticias de las diversas regiones. Casi volvió loco a Ángelo Muniz da Silva Ferraz, futuro barón de Uruguaiana y entonces ministro de la Guerra, en el viaje que hizo a Rio Grande do Sul con sus dos yernos al comienzo de la Guerra de Paraguay. “El emperador lo atropella todo”, reclamó Ferraz en una carta al consejero José Antônio Saraiva. “En dos días con sus marchas forzadas reventó toda la caballada y boyada de carretas y carretillas; no quiere oír a nadie en las marchas, no da descanso. (…) Estoy envejeciendo y mortificándome.”

     En un viaje a Bahia, en 1859, don Pedro II recorrió treinta ciudades del Recôncavo en diez días, a una media de tres localidades cada 24 horas. Un reportero del periódico A Marmota registró:

El emperador es incansable; de mañana muy temprano, cuando todavía muchos obreros están en la cama, ya es visto en la calle, visitando oficinas, cuarteles, establecimientos públicos, carreteras…  

     Joven en el Rio de Janeiro de finales del Segundo Reinado, el escritor Rodrigo Otávio imprimió en su autobiografía la fuerte impresión causada por las correrías del emperador por las calles de la ciudad:

“Fue siempre sobresaltado y con excitación patriótica como en mi mocedad yo vi al emperador. Ver al emperador era, además, ver pasar al cortejo imperial. Al frente dos batidores con la espada desenvainada, seguía el gran carruaje, tirado por cuatro lacayos montados en los jumentos, teniendo por detrás, a pie, otros dos más, todos con sombreros de terciopelo redondos con ala; y por fin el gran piquete, que escoltaba al lado de la portezuela del coche. El cortejo pasaba; toda la gente se paraba, miraba, se quitaba el sombrero y, como yo, sin duda, se inundaba con mayor o menor intensidad, de un efluvio extraño, (…) de sobrenatural, de inaccesible. Generalmente, al paso del cortejo imperial, poco se veía del Emperador; de él, sentado al fondo del coche sombrío, a la velocidad en que pasaba, cuando la vista lo alcanzaba, apenas se vislumbraba el blanco de las grandes barbas”.  

     Un resumen de sus ideas al respecto de Brasil y del ejercicio de la política puede ser observado en el documento que dejó por escrito a su hija, la princesa Isabel, en 1871, año en que ella asumió la regencia del Imperio por primera vez durante su viaje a Europa. En total son 26 páginas manuscritas, en las que el emperador habla de las elecciones, de la administración, de la educación política (“la principal necesidad del pueblo brasileño”), de la comunicación, de la colonización y emancipación, de las relaciones externas y del ejercicio del Poder Moderador, entre otros asuntos que juzgaba merecían la atención del monarca brasileño. Con letra menuda y caprichosa, orientaba a su hija a prestar atención a la opinión nacional, “dificilísimo estudio”, antes de tomar decisiones. Isabel debía mantenerse por encima de pasiones partidistas, pero sin considerar “como excesos las aspiraciones naturales y justas de los partidos”. Para eso, debía escuchar, “con discreta reserva de las propias opiniones, a las personas honestas y más inteligentes de todos los partidos”. Debía también estar atenta a lo que se publicaba en la prensa y a lo que se discutía en las cámaras legislativas de las provincias.

     Generoso, le recomendaba tolerancia en relación a los adversarios políticos internos: “Entiendo que la amnistía debe concederse siempre, antes o después, por los delitos políticos”. Esto valía especialmente con relación a la libertad de prensa, que debía tener autonomía para atacar al propio soberano: “Los ataques al emperador, cuando él es consciente de haber intentado proceder bien, no deben ser considerados personales, sólo una artimaña o un desahogo partidista”. En resumen, para él, el ejercicio de la política era, sobre todo, una cuestión moral, más de conciencia que pública. “Todo depende de la conciencia y de la inteligencia del emperador y de los ministros”. Seguidamente, alertaba a Isabel de que “la conciencia también puede apasionarse”. Finalmente, le recordaba que “nuestro sistema de gobierno es el de la calma y la paciencia” – sistema que, según él, “el emperador debe ser el primero en respetar, y hacer respetar”.

     Cartas y documentos sugieren que, aunque fuese el emperador de Brasil, don Pedro II tenía innegables simpatías republicanas. En junio de 1891, ya en el exilio, anotó al margen de un libro que estaba leyendo:

Desearía (…) que la civilización de Brasil ya admitiese el sistema republicano, que, para mi, es el más perfecto, tanto como puedan serlo las cosas humanas. Crean que yo sólo deseaba contribuir a un estado social en que la República pudiese ser “plantada” (…) por mi y dar sazonados frutos.  

     Al escritor, poeta e historiador portugués Alexandre Herculano, que había rechazado una distinción del Imperio alegando convicciones republicanas, le escribió: “Tampoco soy partidario en absoluto de ningún sistema de gobierno”, aportando que, para Brasil, la mejor alternativa sería una república con un presidente hereditario. “Difícil es la posición de un monarca en esta época de transición”, escribió a la condesa de Barral, declarándose incómodo en la posición de emperador. Si hubiera dependido de su voluntad, habría preferido ser sólo un presidente temporal de la República: “Yo, en cierto modo, podría ser mejor y más feliz presidente de la República que emperador constitucional”.

     Los rasgos republicanos de don Pedro II, a esas alturas ya bien conocidos en todo el mundo, llevaron al presidente de Venezuela, Rojas Paúl, a reaccionar de forma irónica al conocer la noticia de la caída del Imperio brasileño, en 1889:

     – ¡Se fue la única república de América!

Laurentino Gomes


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